Cuando el frío aprieta, las células de tu cerebro se vuelven estúpidas, haciéndote caer en una trampa para guirufos, al ver el solecito en la terraza del primer bar que te cruzas por Callao donde no tardarán en avasallarte gente vendiéndote cosas inútiles como mecheros con la bandera de España. Inútiles, no porque no me sienta muy español, que no me siento, sino porque no fumo.
Al rato se me acercó el camarero a darme la carta y, al divisar los platos nada apetecibles de la gente que había a mi alrededor, quería pedir algo que no estuviera comiendo ninguno de los comensales y también, por qué no decirlo, porque era lo más barato; así que opté por un pincho de tortilla.
SÍ, es verdad que la tortilla no estaba mala, pero tampoco es que estuviera buena, así que cogí mis bártulos y me largué, dejándole mi sitio a un simpático inglés borracho que disfrutaría de una excelente tortilla para él, pero no lo suficiente buena como para un crítico gastronómico de Cero Estrellas.