The most team ever 👽💖
seen from China
seen from United States

seen from Brunei
seen from United States
seen from France

seen from France
seen from China

seen from Colombia
seen from Indonesia
seen from United States

seen from United States
seen from United States

seen from Saudi Arabia
seen from United States
seen from United States
seen from United States

seen from Estonia
seen from Peru
seen from China
seen from United States
The most team ever 👽💖
rewatching my babysitter's a vampire? in 2020? it's more likely than you think
Them going 🦎
A sketchy doodle of the beans ✨
My alien lizard bb...
No entiendo la libertad. Es absurda. Es incierta. No puedes buscar algo que no entiendes.
Eriah, La Ira de los Héroes.
I'm bigger than my body I'm colder than this home I'm meaner than my demons
I'm bigger than these bones.
03: Muñeca.
Eriah abrió los ojos. Frente a ella, se alzaban sus manos entrelazadas. Blancas, pequeñas, impolutas. La visión de ellas se desenfocó para centrarse en la estatua que yacía en frente.
Pura y hermosa, Dandalar parecía danzar entre nubes de mármol, sus ojos cerrados mirando más allá que los ojos de cualquier mortal. La diosa de los sueños siempre tenía los ojos cerrados. Las otras estatuas parecían observar fijamente a Eriah, mas no importaba siempre que contase con la protección de su diosa, la única que tenía poder en un mundo en que las deidades fueron desprovistas del esplendor de la vida.
Su diosa.
El silencio del santuario se rompía por su propia respiración, y por un momento, se preguntó si no debería simplemente dejar de respirar. Manchaba la quietud, la pureza, la perfección. Pero no tenía opción. Era una simple mortal, y necesitaba respirar. Quitarse la vida era, después de todo, un pecado. «Estará bien, mientras mi alma sea pura.» Una pequeña sonrisa comenzó a asomar por su rostro, sin llegar a sus ojos, y sus manos aflojaron el agarre para apoyarse en el suelo. Era frío al tacto.
Se puso de pie.
Las rodillas dolían una vez su cuerpo era plenamente consciente de cuánto tiempo estuvo postrada en el suelo. Sin embargo perdería tiempo innecesariamente quejándose, así que se limitó a ver la tela para comprobar que no había mancha alguna en sus faldas blancas, y dio la vuelta, encontrándose con la gran figura del guardia que la escoltaba, con su armadura negra y capa dorada. Pese a que llevaba el yelmo puesto, ella sabía que se trataba de Alyus por su tamaño. Era el más grande de los hombres de su padre.
Como siempre, un rombo de oro se veía dibujado en la pechera; el ojo abierto de los Balgur.
Eriah sonrió. Escuchó a Alyus chasquear la lengua.
—¿Ha terminado? —gruñó.
—En realidad, no empecé. Debería dormir para rezarle —dijo ella, dando un paso al frente con las manos en el corazón. Tenía las piernas entumecidas; se sintió tambalear, mas su expresión se mantuvo de piedra. El gran guardia volvió a gruñir en respuesta.
—¿Y qué hacía ahora?
—Soñar despierta.
Se hizo el silencio un momento. Eriah no era precisamente buena leyendo a las personas, pero por la naturaleza simple de los guerreros, dedujo que ahora mismo su escolta no entendía lo que le acababa de decir. O estaba cuestionándola, eso también sería muy de su estilo. Ladeó un poco la cabeza.
—¿Y terminó de soñar despierta? —se escuchó finalmente la voz de Alyus.
—No.
—¿Y para qué vino al santuario entonces?
—¿Gunahal siempre os deja hacer tantas preguntas, Alyus? —interrumpió Eriah, dando otro paso al frente. Ahora no le dolían tanto las rodillas. Sus manos bajaron, entrelazadas, colgando frente a ella—. Os ha malacostumbrado.
Alyus entornó los ojos. Siempre lo hacía cuando estaba con ella: le resultaba extraño. Era el más hábil de todos los miembros de la guardia personal del Emperador, y el más diestro lancero de todo el Imperio. Siempre bravo, la única vez que lo vio sonreír auténticamente fue cuando le arrancó una oreja de un mordisco a un traidor en combate singular. El resto del tiempo, siempre le veía con un semblante hosco, molesto, soltando palabras soeces y faltando el respeto hasta al mismísimo Emperador. Ni hablar de Gun, a quien trataba como poco más que un enclenque. A ojos de Eriah, el as de la guardia no era más que un animal feroz y salvaje, hasta que interactuaba con ella.
