«Puesto que en Occidente la palabra Dios, en su sentido habitual, designa una Persona, aquellos seres humanos cuyo interés, fe y amor, se dirigen casi exclusivamente al aspecto impersonal de Dios pueden creerse y decirse ateos, aunque el amor sobrenatural habite en su alma. Ésos son, sin duda, salvados.
Se reconocen por su actitud con respecto a las cosas de este mundo. Todos los que poseen en estado puro el amor al prójimo y la aceptación del orden del mundo, incluida la desdicha, todos esos, aunque vivan y mueran aparentemente ateos, son, sin duda, salvados.
Aquellos que poseen perfectamente estas dos virtudes, aún cuando vivan y mueran aparentemente ateos, son santos.»
Simone Weil: Carta a un religioso. Editorial Trotta, pág. 34. Madrid, 1998.
TGO
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