“Además, el selknam es un idioma de fonemas tonales y glotales. Cuando yo me empeñaba en pronunciar bien una palabra, Lola fruncía el entrecejo y, mirando mi boca, movía sus labios lentamente, como si pronunciara cada sílaba, pero sin emitir un sonido.
Uno de los cantos que más nos gustaba era el del Viejo Guanaco: Ra, ra, ra, ra, ra, cantaba Lola, imitando al marré, al viejo guanaco”. Sus interacciones con “la máquina” tenían algo de mítico y una intensa “carga” afectiva: Invariablemente, Lola insistía en que yo rebobinara la cinta del grabador cuando ella terminaba de cantar, para escucharse. Solía reír y comentar: “Úlichen” (‘lindo’), al oírse. Empero, a veces estaba contrariada y decía: “¡Qué yippen!” (‘¡Qué feo’), y aunque a mí no me parecía tal, se empeñaba en que volviéramos a grabar el mismo canto [...]. Muchas veces me pedía que tocara las cintas de nuevo, por el solo placer de volver a oír los cantos. Había dos lamentos —uno dedicado a su madre y el otro a sus dos últimos hijos— que ella cantaba con tanta frecuencia, que yo no los grababa. Pero ella quería que yo los grabara cada vez y, si no lo hacía, se molestaba un poco. Al ir a su casa por la mañana, a veces la veía parada en la puerta, esperándome. Al acercarme, exclamaba: “¡Encontré otro!” [...]. Había recordado un canto que había escuchado muchos años atrás; siempre recordaba también a quién había pertenecido aquel canto. Muy excitada, me pedía que me apurara en grabar el canto antes de que desapareciera de su memoria. Una vez grabado, rebobinaba la cinta y lo escuchábamos, complacidas. No siempre quería volver a cantar algún canto que yo le pedía. Se reía preguntándome por qué grabarlo de nuevo si era feo. Otras veces parecía comprender que su voz y los cantos estaban siendo conservados más allá de su muerte .”
“Estoy aquí cantando, el viento me lleva, estoy siguiendo las pisadas de aquellos que se fueron. ... Los del infinito me han hablado.” -Lola Kiepja [traducido del selk’nam].