Entonces la pureza animal se desvanecía. Hablaba poco, se ofendía en silencio y apenas bufaba cuando estaba disconforme. Sabía, también se comportaba así con su madre, pese a que ella era prácticamente lo contrario que Eriah. Cuando ambas estaban juntas en su presencia, Alyus solía desaparecer. Tal vez dos figuras femeninas eran demasiado intimidantes para el más bravo de los caballeros del implacable Imperio de Heras. No lograba entenderlo, pese a demostrar una naturaleza simple en el resto de las cosas: por más que le observara, él no devolvía la mirada. Por más que su madre le hubiese provocado incontables veces, no respondía con más que cara de mala gana. Eso era lo que había observado, y lo reconfirmó en ese momento, mirándolo fijamente, esperando una respuesta. No la hubo.
Dandalar enviaba respuestas para ella a través de los sueños de las personas, quienes reaccionaban a esos sueños en su día a día. Y sin embargo, no podía leer los designios del destino si nadie nunca le hablaba. Imitó al guardia y entornó los ojos un momento, intentando entenderlo y fallando miserablemente, para finalmente entrar en marcha, escuchando sus pasos por detrás de ella, retumbando en el inmenso templo, su caminar siendo observado por los fríos ojos de los dioses muertos, y escrito por los dormidos de Dandalar desde los sueños. Ella lo sentía: cada retumbar era el deseo de su diosa, y ella sólo hacía lo que su diosa deseaba, lo que las señales le indicaban que debía hacer. Sería un día tranquilo, pues enviaba señales tranquilas. Las de siempre: los silencios, el decoro. El comportamiento usual de las personas alterándose con su presencia, que todo lo alteraba.
Sus pasos hacían un sonido que le agradaba, rompiendo el silencio. Se aseguró de crear un patrón de sonido perfecto al andar, pues el caminar de manera irregular no era algo que pudiese permitirse. Ni siquiera prestó real atención cuando Alyus le dijo algo sobre su madre, y se desvió de su camino para salirse de los pasillos y entrar al jardín, asomándose por la fuente y contemplando su reflejo.
Como siempre, había algo en su propio rostro que le era extraño. Pese a ser diferente del resto de la familia real por varios factores, no encontraba cuál era el que le hacía tanto ruido. Si sus rizos de maple o sus grandes ojos negros. Tal vez fueran las pecas que surcaban su piel.
Pero era muy parecida a su madre, así que debería ser perfecta, como lo era ella.
«Madre dice que estoy bien.»
Tal vez ella no veía lo mismo que Eriah. Pero estaba bien, porque nadie en el Imperio sabía más de lo que lo hacía su madre. Si nunca se equivocaba, entonces ella debía estar imaginando cosas que no debía. Sacudió la cabeza y se palpó la mejilla, esta vez la real, la mirada aún inmersa en su reflejo.
Acomodó un mechón rebelde detrás de su oreja y se puso de pie, abandonando el reto diario de encontrar el fallo para encaminarse hacia la puerta. Pensar demasiado era algo en lo que no tenía por qué tomarse molestias. Tal vez eso era el problema que la hacía ver extraña: que estaba tratando de hallar un problema que no existía. Las damas no tenían por qué pensar tantas cosas, así que podía simplemente ahorrárselo. Era una lástima que la curiosidad en su interior la acompañase al despertar de cada período de sueño.
«¿Será porque Dandalar no me protege al despertar?»
Tendría sentido. La seguridad de la mente no estaba del todo asegurada si no contaba con la protección del dios de los sueños. Pero eso podría significar que su espíritu era débil, así que se reprendió internamente.
Volvió a andar, apenas consciente de que Alyus ya no estaba con ella. «¿Hizo poof?» Siempre desaparecía en algún punto. Quiso reprenderlo. Pero no era algo que un alma pura haría.
