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Ecfrasis de una obra de arte: El nacimiento de Venus
Un cielo azul, despejado, rodea la escena y realza el color del mar, que hacia las orillas se oscurece. Un mar que desemboca en las arenas de una isla, tal vez Chipre, o Pafos, o Citerea cuya arena es tan oscura que por momentos parece negra. El mar se muestra sereno a lo lejos, pero en la medida en que se acerca a la playa, las olas parecen intensificarse y bajo la concha en la cual se encuentra Venus, se revuelven con mayor vigor.
A la izquierda de este cuadro pintado en el primer Renacimiento italiano, por Sandro Botticelli, vemos a los personajes mitológicos Céfiro y Cloris, marido y mujer, dios y diosa, ambos aficionados a la labor del viento. No son ángeles, sino dioses, por eso aparecen en el aire con alas, desnudos y fornidos. Él la sostiene a Cloris, quien abraza a su amante con fuerza. Alrededor de ellos, una lluvia de rosas, símbolo del amor, por su fragancia y su belleza, parece direccionarse hacia Venus. De la boca del dios del viento del oeste emerge una suave briza que ha empujado a la diosa del amor hasta la orilla.
Entonces, en el medio de la escena, Venus está representada en su nacimiento. Ha llegado a la orilla de aquella isla en una concha gigante que no significa otra cosa que un vientre y por lo tanto, la fertilidad femenina. Está posicionada tal como la Venus de Médici, tapando con su larga cabellera rubia sus partes íntimas y su pecho, con la mano derecha. Lleva una mirada soñadora; ojos fijos en la nada y un rostro tierno que posiciona a la escena en un mundo de sueño y de poesía.
A la derecha del cuadro se muestra a otra mujer, la única de la escena con los pies en la tierra: parece ser Hora Primavera, la diosa griega de las estaciones, quien se muestra con una expresión apresurada intentando tapar a Venus con una túnica o capa roja estampada con flores de aciano. Hora es la única que está completamente vestida, lleva una túnica blanca, también estampada con flores. En su cintura se ajusta un cinturón de flores. Lleva el cuello decorado por un collar, también de flores. Su vestimenta flameante, acompañada de aquella cabellera dorada y ondulada traen el aire de la primavera, estación en la cual nació Venus.
La chica del Bugatti
—Bienvenido a McDonald’s, ¿en qué puedo ayudarle?
—Bienvenido a McDonald’s, ¿en qué puedo ayudarle?
Si ese coche hubiera llegado dos minutos más tarde, no hubiera tenido que atenderle. Miré el reloj con desesperación y puse los ojos en blanco suspirando, preparándome para poner mi cara más amable para el cliente. No había sido un buen día. Después de la bronca que me había caído aquella mañana de parte de mi jefe, no había cosa que se me pasara…
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¿Qué ves hoy?
Todas las mañanas le hago la misma pregunta.
—¿Qué ves hoy?
Todas las mañanas le hago la misma pregunta. Ana María, entonces, se acerca a la ventana y, apoyada en el alféizar, comienza a describirme el paisaje.
—Ha amanecido nublado.
Justo eso no hace falta que me lo diga, ya lo sé. Lo huelo y lo siento. El aire húmedo del Mediterráneo entra frío a la habitación y se cuela por el cuello y las mangas de mi camisa, trayendo consigo un leve…
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El almuerzo de los remeros
Artista: Pierre-Auguste Renoir Tamaño: 1,30 m x 1,73 m Período: Impresionismo Ubicación: Colección Phillips Técnica: Pintura al aceite Fecha de creación: 1880–1881
El almuerzo de los remeros
Estamos frente a una magnifica obra que resulta de la conjunción de dos elementos: lo dinámico, propio de la escena que Pierre-Auguste Renoir se propone retratar en 1880; y lo estático, al uso de los medios pictóricos.
Lo estático Una escena congelada se presenta alumbrada con la luz del medio día, pero a su vez tamizada por un toldo beige y rojo. Allí, lo que a primera vista parece una incontable multitud de individuos almorzando alegre y distendidamente, son -en realidad- 15 personajes interactuando en un juego de miradas.
Sobre la escena podríamos trazar dos diagonales: una que comience desde la esquina inferior derecha del espectador y que termine en la esquina superior izquierda; y la otra, desde la esquina inferior izquierda hasta la esquina superior derecha. El resultado, cuatro triángulos: uno inferior, uno superior, dos laterales.
