Interview with Inline Skating Photographer Erick Garcia of Alameda, California
Interview with Inline Skating Photographer Erick Garcia of Alameda, California
Erick Garcia is a 39-year-old inline skater and photographer living in Alameda, California, USA. Erick has been inline skating for 27 years and is a legend in the bay area blading scene. Blading He started shooting aggressive inline skaters in 2014, adding Big Wheel Blading photography to his repertoire in 2017.
Cameron Talbott Inline Street Skating in San Francisco, California
Rollerblade team rider Cameron Talbott drops another masterpiece stacked with clips from the streets of San Francisco, California. The edit features nothing but technical skating and creative use of location with an occasional hammer in the cut. Raw and smooth at the same time. Cameron talks you through the process of making “2020 SF”.
Living and skating in San Francisco for me couldn’t get…
“La guerra sólo se acaba con la vida, quizá sea mejor ir por una tregua”, dijo mientras se columpiaba al filo de la azotea. A su manera estaba feliz con esa resolución, aunque eso implicaba soportarse: cosa nada fácil, pues estar consigo mismo era un suicidio constante, que consistía en periodos de hasta doce horas sin hablar con alguien, y en ocasiones sólo decía “buenas noches” a algún matadito que se quedaba en la oficina hasta tarde.
Por las mañanas, no podía ocultar su emoción cuando algún oficinista le daba como limosna un comentario sobre el partido de la noche previa; por eso no se perdía ni un juego. Qué absurdo le parecía su trabajo. La seguridad de su inutilidad le era pavorosa. ¿Quién necesita a alguien en la entrada de un edificio? Además, muchos ni volteaban a verlo, a pesar de que siempre buscó el tono más amable para decir “buenos días”. Cuando le respondían el saludo, recogía con sus ojos las palabras como los perros recogen un hueso; pero al igual que éstos, engullía todo de una dentellada, y esperaba a que pronto llegara alguien igual de bondadoso.
Luchó contra los pensamientos que lo mordían. Ni la tele, ni el radio, ni el periódico, ni el caudal de mujeres hermosas desfilando por la acera en horas pico tenían tantos tentáculos como su pasado; en lapsos éstos lo horadaban. Unos minutos de tranquilidad seguían a horas de sufrimiento. Y es que nunca se resignó a la soledad a pesar de estar acostumbrado a ella. Solía hablarles a las plantas, los muebles, el edificio y hasta a los anuncios espectaculares, que afortunadamente nunca le contestaron.
Unas veces, perseguía a su sombra a una triste cantina, donde el inútil vaivén de las meseras se confundía con el de las reses colgadas en la carnicería, luego él entraba a ese rancio vals de cadáveres hasta que el anís las volvía mujeres otra vez. Ya para entonces su voz era un flujo, y a cada palabra le nacían alas, pero se achicharraban, y caían en el inmundo suelo de la cantina a causa de los sordos y ardientes oídos de la mesera, que aprendió desde joven a reír y embriagarse para dejar de aspirar el aullido etílico de sus clientes; cuando el alcohol no empañaba la verdad, lamía de sus labios la esperanza que escurría de sus ojos.
El anís también lo elevaba hasta el último piso del edificio para empezar otra vez el ritual: igual que las gárgolas, pendía de la orilla acariciando el precipicio aunque sin saltar. Nunca pudo: ni cuando descubrió marcas en las nalgas de su esposa, que también fue el primer día de su carrera de portero. No le bastó conseguir un trabajo para detener las andanzas de Pamela. Al contrario, después de quitarle el primer pago, ella lo echó de su departamento. No tuvo más opción que mudarse al cuarto del conserje, que servía como corona del viejo edificio que cuidaba.
Las edificaciones, al principio, se construyeron para proteger a los hombres, ahora ellos son quienes necesitan protegerlas. Al razonar lo anterior se convencía más de lo estúpido de su empleo; Pamela también lo sabía. Además, cómo un hombre tan diminuto podría cuidar a una mole de 14 pisos. Prefería estar la mayor parte del tiempo en la azotea, pues era la única forma de superioridad que conocía: desde ahí, todos allá abajo eran diminutos. Al final, su obligación de cancerbero tísico lo hacía bajar nuevamente a la entrada del edificio, y vigilar que la gente entrara y saliera correctamente por la puerta.
Una vez abajo, su mirada melancólica trepanaba el vidrio, parecía un niño que veía a su padre alejarse para no volver. Salía a la acera para borrar su tristeza, pero desde ahí veía hacia adentro con el mismo quebranto con el que antes miró hacia afuera. Le daba igual estar de un lado que del otro, porque siempre supo que el lugar donde se encuentre no basta para cambiar su existencia.