Frenó en seco a medio camino cuando se dio cuenta de que estaba caminando por los pasillos sin mirar, completamente inmersa en sus teorías, y alzó las cejas, tratando de ubicarse. No era la primera vez que sucedía. Sintió un cosquilleo, y pronto una levísima sonrisa comenzó a asomar en su rostro. «Dandalar, ¿verdad que sí me proteges? Si estoy soñando despierta.» Era una muchacha afortunada, sin duda.
Puso las manos en sus mejillas, sintiéndolas frías. Como siempre.
Entonces palpó el tapiz a su derecha, la tela suave y gruesa, el color negro ligeramente desteñido, rogando por ser reemplazado. El sol dorado que adornaba la tela parecía observarla con su inmisericorde ojo abierto.
Ladeó la cabeza, sus dedos llegando hasta los bordes, bordados en oro. Se sobresaltó cuando tocó el mármol, frío, blanco, trayéndola de vuelta a la realidad tan pronto como sobrepasó el límite del tapiz y llegó a la pared. Retiró lentamente la mano, observando fijamente el sol de un solo ojo y preguntándose cuán problemático sería ver las cosas con un solo ojo, no poder medir la profundidad y esforzarse por divisar aquello que estuviese a grandes distancias. ¿Cómo haría el blasón de su linaje si quisiera guiñar un ojo?
Su madre siempre decía que ese ojo era ciego.
«¿No me ve?»
Un pasillo lleno de tapices con sus propios ojos, sin que ninguno pudiese ver nada. Qué curioso.
—¡Eriah! —se oyó una potente voz femenina, sobresaltándola. Ni siquiera intentó evaluar el tono: sólo sabía que era autoritario, y que despertaba en ella el instinto de agachar la cabeza y voltear en su dirección, inclinándose en una reverencia. Sus manos abandonaron el tapiz y se encargaron de sostener el faldón de su vestido, para que no se ensucie con el movimiento. Los ojos se cerraron, mas un rizo rebelde escapó de su prisión tras la oreja, colgando ahora de su cabeza. No se movió. No tenía por qué hacerlo.
—Madre —saludó, su voz baja y suave—. Te buscaba.
Sintió un golpecito en la cabeza, y supo que ya podía enderezarse. Abrió los ojos, viendo lo que parecía una versión más bella, pero ligeramente envejecida, de sí misma. Los rizos marrones aplacados en un peinetón de oro, las pecas cubiertas por una gruesa capa de maquillaje que las había hecho desaparecer por completo. Los ojos negros de su madre eran diferentes a los de ella: estaban llenos de vida, llenos de convicción. Un negro envolvente que dejaba marca allí donde pasaba, un vacío que absorbía todo a su paso. Había algo especial en esa mujer. Algo que le daba miedo.
La Emperatriz Tiberia Ragg Balgur dibujó una sonrisa roja en su rostro. Alyus la escoltaba. «Oh.»
—¿Volviste a perderte, cariño? —dijo, acariciando su mejilla. Ahora sonaba dulce. Eriah se dejó embriagar por la calma que le producía el toque de su cálida mano, y asintió como única respuesta—. Eso está mal. Hoy cenaremos con el Emperador. —Su sonrisa se ensanchó. Eriah vio diminutas arrugas comenzar a formarse alrededor de sus ojos—. He hecho bien al venir a buscarte, ¿verdad? Ya que eres mi niña especial.
Eriah sonrió un poco, y asintió. Siempre se lo decía.
—Gracias, madre.
Algo en la sonrisa de la Emperatriz cambió entonces, aunque no supo decir qué. Sus ojos centellearon, y sintió su mano acariciar su cabello esta vez, acomodando el mechón libre tras su oreja.
—Esa sonrisa no está bien, cariño. No te llega a los ojos. —Eso fue suficiente para que las comisuras de sus labios volvieran a bajar. Era una pena. Eriah estaba segura de que había cumplido al pie de la letra con las instrucciones que le había dado su madre para sonreír—. Mucho mejor. ¿No te ves más bella así? —Su mano volvió a acariciar el rostro de Eriah—. Si no puedes hacer algo bien, no lo hagas.
Eriah asintió. Era una pena. Le gustaban las sonrisas, y a veces, la acechaba la pequeña idea de que sería maravilloso hacer las cosas que le gustaban. Pero su madre tenía razón. Siempre la tenía.