Comencemos por la esquina lateral izquierda: allí, un hombre con musculosa blanca y sombrero amarillo típico de remero está sentado sobre una silla, cuyo respaldo se apoya en la mesa; el remero le da su frente al centro de la escena, y sostiene en su mano un cigarrillo que se dispone a fumar. Su piel blanca enrojecida atestigua su oficio: pasa hora debajo del sol. El remero, con pelo castaño claro, ojos minúsculos, parece tener la mirada perdida; sin embargo, dos personajes interactúan con él: por un lado, una mujer sentada a su lado, de vestido azul con cuello de volados blancos y gorro a tono, lo increpa con la mirada; mientras que un caballero con traje beige a finas rayas negras parece rodearlos con el brazo. Dicho hombre le da la espalda a un grupo de tres personajes, dos hombres se enfrentan a una elegante mujer. Dado el gesto de sus manos, ella parece avergonzada ¿Qué le estarán diciendo? El trío, formado apenas por la cabeza de los hombres que la miran y el torso de la mujer, está al límite del lienzo. Allí logramos ver una mano pálida y firme que sostiene la cintura de ella. Los tres visten distintos sombreros que revelan, por un lado, que la señora pertenece a una clase social alta; por otro, el oficio de quien la sostiene con su mano, un remero; y por último, la elegancia del refinado señor que se encuentra frente a ella. En el plano más alejado pero casi central del cuadro, aparece una pequeña cara masculina que observa a una mujer; ella, también con sombrero, toma vino con su copa. Su mirada perdida parece escapar a la nuestra que la observa.
En el triangulo superior, árboles tupidos se presentan como el fondo de la escena. Dos hombres mantienen una distendida charla. El que tiene boina marrón sostiene un cigarro, y es el único de los personajes que parece devolvernos la mirada; mientras que, del otro, solo logramos ver su espalda: su entera atención está puesta en la conversación. Nuevamente, la vestimenta nos revela algo de cada uno de ellos. El que está espaldas sostiene en su cabeza una elegante galera negra que hace juego con su fino traje de mismo color; el personaje de boina tiene un blazer marrón. Si reemplazamos su cigarro por el pincel, bien podría ser la imagen especular del mismísimo pintor, Pierre-Auguste Renoir.
Una mujer da la espalda al anterior núcleo para mantener una conversación con un hombre que se encuentra en el centro del cuadro y que nos niega su cara, mientras que nos da la espalda. La hermosa mujer de pie, inclinada hacia adelante, apoya todo el peso de su cuerpo sobre una baranda en la que coloca sus brazos, con uno de los cuales se toma de la barbilla. Viste un vestido claro con finas terminaciones rojas, y luce un gorro de remero ¿A quién se lo habrá quitado? Intuimos que al único personaje que no viste un sombrero, del cual solo vemos un pequeño fragmento de su cara.
Continuando nuestro recorrido, y ya en el triángulo lateral izquierdo, se va la continuación del fondo del cuadro. Los arbustos tupidos dejan entrever una apacible laguna donde, producto de la perspectiva, pequeños veleros navegan. Casi la totalidad del triángulo está ocupado por el personaje de mayor escala: una musculosa blanca revela una enrojecida piel y un fornido brazo. Tal como supone el lector, luce un gorro de remero. Su mirada, enmarcada por su pelo y barba rojiza, se pierde hacia el fondo de la escena. El personaje se encuentra apoyado sobre el respaldo de una silla donde se sienta uno de los puntos de tensión más grandes del cuadro: una hermosa mujer que sostiene en sus brazos a un pequeño perro que se mantiene en dos patas sobre la mesa de reunión. Ella, con labios rosados sumamente voluptuosos, acerca su boca al perro generando una situación lúdica: le está por dar un beso. Dicha mujer, de cabellera pelirroja, viste un gorro para la ocasión, adornado por enormes flores rojas. Su vestido azul enfatiza su piel blanca.
Completando el recorrido de la obra, encontramos en el triángulo inferior izquierdo, un bodegón que es, de por sí, una obra de arte: copas de vinos brillan junto a una hermosa vajilla que despliega su encanto junto a botellas, a las cuales, les falta gran parte de su brebaje. Todo sobre un desprolijo mantel blanco. Frutas, como las llamativas uvas, terminan de contarnos que, todo el conjunto, es una escena de verano.
Lo dinámico
La anterior escena descripta se encuentra detenida en el tiempo y solo nuestra imaginación puede ver como cada uno de estos personajes respira, se mueve y entrecruzan miradas con guiños cómplices. Sin embargo, nos resulta imposible pedir a estas damas y estos caballeros que se detengan, que se congelen: gracias a la pincelada libre y dinámica, estos cobran vida. Es así como Renoir logra invertir lo que comúnmente llamaríamos dinámico (una escena atestada de personajes que interactúan entre sí) y lo que normalmente llamaríamos estático (pinceladas de óleo) para presentarnos un caluroso almuerzo de verano.