Al asomarse de la azotea imaginaba que si su cuerpo quedara contra el pavimento alguien notaría su existencia. Su pesadilla más recurrente consistía en que con el paso de los días nadie recogía su cadáver. Solamente lo orillaban al igual que a un perro muerto; los peatones y los automovilistas con indiferencia lo veían de soslayo para después continuar su camino. Él seguía consciente, sin embargo no podía moverse ni hablar: eso nadie lo notaba; todo lo anterior contribuía a que no se tirara de la azotea.
Una mañana al salir de su cuarto de azotea, vio a Pamela en ropa interior frente a él. No podía estar más hermosa (ni siquiera el día que la conoció, cuando el vestido de enfermera lo cautivó al instante. Él se enamoró tanto que pidió un baile privado y ni siquiera le había visto la cara. Esa misma noche, empeñó su cadena en el infame table con tal de estar unas horas, en el hotel de enfrente, junto a la enfermera). Y allí estaba ella otra vez frente a él. Con una piel de lona que se extendía por varios metros en el anuncio espectacular que posaba justo enfrente de la ventana de su cuartucho.
¿Cómo fue que de todos los miles de espectaculares que crecían todos los días en lugar de árboles, fueron a poner el de Pamela enfrente de él? Del interminable desfile de anuncios gigantes, un mercadólogo infame y un destino socarrón se confabularon para que su exesposa posara en ropa interior frente a él. En realidad lo que más coraje le daba era enterarse que saltara del table al estudio fotográfico.
Cómo iba a soportar todos los días ese suplicio. Se lo preguntó, mas era un melancólico por naturaleza; los de esa clase siempre se descubren por su ojos lastimeros y ensimismados. Ven un mundo distinto, las diversas tonalidades se marchitan al cruzar sus pupilas, las risas de los niños se vuelven alaridos y las caricias lijan sus pieles translúcidas. Así llegó a la conclusión de que Pamela no lo trastornaría, sino todo lo contrario. Al fin y al cabo el verla diario le daría la sensación de no haberla perdido del todo.
Entonces, en un abrir y cerrar de ojos su anterior desprecio hacia ella se tornó en devoción. Antes del amanecer se le podía ver pegado a su ventana. El miedo se evaporó, y después se acostumbró a recibir al día mirando a la vinílica Pamela. Por las noches iba por las cervezas más caras del expendio, y se emborrachaba, como cuando lo hacía con ella, con las mismas canciones y el mismo sinsentido.
Movió su cama de lugar, y le dio más altura con la ayuda de unos tabiques en cada pata, todo para mirar directamente a Pamela sin tener que moverse de su lecho. Al fin tuvo la luna de miel que siempre quiso: no aspiraba a más que dormir con ella una noche completa, sin que ella tuviera que levantarse en las madrugadas luego de una llamada. Gracias a la comunión de su mano con sus recuerdos logró transfigurar su cuerpo por el de ella y así traerla otra vez a su lado; se tocó su velludo pecho con la misma lascivia contenida que él disfrazada de ternura, y que ella le reprochaba.
Como la estaba pasando tan bien con ella, prefirió quedarse ahí tumbado todo el día, por lo que descuidó su trabajo. Nadie lo miraba cuando estaba ahí, no obstante, su ausencia era más notoria que su presencia, así que comenzaron a quejarse, pues les era molesto que no hubiera nadie a quien ignorar, nadie que les recuerde que ellos son menos miserables.
Luego de un par de días de quejas, subió el jefe de los veladores. Iba dando golpecitos eventualmente con su tolete en los peldaños que subía. De esta manera, advertía cual cascabel su inminente mordida. Por otra parte, en su cuarto, nuestro héroe seguía en su ardua y titánica labor. Moldeaba con su mano los recuerdos, dándole vida otra vez al cuerpo de Pamela, que cambiaba constantemente de materia: de carne a plástico y finalmente a humo.
El tolete asomó su nariz por la puerta; rompió sin esfuerzo la madera podrida. Luego la puerta dio un último estertor al ser partida de una patada. Para entonces, estaba de pie a un costado de la cama, en la espera de que cruzara el umbral aquel negro tolete que lo separó nuevamente de Pamela. Como la vez que unos judiciales entraron en la madrugada para llevársela a rastras sin que él pudiera evitarlo. Dicen que bajo situaciones extremas la gente realiza acciones extremas; es mentira. No existen brazos tan fuertes para pelear contra cinco cerdos con sus respectivas .45. Y los brazos de él ni siquiera eran fuertes.
