Eran cinco días en la ciudad capital más alta del mundo y contaba cada minuto que me faltaba para estar dentro del avión. Por lo menos habría oxigeno presurizado en el avión repetía cada cuatro minutos.
“Una pregunta.”
“Si, dime.”
“Es verdad que todas las esposas de los presidentes eran hombres.”
Necesitaba oxígeno y el nivel del mar. Una agitación más y serían cinco desmayos. Respondí con calma, estaba harta de ambulancias y hospitales y el avión despegaba a las seis y media de la mañana.
“¿Dónde escuchó eso?”
“Una periodista sacó, pero la mataron.”
“¿Y usted cree que es verdad?
“Mostraron las fotos y cómo se ven como hombres.”
“Pero tuvieron hijos e hijas, los hombres no tienen hijos.”
“Los han debido de adoptar.”
“Imposible señor… pero bueno… las cosas que cree la gente. ¿Y todas?”
“Sí, hasta la Jaqueline Kennedy.”
Eran las cuatro de la mañana y el tráfico parecía un hilo filo subiendo hacia lo más alto de la olla. El aeropuerto quedaba a unos () metros sobre la ciudad, la cima de la olla era aire que me había visto caer metódicamente y violentamente hacia el suelo. Estas montañas me estaban echando.
“Hay fotos de la Michelle Obama, la Bush…”
El color de la montaña cambiaba como el color de piel de los que vivían abajo, polvo, piedra y tierra en cafés claros y oscuros. Eran pausas largas entre palabras, como es espacio entre los nudos de los quipus. Entre el silencio de dos nudos vibra más los hechos y sentimientos.
“He tenido que aprender a lidiar con los americanos. Aquí hay mucho odio en contra los americanos.”
“Así es. Cosas de la identidad.”
El señor Cardozo todavía tenía recuerdos ayudando a las esposas de los embajadores con sus compras. Había aprendido inglés para poder trabajar con parejas del Canadá, la Organización de Estados Americanos, Suecia, Alemania, Las Naciones Unidas, y los Estados Unidos.
“¿Le puedo hacer una pregunta? ¿Usted es más americana o boliviana?”
“Bueno… vivo allá desde muy niña… americana.”
“Sí, en la vida, todos sufrimos.”
Despidiéndome del señor Cardozo sentí que se alargaba el hilo hacia la ciudad, entre nosotros y entre lo que me quedaba del pasado.
“¿Está bien señora?”
En alturas distintas, el piso no cambiaba como el aire.
“No.” Estaba ya arrodillada, esperando mi turno para entregar mi maleta en la taquilla.
“Quédese quieta, le traigo una silla de ruedas.”
Estas montañas me habían echado antes. Mis abuelas se habían despedido con sus manos trigueñas mientras yo las veía desde mi asiento en el avión, observando el bordado lila de mi vestido. Esta vez la voz que soplaba entre sus cimas y pampas fue más nítida. Miré hacia abajo a mi teléfono, faltaban cuarenta y seis minutos antes de que las puertas del avión me resucitaran y ocho horas antes de llegar al nivel del mar.
Marcelo habló menos de tres minutos con las de la aerolínea, “… oxígeno noventa y cuatro por ciento… la vi hace unos días… se desmayó varias veces… le dimos oxígeno… llegó la ambulancia, igual se desmayó. Que viaje, nomas.”
“Señora…por favor pase.”