Del verbo extrañar
Sentimiento conflictivo, verbo traicionero y ocasionalmente necesario, una acción que mantiene débilmente mi cada vez menos interés social por mi entorno atrofiado e hipócrita. Caen amigos, familia, humanos que estrechan la mano porque no les queda otra y otros especímenes que seria difícil otorgarles el atributo de social. Muchos humanos que han cedido a sus fantasmas cotidianos, esos de los que solíamos reírnos con buenos amigos, gozar infinitamente como si el vino y el efecto etílico nunca se fueran a terminar.
En mi infinita apreciación por el cosmos y el arte, balanceo mi entusiasmo social algo débil entre mi pensamiento correcto y mis constantes impulsos de renovación aunque sin embargo en mi vida, la que me obliga a levantarme a cumplir con compromisos derivados de mi ingenuidad y estupidez, el sentimiento de extrañar embriaga mi cerebro. Al punto de limitar mis acciones, y quizás de bloquear mucho de mi esencia, algo que paradójicamente se ha encargado de autominimizarme y encapsularme. Es la conciencia jugándome una broma en la que quiero activamente participar.
Extrañar obedece a mis instintos precarios de poder rescatar algo de humanidad de mi surrounding robotizado. Es una mezcla inocente de intención. Un palpitar constante que me instruye a creer en conexiones más que en estereotipos y androides insípidos. El tiempo me ha dicho que es inútil hacerlo y mi corazón malvado y atrofiado intenta señalar que quizás mi alma deteriorada por la fila desbordante de doble moral que incluso yo mismo ayudo a construir, se ha reducido a palpitaciones mediocres que quizás alcancen para levantar la mirada y hacer un reset a mi ser.
Mi humanidad dizque pensante me golpea y al tiempo me nutre. Algo que nunca creí que estuviera analizando, hoy es materia prima de mis pensamientos. ¿Que ha pasado con mi deseo de amar? Extraño hacerlo. Extraño inundarme de estupidez y de insensatez en un mundo donde todos parecen tener ya la respuesta. Se acabo la inocencia de la incertidumbre, y el deseo legitimo de explorar. Se ha pulverizado el deseo de abordar mis emociones. El cinismo que permea a los demás del cual he sido víctima constante ha destruido mi entusiasmo y el brillo en mis ojos que siempre estuve convencido de tener.
Quizás la maldita nostalgia ha cobrado ya una nueva víctima. Pero al final extraño amar. Extraño ser. Es una contradicción que violenta mis palabras y termina por dibujarme como un alien en tiempos de seres perfectos.
// Javier Jones