Se tomaron de las manos y comenzaron a caminar. Pronto logró que sus pasos fueran en sincronía, de modo que el eco en los pasillos se hizo ahora uniforme, como debía ser. Los guardias tenían el yelmo puesto, así que no podía ver si estaba siendo observada. Los ojos de los tapices eran ciegos, así que tampoco la miraban. Era extraño. Como si caminase en el vacío, allí donde no había nadie más que su madre y ella.
La Emperatriz llevaba un llamativo vestido negro con detalles dorados, su faldón tal vez demasiado acampanado, la capa color oro arrastrándose en el suelo mientras avanzaba. El escote y corsé pronunciaban su voluptuosa figura, la cintura diminuta y los pechos grandes, un lunar asomando en uno de ellos. En contraposición, Eriah vestía completamente de blanco. Un listón en el cabello, un diseño simple en su vestido, que pese a contar con un corsé, no tenía mucho busto que presumir, ni escote alguno. La tela recorría desde el cuello hasta los tobillos. Lo único medianamente soberbio en su vestir era la capa dorada, característica de su linaje. Pero junto a Tiberia, la mayor de las hijas de Yggahal Balgur se veía como una pequeña niña de paseo.
Como debía ser.
Absorta en sus pensamientos, ida, se dejó guiar sin prestar mucha atención, pues no le era necesario. Supo, cuando las puertas del comedor se abrieron, que había llegado y que el heraldo estaba anunciando su llegada, mas tardó bastante en reaccionar realmente. Las voces llegaban a su cabeza como un murmullo.
—Nuestra Gran Emperatriz, Tiberia Ragg Balgur —vociferó el heraldo, abriendo los brazos ceremoniosamente, y todos los presentes se pusieron de pie. Veintiocho jóvenes con capa dorada, siguiendo el protocolo ante la aparición de la Primera Emperatriz. Los príncipes. Los hermanos de Eriah. Ella los observó uno a uno, hasta finalmente llegar a fijarse en el otro extremo de la mesa, donde estaba el rey, sentado. A su lado, donde solía sentarse Gunahal en su condición de primogénito y oráculo de Heras, se hallaba un hombre de cabello blanco, armadura dorada y capa negra.
Eriah parpadeó lentamente, desconcertada. Ese hombre habría de ser un soldado, pero estaba sentado en el sitio de su hermano, el más importante de ellos. Lo que es más, estaba sentado cuando entró la Primera Emperatriz, cuando el único que podía hacerlo era el rey. «Todo ha de tener una razón de ser.» La labor de Eriah no era entender esas razones. Si su señor padre aún no había ordenado que le cortaran la cabeza, entonces no había nada que cuestionar.
—Nuestra Primera Princesa Imperial, Eriah Fei Balgur —volvió a sonar la voz del heraldo, ahora anunciando su llegada, por lo que automáticamente bajó la cabeza y, sosteniendo su faldón blanco para evitar que se ensuciara, reverenció a su padre. Al ver a sus hermanos tomar asiento, supo que su señora madre ya había tomado asiento, al otro lado del rey, allí donde no estaba el extraño soldado. Lo tomó como señal de que ya podía sentarse también, y se encaminó sin más al sitio de siempre, el más lejano al emperador, pues no era más que una princesa, al menos de momento.
El silencio se rompió una vez el monarca dio el primer bocado, permitiendo así que todos comenzaran a comer. Sin pronunciar palabra alguna, los manjares de la mesa fueron servidos y todo lo que se escuchó fue el sonido de los cubiertos contra los platos. Eriah miró un momento el trozo de carne roja sobre la porcelana, y luego se fijó en el hombre de cabello blanco, que como ella, aún no probaba su comida. Se preguntó si esperaba para ser el último en comer, pues su estatus era el menor, y asumió que tenía sentido, por lo que una vez todos sus hermanos hubieron empezado a comer, ella se llevó un trozo de carne a la boca a la espera de que el invitado comiera. No lo hizo. De hecho, supo entonces, ni siquiera los estaba mirando. A ninguno de ellos. Ni al plato.
No era asunto de Eriah, así que continuó comiendo. Para cuando su porción estaba a la mitad, escuchó un ruido irregular desde el otro borde de la mesa, encontrando al hombre con los pies apoyados ahí, sobre el plato. Tiberia le miraba horrorizada, y el Emperador se mantenía inmutable, apenas mirándolo. Los príncipes comenzaron a ponerse de pie, y Eriah se preguntó si también debería hacerlo. Su madre solía decirle esas cosas, pero cuando la buscó con la mirada, no encontró respuesta. No le prestaba atención. Se miró las manos, y ante la duda, prefirió quedarse sentada mientras los hombres lidiaban con el problema.
