De cómo aprendí a compadecer al animal más ínfimo de la tierra
Es curioso cómo el tiempo cambia las cosas. Hace unos meses no me hubiese imaginado que me hallaría digiriendo macarrones en los que había encontrado una cucaracha. Es cierto que cuando la encontré ya era demasiado tarde y no tenía nada más para cenar, pasta con verduras en salsa de tomate, con vino y crema de cacahuetes. Y al fin y al cabo, ¿qué era lo peor que me podía pasar? Mi piso no estaba demasiado sucio, si era la suciedad lo que me preocupaba, y en el sótano no podía haber mucho más que polvo. Vale, quizás el hecho de que se alimenten de pequeños animales muertos, por ahí si que me podía haber cogido alguna enfermedad. Pero bueno, lo más habitual sería que me fuese a dar dolor de estómago y listos. En el caso de que hubiese dejado huevos supongo que un líquido tan potente como el gástrico no tendría problemas en deshacerse de algo tan pequeño. Sabía que psicológicamente me iba a afectar y que eso sería lo que me provocaría los retortijones posteriores a la ingesta de la pasta, por cierto, de un sabor totalmente satisfactorio. Pero pudo también haber sido el vino utilizado para la salsa, que llevaba 3 meses en la nevera, más por no echarlo a perder que por otra cosa. También podría haber sido la combinación de estos ingredientes junto al queso de cabra que añadí al final, para darle un toque menos ácido. Lo dicho, el resultado final fue delicioso, y esperaba que fuese igual al día siguiente cuando me comiese el resto en el trabajo. En caso de emergencia y de que los pequeños retortijones pasasen a mayores ya tiraría el resto a la basura.
Pero, como iba diciendo, todo parecía diferente un tiempo atrás, cuando aún era verano y pensaba que era el calor el que permitía a las cucarachas seguir viviendo, ya que en estos países fríos se supone que no sobreviven. Había empezado a ver alguna que otra diariamente por mi piso, lo cual me repugnaba en demasía, casi tanto como me asustaba. Lo del miedo era más por imaginarme una posible plaga que por otra cosa. Hace años ya viví una y cuando veía a una representante de esta comunidad animal me remontaba a esa época, de forma que no podía dejar de imaginarme una posible multiplicación. Quizás sea este el principal motivo de la repulsa que causan, en general, cuando se las encuentra por separado, porque no se las considera como individuos independientes, son pequeñas y no hacen absolutamente nada más que correr rápido. Pero eso no se me había ocurrido aún, entonces mi única preocupación era destruirlas. Me creía con más astucia que el resto de seres humanos y pensaba que podría entender algo que me permitiese acabar con ellas de una forma nueva y reveladora. Por eso, cuando inocentemente, en vez de chafar a la primera que se cruzó por mi camino en esos momentos, se me ocurrió meterla en un bote y, después, no matarla, sino cerrar el bote, un cúmulo de teorías que había almacenado en la lucha contra ellas volvieron a mi mente.
Primero solo quería observarla y hacerle fotos para enseñárselas a mis amigas veganas. Pero después vino lo peor, sentí una especie de satisfacción, como si por fin hubiese llegado la oportunidad de vengarme de todos los sufrimientos por los que pasaba cuando veía a una. Que si la repugnancia, que si recordar aquella plaga pasada, que si pensar que se podría reproducir… Disfrutaba mirándola mientras, al intentar hacerle una foto, no paraba de caer y de volver a intentar escapar, resultando siempre en fotos movidas; por fin tenía yo el poder. Realmente, solo podía ver a un ser repugnante que se merecía lo peor.
Se me ocurrió mantenerla en el bote y dejarla morir poco a poco, por curiosidad, para ver cuánto duraba sin alimento y sin oxígeno, pero también para confirmar una de las teorías que se me habían ocurrido matándolas de una en una. Cuando las mataba, durante bastante tiempo, no volvía a aparecer ninguna en ese mismo lugar, esto podía querer decir que: o bien dejaban algún rastro para prevenir a sus compinches, o bien les enviaban señales para que no se acercasen. Si la mantenía viva y no se acercaba ninguna al lugar en el que ella estaba, eso querría decir que la última teoría era cierta y que les estaba mandando señales para que no se acercasen.
Mis amigas veganas reprobaron mi actitud y todo el experimento en sí, pero eso me importaba poco, quién más quién menos tiene una parte sádica, mejor era saberlo y aceptarlo que no ir por el mundo de salvavidas. Cogí la rutina de observarla al volver del trabajo. Solo empezó a moverse más lentamente al cabo de dos días, pero aparte de eso se la veía perfectamente.
Otro tipo de pensamientos empezaron a pasárseme por la cabeza mientras la dejaba sola y me iba a trabajar, la cuestión de por qué me permitía torturar a ese ser y de por qué nunca me lo permitiría con otros. ¿Qué era lo que los diferenciaba? El aspecto estético, pensaba, parecía esencial en este caso, como si por ser feas y sucias tuviesen menos dignidad, mereciesen menos respeto. Realmente en esos momentos me sentía bastante nazi. El hecho de disfrutar con su sufrimiento ya iba más allá de la estética, tenía más que ver con las reminiscencias del pasado que me evocaba su especie. Me estaba permitiendo proyectar en ella más livianamente, sin culpa, ese odio que clamaba venganza, por un sufrimiento que era mío y que provenía del pasado.
Los siguientes días se me hizo más difícil no pensar en que no podía dejarla ahí para siempre, pero no tenía suficiente capacidad de decisión, o por decirlo de otra manera, no sentía la suficiente compasión como para mover un simple dedo por ella. Le estaba cogiendo cierto cariño, del estilo animal de compañía, incluso pensé en ponerle un nombre.
Una noche aparecieron otras cucarachas, justo donde estaba el bote, después de una semana sin que hubiese visto ni una sola. En ese momento no se me ocurrió cual podría ser el significado de esa visita inesperada, pero me hizo darme cuenta de que tenía que tomar una decisión determinante, además de que me habían destrozado la teoría.
Quedaba descartada la opción de liberarla en el patio, pues podría volver en mi busca y con compinches. Solo me quedaban dos opciones, o me la llevaba de paseo a un lugar lejano para abandonarla en el campo, de forma que nunca pudiese volver a encontrar el camino de vuelta o la mataba. Después de tanto sufrimiento..., matarla a la pobre… No sabía qué hacer. El día después de la visita la fui a ver y ya no se movía. Agité el bote, esto la despertó, pero solo movió las antenas. Ahora entendía por qué habían venido a visitarla la noche anterior. Estaba moribunda, perdida, y habían venido a despedirse. No pude soportarlo más, iba a acabar con su sufrimiento y con toda esta absurdidad en aquel instante. Fui a coger un trozo de papel y de la forma más decorosa que pude la chafé.
P.S: Espero que estas ínfimas pero grandilocuentes disquisiciones lleven, a quien quiera que las lea, a entender la importancia de una convivencia respetuosa entre especies y que, si bien he colocado 8 trampas que contienen un veneno que les permite volver al nido para morir, ser comidas por las demás y contagiarlas, muy diferente es proteger tu propiedad a las torturas gratuitas.








