Parece mentira que el clima pueda variar tanto la percepción que tienes de un lugar. Pasamos 4 días en Sydney y nos ha gustado, pero tampoco nos ha matado y, probablemente, haya sido porque en los cuatro días que hemos estado allí, no ha parado de llover. En serio, no paró de llover. Podréis comprobar en las fotos que llevábamos el chubasquero tatuado. Y da rabia, mucha rabia. Sobre todo cuando incluso el último día te levantas de nuevo con el reconfortante sonido de la lluvia, desayunas con lluvia, haces todo el camino hacia el aeropuerto con más lluvia y cuando llegas... ¡BOOM! El cielo azul y el sol brillando. Venga hombre, no me jodas. Parece que Australia pensó: "Os he tratado tan bien estos dos meses... Que ahora me apetece "aguaros" la fiesta" Menos mal que guardamos un muy buen recuerdo de nochevieja. Ya creíamos que no podriamos cumplir ese sueño por el precio del alojamiento en esas fechas, cuando en una tarde de cervezas y piscinita con nuestra familia de Long Jetty, unos tíos de ellos que vivían en Strathfield, a 20 minutos centro, se ofrecieron a acogernos en su casa (otro detalle más de lo hospitalaria que ha sido esta gente con nosotros). Pasamos la noche haciendo un picnic en Milsons Point, al otro lado de la Ópera House y prácticamente debajo del Harbour Bridge, un sitio mágico. El momento de los fuegos es algo que se debe vivir una vez en la vida. Espectacular. Volviendo al turismo en la ciudad, la zona de The Rocks, la glamurosa Ópera House (que de cerca pierde un poco de ese glamour por el detalle del estampado del azulejo) y el emblemático Harbour Bridge es lo más destacable del centro. Kings Cross, cerquita del CBD tiene mucho carácter... Y fiesta... Y clubes de streaptease Y yonkis... En fin, sí, mucho carácter. Y prostitutas. La zona norte de la ciudad, con Kirribili, Luna Park, Milsons Point, etc es muy chula. Y un buen sitio para pasar un día entero. El final podría haber sido mejor, pero aún así Australia nos ha regalado unos momentos inolvidables. ¡Pero nada de lagrimitas amigos! ¡Que nos vamos a Bali!
Para todos aquellos que dicen “ a ver si subís alguna foto un poco puteadillos”, esto os va a gustar.
Habíamos quedado a las 3 de la tarde del día 14 con Steven. Un señor con el que habíamos contactado por workaway hace ya muchos meses. Se presentaba como un arquitecto que aunque vivía en Sydney tenía una casa en la montaña, en Dorrigo. Necesitaba ayuda para construir una casa con materiales ecológicos y reciclados. El entorno era un parque natural rodeado de cascadas donde además nos dejaba su coche para que en nuestro tiempo libre fuéramos a donde quisiéramos con los demás voluntarios que había en la casa.
Bien, dicho esto, a medida que pasaba el día nos empezaron a llegar mensajes suyos retrasando la hora de encuentro. Su idea era recogernos de camino de Sydney a propiedad. Sin embargo, que entre pitos y flautas (retrasos y averías de coche) nos recogieron a las 8 de la tarde. En la espera que tuvimos que hacer en el bar del hostel de Coffs Harbour, conocimos a un chico francés que también venía a la misma casa.
Nos montamos en el coche: el esperado Steven, el francés, Antón, el hijo de 6 años que era pesadísimo y yo. En otro coche venían la mujer y la niña de 4 años.
De camino paramos en un súper de cosas de casa y bricolaje y seguimos conduciendo. En la tienda de bricolaje ya nos enteramos medio de refilon que tendríamos problemas con las camas ya que una voluntaria anterior que había estado hacia meses, sabe dios cuántos, había traído chinches y había camas que no se podían usar. Aun así afirmaron que había más. Sí, el tío sabía lo de las camas hacia meses y no había dicho nada.
Llevábamos una hora y media de viaje con dirección a la casa del campo y ya era de noche y Steven conducía bajo la intensa lluvia mientras decía que se sentía un poco enfermo. De repente, pega un volantazo y empieza a meterse por un camino estrecho entre árboles.
El francés, Antonio y yo estábamos exhaustos. Con el bañador aún puesto de la mañana, restos de crema en la cara, y un par de birras en el cuerpo que nos habíamos tomado esperando al colega. En ese punto de la noche, bajo la lluvia, en la jungla, los faros del coche enfocaron un vagón de tren destartalado. Y ahí fue. Exactamente ahí fue cuando los tres nos miramos y supimos que pase lo que pase, este sentimiento de “quiero llorar” lo íbamos a compartir para siempre.
Sin luz ninguna, Steven cogió su linterna y se metió en la casa a encender las luces. Mientras tanto, nosotros llevababamos la compra a dentro de casa. En esas estábamos cuando el tío dice “huele un poco raro, parece que hay algún animal muerto pero no consigo encontrarlo”.
Y eso era sólo el principio. Si tengo que explicar de alguna manera diría que aquello era una especie de borda, caseta en la montaña, en la que pasar la noche. Una camas sueltas en una habitación y una cocina y una sala. El baño era solo un lavabo y el resto de las necesidades había que hacerlas al aire libre o en un baño de dentro de una tienda de campaña que estaba tan llena de cucarachas que la idea de hacerlo al aire libre parecía incluso excitante. Pero cuando son las 12 de la noche, está lloviendo y estás en medio de un bosque lleno de animales peligrosos no te apetece mucho regalarle ese paseillo a tu culo pajarero.
Los tanques de agua estaban estropeados, con lo que no había agua potable, ni duchable, ni fregable… Las sábanas se les habían mezclado y no sabían cuáles estaban limpias y cuáles no. Las opciones para dormir eran o una cama individual para los dos, o una cama en un altillo construida con un palé que iba de un lado a otro de las vigas sobre el aire y unas puertas tumbadas encima a modo de somier. A unos tres metros de altura y sin protección de ningún tipo. Seguridad garantizada. La seguridad de que si te caes te quedas muñeco. Marvellous!
Dormimos en la individual. Yo en un saco de dormir limpio y Antonio en las sábanas con sudadera y gorro puesto y calcetines hasta arriba. ¿Que por qué? Porque nos llovían cucarachas en la cara mientras intentábamos dormir. ¿Cómo te quedas?
Pasamos la noche como pudimos y le dijimos que nos íbamos. Nos dijo que entendía que igual buscábamos más lujoso, a lo que respondimos que no buscamos lujos pero si habitabilidad. Él decía que todo lo podía arreglar, lo que todavía me lo pone peor porque en vez de subir un par de días antes a su casa y a arreglarlo todo para cuando llegue la gente, prefirió llevarnos a sabiendas de lo que nos íbamos a encontrar.
La cara de la mujer estaba desencajada desde la noche porque por lo visto aquello estaba hecho un desastre hasta para ella ya que las últimas veces había venido él solo. Tras hablar con ellos, desayunamos todos juntos y nos acercaron de nuevo a Coffs Harbour.
Lo más divertido es que con ésta familia planeábamos estar una semana en Dorrigo y luego bajar con ellos a Sidney y quedarnos con ellos unos días más. La noche del pánico, se me ocurrió escribir a los de la primera casa en la que estuvimos que habían vivido durante 13 años en Sidney por si conocían a alguien que les interesara tenemos en casa a cambio de ayuda y, en apenas unas horas, ya teníamos un nuevo destino.
No hay palabras para agradecer la bondad de alguna gente y la jeta tan grande de otros.