No. 101: The Alchemist [Part 1]
Finales de octubre de 2015...
Mientras Hunter había salido a correr cerca del monte Creighton, un helicóptero se posó sobre la hierba mediando la vista entre el lago Wakatipu y la respectiva casa en la que, el fallecido Arquero Esmeralda, había comenzado su nueva vida en Queenstown. El solemne sosiego que solía yacer allí fue perturbado. Los alerones seccionaron el aire en un grave estrépito agitado, y al cabo de tan solo unos minutos un hombre con un sombrero se bajó de él, y tras él un hombre de color.
El hombre del sombrero se paró e inspiró profundamente la inocencia del lugar.
— Oh, Dembe, ¡este sitio es magnífico! Recuérdame ir a dar un paseo por el lago antes de que nos vayamos.
Hubo un resto de hombres armados que rodearon la vivienda sigilosamente, la hierba humedecida y en descongelación sirvió de colchón a sus pisadas.
El hombre del sombrero, únicamente se dedicó a tocar el timbre y a aguardar a que la mujer del interior de la vivienda le abriera la puerta.
Erianthe Hardom abrió la puerta y se encontró con un hombre mayor de unos 55 años, piel pálida y ojos verdes oliva. Apenas le quedaba pelo, tenía cierta calvicie y una gran entrada sobre la frente, que estaba resguardada bajo el ala del sombrero que portaba. Vestía con un traje azul marino del mismo color que el sombrero. Bajo su chaqueta una camisa azul algo más clara.
— Buenas tardes, deberías tomar asiento. — Interrumpió sus posibles palabras.
La mujer frunció el ceño, hasta que se dio cuenta, que bajo el bolsillo de la elegante americana, estaba siendo apuntada y amenazada con un arma de fuego.
Pasó media hora hasta que Hunter retornó a su morada. Llegó corriendo, envuelto en sudor. Correr era el tratamiento que estaba probando para quedar limpio de la sed que le envolvía la garganta, pese a que sabía, tristemente, que no era esa solución.
Inmediatamente sus cejas adoptaron una configuración de perplejidad al presenciar a unos hombres armados con cautela en la puerta, y no dudó en detener su ritmo para acecharlos.
Para cuando uno de los hombres quiso comprobar el ruido de unas pisadas que había escuchado, le dejó inconsciente y agarró el arma con la que apuntó a otro.
— ¡¿Dónde está Erianthe?!
No pudo hacer nada, fue rodeado por el resto de hombres, y el hombre de color, una vez acorralado, se asomó por la puerta y añadió:
— Entre, señor Brigance.
Pero éste, reacio, preguntó exigente y con cara de pocos amigos:
— ¿Dónde está?
— Le aconsejo que entre si quiere verla.
En vista de la situación, Hunter bajó el cañón del arma. Y los hombres que le apuntaron, le exoneraron de ella. Ahora que estaba limpio de algún tipo de armamento, Dembe abrió la puerta y le permitió el paso. Entonces fue cuando una voz brotó del interior, frente a él, donde se situaba el salón.
— Oh, oh, oh, por favor, ¡acompáñanos! ¡Entra! ¿No te provoca nada haberla tenido preocupada así?
Los pasos del pensilvano se introdujeron en el salón y conforme lo hacían remarcaban más el suelo. Impertinentemente señaló con un dedo al hombre de los 55 años, que ya no apuntaba a Erianthe, pero sí que tenía hombres armados con los que amenazarles.
— Raymond Reddington... — Apretó los dientes — ¿Qué diablos haces aquí?
Se tensó su mandíbula y sus pasos se precipitaron como si fuera a echársele encima, pero entonces uno de los hombres le detuvo señalándole con un arma. Él no haría nada teniéndola a ella allí.
— Este vodka es perfecto. Espero que bebamos algo más en Rusia.
Había abierto una de esas botellas especiales con las que Diggle y Hunter solían celebrar un duro día, cuando solían ser camaradas y amigos, y trabajar por el bien de Starling City. Ahora el mismo nombre de la ciudad había quedado anticuado y había sido renovado. Todo y todos comenzaban una nueva era.
