Escribí una breve reflexión a propósito del corte que hicieron las cadenas televisivas de los Estados Unidos al discurso del Presidente Trump...
Fue un hecho sin precedente. El Presidente de los Estados Unidos Donald Trump salía el pasado jueves a emitir un mensaje a la nación. Lo hacía después de 72 horas de haberse declarado ganador de la contienda presidencial aún cuando en varios estados de la Unión Americana los votos continuaban contándose y después de que Twitter señalara varios de sus tweets por difundir información falsa y no verificada. Fiel a su estilo y sin presentar evidencia alguna, Trump se presentó a si mismo como víctima de un fraude electoral. Acusó a los demócratas de contar votos ilegales y de intentar robarse la elección. Entonces sucedió: las tres grandes cadenas de televisión abierta de la Unión Americana – NBC, ABC y CBS – decidieron cortar la transmisión del discurso del candidato republicano a repetir un período más en la Oficina Oval. Las tres utilizaron el mismo argumento: no eran tiempos para difundir información falsa que pusiera en tela de juicio a las instituciones democráticas de la nación. Otros medios televisivos como CNN decidieron pone cintillos en los que advertían a sus audiencias de que el discurso presidencial contenía información que no podía ser verificada pero transmitieron la perorata de Trump de manera íntegra.
La situación se convierte en un parteaguas en términos de cobertura de electoral y tiene varias aristas. No es un asunto menor que tres gigantes de la comunicación decidan ponerse del lado de las instituciones electorales y, especialmente, de un sistema que – asumen – ha sido ejemplar en el desarrollo de la democracia en todo el planeta. NBC, ABC y CBS consideran que ni siquiera la presidencia está por encima de los principios democráticos sobre los que se sustenta la nación y acusar a los ciudadanos que se encuentran contando los votos en estados clave para el triunfo como lo son Pensilvania o Arizona, constituye una traición a la confianza depositada en esos hombres y mujeres que terminan por ser los pilares de la democracia norteamericana. Desde esa perspectiva parecería que las cadenas televisivas de los Estados Unidos están cumpliendo con una de las máximas que debe seguir todo medio de comunicación: anteponer el interés público de recibir información veraz por sobre cualquier otro tipo de intereses, incluyendo en ellos a los propios e innegables intereses políticos y comerciales que tiene la televisión privada norteamericana y en general la de todo el mundo.
Sin embargo el tema tiene una perspectiva que no deja de ser preocupante. Es innegable que el Presidente Trump se ha destacado por pronunciar discursos saturados por afirmaciones que no pueden verificarse o que son mentiras descaradas. Tampoco es la primera vez en la que pone en jaque a las instituciones democráticas de la nación con alguna de sus arengas. Pero es hasta ahora cuando existe la posibilidad de que se cambie el curso político en los Estados Unidos, cuando la televisión decide que ha sido suficiente y le ponen un alto al actual inquilino de la Casa Blanca. ¿Por qué no lo hicieron antes?, esa es una de las preguntas que flotan en el ambiente. Si las televisoras norteamericanas hubieran generado esa línea editorial desde un principio, si se hubieran puesto del lado del interés público al día siguiente de la investidura presidencial de Donald Trump, es muy probable que la polarización que hoy existe en los Estados Unidos, que la violencia que se ha desatado por los conflictos que a partir de la misma se han presentado, tal vez estuviera atenuada. Si las televisoras hubieran hecho un ejercicio de verificación, de contrastar desde un principio la información proporcionada por Trump con la realidad, existe la probabilidad de que hoy la sociedad norteamericana estuviera mejor informada y hubiera emitido su voto con mayor conocimiento de la situación política, económica y social de su país. Es cierto que en el discurso que fue cortado por la televisión Trump no presentó ninguna evidencia de que se estuviera llevando a cabo un fraude electoral por parte de los demócratas, pero estoy seguro que existían mejores y más eficaces mecanismos, más recursos de carácter periodístico, para hacerle frente a tales dichos que simplemente bajarle el telón al Presidente. Lo que está ahora en juego es la libertad de expresión pues ¿qué le garantiza ahora al pueblo norteamericano que ese mismo recurso, esa argumentación de defensa a las instituciones, no será utilizada en el futuro para servir a los intereses particulares de las grandes corporaciones de la comunicación en la Unión Americana?.
Finalmente: el único límite que debe tener la libertad de expresión se da cuando un discurso incita a la violencia. Por lo demás no es labor de los medios censurar sino informar, generar contrapesos al poder en turno a través de noticias que a diferencia de lo dicho por el gobernante estén sustentadas en el rigor, en la investigación, en datos y hechos comprobables. Esa es la manera más efectiva que tiene el periodismo para combatir a las falsedades y es la única que ha demostrado su eficacia como un instrumento de servicio a las instituciones democráticas y a la ciudadanía en general.