—¡Baja tus sucios pies de la mesa del Emperador! —bramó Uryahal, uno de los menores. Su voz aún no era tan grave, y cuando Eriah se atrevió a mirarlo, notó que se había dejado crecer una vergonzosa pelusa en el rostro—. Tu condición no te da ningún dere…
—De hecho ni siquiera deberías estar ahí —interrumpió Ydrahal, el segundo príncipe—, sino de pie, como todo guardia.
—No soy un guardia —replicó, finalmente, el invitado. Se empezó a hurgar la oreja distraídamente—. Soy un mono de circo. Los monos de circo no cuidamos a nadie, ¿no es así, anciano?
Dirigió una sonrisa torcida en dirección al Emperador. Eriah notó que no lo veía. Que su cabeza giraba hacia él, pero sus ojos no estaban puestos en el Emperador, ni en nada. Era como cuando ella intentaba sonreír. Él, en cambio, parecía intentar ver las cosas pero no lo lograba, mientras que su sonrisa se dibujaba perfectamente a través de sus ojos dorados.
El Emperador sonrió, y sacudió la mano para restar importancia al asunto. Contrario a la intención, los hombros de todos los príncipes se tensaron.
—Exactamente —dijo, y clavó una mirada roja y filosa sobre Ydrahal—. Y no eres tú quien decide quién debería estar en mi mesa. Soy yo.
Eriah sintió un escalofrío. El invitado rió a carcajadas cuando Ydrahal tensó la mandíbula y asintió.
—Rex —llamó entonces el emperador, dirigiéndose al invitado—, en la mesa van los alimentos. Si dejas tus pies allí…
Alyus, hasta entonces oculto en las sombras, dejó caer su mandoble sobre la mesa, allí donde hace unos segundos estaban apoyados los pies de Rex, que se apartó de un salto para acabar en cuclillas sobre la mesa, una sonrisa juguetona y ladina dibujada en el rostro, el desafío brillando en sus ojos de oro.
—… podrían ser rebanados.
—Oh, ¿adiestrando al mono, anciano? —se burló Rex.
—Eso me temo.
Eriah miró a su madre. Notó que su cuello estaba rojo, que contenía la cólera. La ley primordial de todo habitante de Heras para vivir felizmente era obedecer al Emperador, y esa regla era la que la hacía callar allí, la que provocaba el silencio de todos los príncipes, que poco a poco comenzaron a tomar asiento de nuevo. Pero en contraposición, Rex había hecho trizas esa ley primordial y había resultado victorioso de la situación. Eriah comprendió el problema, y observando su plato y luego a sus hermanos, se puso lentamente de pie y alisó su falda, entrelazando las manos por delante y alzando el mentón como su madre siempre le decía que hiciera.
—Altezas —llamó, lenta y cuidadosa. Una vez obtuvo la atención de la mayoría, se fijó en su madre. Supo, la evaluaba—, la comida se enfría. —La voz sonaba monótona y calma, como siempre. Lo pensó un momento antes de agregar—: Ni el filo de Sir Alyus podrá cortar la carne helada si continuáis con vuestra disputa.
«Una mujer ha de calmar la furia de los poderosos y mediar los conflictos. Nunca dar órdenes, pero sí ideas.»
Entonces bajó la cabeza y volvió a sentarse, erguida, esperando. Nadie dijo nada. Poco a poco volvieron a escucharse los cubiertos chocando suavemente contra los platos, y ella se permitió volver a comer, mirando de soslayo a su madre. No lograba descifrar si la había logrado complacer con su discurso o si, por el contrario, la decepcionó enormemente. Rezó silenciosamente a Dandalar para no haber enojado a nadie.
Escuchó, entonces, una risa ronca y fuerte, haciendo eco en la sala. Al subir la mirada, notó que pertenecía a Rex.