— ¿Rusia?
Frunció el ceño. La última vez que había estado en Rusia era hace unos pocos años, en su viaje junto a Isabel Rochev. Pero aún antes, ellos dos ya habían compartido un tiempo en Rusia...
“Le daré un consejo, señor Cazador, ¿puedo llamarle Cazador? Me hace gracia que sea usted la presa. ¿Qué es lo que caza, problemas? Verá, no hay absolutamente nada que usted pueda hacer para eliminar su dolor, pero con el tiempo encontrará una manera para vivir con ello. Tendrá pesadillas todos los días al despertar. Será en lo primero que piense. Hasta que un día, será lo segundo. Hágase un favor y salga de aquí. Dígale a Anatoly que no he tenido nada que ver con el asunto de Zetrov. Y recuerde, puede que algún día nos volvamos a ver, con suerte cuando aprecie algo más su vida, y entonces le recordaré que fui yo quien le permitió vivir.”
— Sí. Vas a venir conmigo a Rusia.
— No voy a ir contigo a ninguna parte.
Erianthe no debía de entender nada de lo que hablaban pero no dejaba de mirarles e intentar comprenderlos, sobretodo a Hunter.
— Claro que sí lo harás, porque me lo debes, pero si eso no fuera suficiente, de no hacerlo me encargaré de destruir esta bonita vida que has creado aquí al margen del mundo como un fugitivo para ti y para tu novia. Seguro que a tu hermana le interesa saber que estás vivo. Pero a la prensa también. ¿Qué tal el titular “detenido el supuesto fallecido Hunter Brigance”? Esto lo vamos a hacer así: Vas a ir a ver a tu amiguito Anatoly, después vas a averiguar dónde se encuentran los hermanos Shishkin y me los vas a traer. Si damos con los hermanos, daremos con Xiaping Li. ¿Tienes idea de quién es Xiaping Li? Por favor, claro que no, estabas muy ocupado por esa época. Xiaping Li es una científica japonesa, una de las que se salvó en Hong Kong hacia el año 2008 de alguien que seguro que sí que te suena: Chien Na Wei. ¿Se te va ocurriendo qué es lo que pretende?
— El Alpha-Omega.
Las peores sospechas confirmadas en un tono mudo y de asentimiento de Reddington. El Alpha-Omega era un arma biológica creada por BTHK Biotech, la empresa biotecnológica que probablemente retuvo a Xiaping Li durante las pruebas a nivel humano durante el 2008 en Hong Kong. Se trataba de un virus que gozaba de la capacidad de transmitirse rápidamente a través del aire. Hunter, por entonces desaparecido, había sido reclutado por Amanda Waller, con el fin de adquirir el virus y desproveer a “China White”, como él la llamaba, de tal arma de alcance global.
— Ni tú ni yo queremos que este precioso mundo acabe, sobretodo cuando acabas de volver de entre los muertos. ¿Cómo es todo por allí abajo?
Raymond se terminó el vaso de vodka y lo dejó sobre la superficie, aún nueva, de la pequeña mesa baja del salón.
— Quiero máxima seguridad rodeando esta casa hasta que yo vuelva. No estaré fuera más de tres días y no cogeré un vuelo a ningún otro sitio que no sea Moscú, que es donde encontraremos a Anatoly.
El aludido hizo como de estar replanteándoselo, pero en realidad lo tenía muy claro.
— Trato hecho. Dembe se quedará aquí para vigilar a Eri, ¿puedo llamarte Eri? — Dirigió la mirada hacia la joven que enarcó las cejas.
— Nos vamos. Ya.
— Lo entiendo, lo entiendo. Sólo puedes llamarla tú así. Por cierto, ¿no te habrás puesto celoso?
Mientras el gánster se retiraba por la puerta principal, el americano se despidió de Erianthe, prometiéndole que no tardaría más de tres días en regresar. Sabía que eso no despreocuparía a la mujer pero era lo mejor que podía ofrecerle en ese momento.















