Mi road movie con Joni Mitchell
Una vez trabajé para la universidad de la que me gradué, como forma para pagar la beca que me dieron. Cubría el 100% de la colegiatura, pero a cambio tenía que pagar con 40 horas laborales a la semana dentro de la misma universidad, así durante 3 años.
Me tocó el área de call center, donde atendíamos las llamadas solicitando información sobre los programas de estudio, costos y demás asuntos del tipo. Esto lo hacía entre semana, algunos fines de semana e incluso en vacaciones.
Como a mitad de la carrera, hubo un periodo vacacional peculiar. Me tocó ir a una de las sedes de la universidad que tenía un anexo únicamente con oficinas administrativas y de pagos. Ahí, en medio de un edificio con forma de media luna, domo opaco y calor húmedo, estaba arrinconado mi stand que más bien era una mesa con mantel de fieltro azul marino (institucional) y montones de volantes y folletos con información de las diferentes licenciaturas que la universidad ofrecía.
Los días en ese lugar con nula afluencia de interesados en mi monólogo de información sobre lo bien que estaban las instalaciones y lo maravilloso de los planes de estudio, eran, sobra decir, aburridos y grises. No sólo porque a lo mucho llegaba a repartir 2 o 3 folletos durante las 7 horas diarias que pasaba en ese lugar, sino por que ¡eran vacaciones! y en ese escenario, la vida prometía momentos mucho más emocionantes que nada tenían que ver con las vacaciones que a mí me tocaron.
Hubo dos cosas que me salvaron: la primera fue hacerme amiga del personal de limpieza que de vez en vez venía, con pretexto de barrer o arreglar algún desperfecto del lugar, y me hacía la plática; su presencia amable con ánimos de que me sintiera menos sola era suficiente para hacerme más ligero el tiempo ahí.
La otra cosa que me salvó fue el hecho de que, al tratarse de un área de oficinas, tenían contratado un canal de música. La programación era como de avión, con un total de entre 15 y 20 canciones que se repetían, y repetían, y repetían y entre Air Supply y no sé que más, Joni Mitchell y yo nos hicimos cómplices de esas terribles vacaciones.
I am on a lonely road and I am traveling, cantaba en mi cabeza. No logro recordar que imaginaba mientras escuchaba esta canción (All I want), pero tengo clara la emoción y el efecto que desde entonces Joni Mitchell ha tenido en mí. Su voz me suavizaba, pero la belleza de sus canciones me parecía tan intensa (y dolorosa) que a veces tenía que contener lineas de agua en los ojos, que de no ser porque estaba en un lugar público, habrían rodado sin tope por mi cara.
De River a A case of you, pasando por All I want y Both sides now, se convirtió en mi soundtrack por meses. No tenía iPod, pero pasé las canciones a mi teléfono LG que reproducía MP3. I want to belong to the living …Alive, alive, I want to get up and jive, escuchaba con mis audífonos mientras iba en el camión del metro la Raza a las oficinas de la Universidad… I am on a lonely road and I am traveling, looking for the key to set me free.
No había razón especial para sentirme tan tocada por esta música, pero los asuntos de belleza triste siempre han sido, para mi mente nostálgica, verdaderos imanes. Y así me parecía que eran las canciones de Joni Mitchell, siempre rodeando la tristeza, pero con escenarios bellísimos de fondo, como escena de road movie donde la carretera se junta con un paisaje que nos vuela la cabeza, rodeado de montañas y árboles y cielos hermosos; los únicos en ese auto somos nosotros y sabemos que el final se acerca, pero no importa porque todo nos parece una promesa; sentimos la ilusión en la boca del estómago y el radio tiene una canción de fondo que nos hace creer que esa promesa es posible.
¡Ah! ya recordé, esto era lo que imaginaba sentada en esa mesa con mantel de fieltro azul y folletos escolares, mientras Joni Mitchell sonaba en ese canal de música junto a Air Supply y no sé quién más.
I am on a lonely road and I am traveling
Traveling, traveling, traveling
Looking for something, what can it be