«¿Se ríe de mí?» Observó las expresiones de todos los demás. No había nada. Lo ignoraban. No la miraban. Parecía como si no hubiera cometido un error. Pero tras la risa, supo, la expresión de Tiberia se torció. Estaba decepcionada. Un ser sucio y despreciable que su madre no aceptaba se rió y fue feliz a causa de las palabras de Eriah, por alguna razón que ella no alcanzaba a comprender, por lo que cometió un error, y sin duda sería castigada.
«Como debe ser.»
Terminó su plato. Fue la última, si no contaba a Rex, quien ni siquiera probó bocado.
La cena finalizó sin que nadie volviera a abrir la boca para otra cosa que no fuera comer, y al final todos se retiraron de la mesa excepto el Emperador y su invitado. Como siempre, a Eriah le tocó esperar en la puerta hasta que Tiberia saliera, aunque le dio la sensación de que se estaba tardando más de lo usual.
«Si me acercara un poco más a la puerta… podría oír lo que dicen.»
Observó a los guardias de la entrada. Si les decía que guardaran el secreto por el resto de sus vidas, sin duda lo harían. Al fin y al cabo, era una princesa. La primera princesa. Y ellos sólo eran siervos de su padre. Siervos con espadas. Probablemente no eran un problema si quería fisgonear. La escena fluyó en su cabeza varias veces, con varias posibilidades, en la mayoría de ellas saliendo victoriosa. Podía hacerlo. Difícilmente se metería en problemas por impacientarse y oír lo que tanto estaban diciendo del otro lado.
Pero no era algo que un alma pura haría, sin duda. Así que se aguantó.
Inconscientemente llevó su mano a su sien para acomodar el mechón de cabello rebelde que siempre se le escapaba, pero una vez lo hizo se dio cuenta de que esta vez estaba en su lugar. Raro.
Y cuando finalmente se abrió la puerta, se aseguró de erguirse y alzar el mentón como siempre le decía su madre que hiciera. Tiberia ya estaba fuera, y aunque sonreía cortésmente a los guardias, Eriah podía decir que estaba de mal humor. Sus pasos no tenían el mismo compás que cuando estaba feliz. A diferencia del resto de los días, no se paró a acomodarle el cabello sino que pasó de largo esperando ser perseguida. Y, como es natural, ella iba a cumplir con esa expectativa: una princesa no tenía mucho que hacer mientras esperaba para sus lecciones de costura, y si Eriah pudiera elegir, pasaría todo el día con su madre, o en el templo. O en el templo con su madre.
«Quiero dormir.»
Para cuando llegaron a la fuente del jardín, esperó a que Tiberia se sentara para hacer lo mismo a su lado, y sólo entonces corroboró que su escolta ya no era Alyus. No le sorprendía.
—Pronto deberás usar vestidos negros —dijo su madre, rompiendo el silencio con una sonrisita suave.
Ahí venía de nuevo.
—Así es.
—Probablemente te sienten mejor que el blanco.
—¿Cómo a ti, madre?
—No tanto. —Ahora la sonrisa de Tiberia sí parecía auténtica, y eso llenó de calidez el pecho de Eriah—. Pero al menos dejarás de verte como una niña.
—¿No es el blanco un color puro?
—Cuando dejes de ser una niña, ya no serás pura.
Eriah parpadeó, sin entender. Miró sus manos. Siempre consideró que dejó de ser una niña desde que tuvo su primer sangrado, aunque su madre insistía en que no podía considerársela adulta hasta que perdiera su condición de doncella. Y si su madre así lo decía, entonces no era nadie para cuestionarla.
—¿El Emperador ha encontrado alguien con quien comprometerme? —aventuró, ladeando la cabeza. Se dijo que era el tipo de situación donde debía sonreír, pero afortunadamente recordó a tiempo que no sabía hacerlo bien y se contuvo.
—Así es.
«Lo imaginaba.»
Su padre no solía citar a su madre para charlas casuales después de la cena. Una razón debía haber, y dadas las palabras que escogió Tiberia para empezar la conversación, las cosas estaban claras.
De todos modos ya estaba mentalizada. Ahora sólo le quedaba la curiosidad, pero se abstuvo de preguntar quién sería su esposo: la curiosidad era un defecto que un ser puro no podía manifestar.
No fue necesario.
La Emperatriz respondió a su pregunta antes de que siquiera considerara pronunciarla:
—Será el Emperador. Felicidades, mi niña.