Esta vez no bastaron cinco judiciales, sólo un gordo simiesco pudo llevarlo a rastras, nuestro héroe con su pantalón a los tobillos no logró defenderse. No le fue posible sacar sus pertenencias. Ahora estaba en la calle otra vez, como cuando Pamela lo dejó. Pensó una vez más en suicidarse, pero recordó que ya estaba muerto. Si esta clase de infierno es terrible, no quiso arriesgarse a otro peor. Un “más vale malo por conocido...” hacía eco en su cabeza mientras caminaba hacia un letrero que decía “Se solicita velador”.
Todas las tardes la miraba hacer ejercicio en la arboleda. Sus piernas largas parecían moverse sin esfuerzo, libres de prejuicios. La banca, de donde ella bajaba y subía, debió sonreír al verla desde ese ángulo, desde donde todo se ve bien. Yo también sonreía, pero nada más al recordarla. Me comportaba solemne cuando pasaba frente a ella, como si estuviera viendo un desfile de héroes de guerra.
¡Sentía tanto respeto por su culo! Nunca me atreví a mirarlo con descaro. Miraba su rabo, sólo con el rabillo de mis ojos. Debí verme muy ridículo. Desorbitaba mis pupilas (contorsionadas por el imán de sus nalgas). Imaginaba el aroma de aquella posible fábrica de hemorroides: antojadizo, más que la moronga.
Ya a lo lejos, me detenía a contemplarla. Siempre preferí disfrutar del espectáculo a la distancia para no incomodarla. Si ella pensara que soy un morboso, jamás me lo perdonaría. Luego me largaba esperando no volver a pasar desapercibido al otro día. Anhelaba verla con ropa todavía más entallada, tanto, que se plegara como si fuera su segunda piel, tan tensa que la tornara con una nueva forma. Después de fundirse la tela con su piel se convertiría en algo mágico: quizá, en una sirena con vagina.
Durante meses así fue nuestra relación: para ella yo no existía —hasta lo creí—, sólo afirmé mi existencia al sentir mis erecciones involuntarias. No podía controlarme sabiendo que, mientras yo caminaba, a unos metros ella subía y bajaba esa banca. Incesantemente. Parecía que se apareaba con el amasijo de piedra; el respaldo lo sujetaba con sus manos sudorosas y se empujaba cada vez con más fuerza hacia el pecho de la afortunada y sensible banca. Eso bastaba para que mi sangre se abultara entre mis piernas, los latidos retumbaban en mi pantalón, insistentes, como un gato tuerto que intenta salir de una mochila. Espero que ella nunca lo haya notado, porque sabría que soy un morboso.
En una de tantas noches —muy comunes para mí—, husmeaba a las parejas que se acarician en la oscuridad. Yo ya estaba cerca de la banca (también morbosa) que la miraba a ella hacer sentadillas y demás ejercicios vespertinos. Entonces –sólo por no dejar— fui allí a buscarla. Absurdamente la hallé en la penumbra y me miró por primera vez. Su lengua empujaba estertores por el umbral de sus labios –se deslizaban igual que gotas sus gemidos–. Ella se mecía con fuerza. Estaba colgaba de aquel afortunado, como el escapulario de un peregrino. Me sentí tan engañado. Por fin supe lo que sienten los héroes de guerra en los desfiles.
¡Se deformaba su rostro por el placer! ¡Se aventaba contra el pecho de eso que, con la poca luz de la luna, se miraba amorfo y gris, como una especie de pedrusco o un montículo en movimiento! —tal vez una banca—. Me paralicé unos segundos por el hechizo de sus gemidos. Después reaccioné, aunque seguía encantado.
No pude dejar de mirarla mientras huía de sus gemidos, se desataban conforme me alejaba, querían que regresara, tampoco me atreví a taparme los oídos. Así es el verdadero canto de las sirenas: un canto a la lujuria, un ulular venéreo y una lúbrica invocación. La piel se me erizaba. Logré huir porque fui acariciándome con mi única mano a través de la delgada tela de mi bolsillo. De otra manera me hubiera refugiado detrás un árbol para seguir disfrutando el concierto, hasta volverme loco.
He escuchado en esa arboleda a varias mujeres gemir, unas como gatas; con alaridos, otras como beatas; con murmullos, gemidos roncos, entrecortados, de todo tipo, pero nada digno de contarse. Conozco el sonido de las caricias, cuando se enredan en la piel, cuando aciertan, el suave embate de dos cuerpos pendulistas, el clamor hueco de dos pelvis machacándose, el chirriar de las bocas. Nada similar se oyó esa noche.
Regresé al amanecer con un mazo para destruir a esa maldita banca, por si las dudas. Vigilo todas las tardes el lugar donde estuvo la engañosa piedra. Pero ella nunca más se me ha vuelto a aparecer, la del canto de sirena.
La penumbra siempre protectora se vuelve meretriz dentro del Carajo. Hacía dos años que no visitaba ese bar a causa de sus botellas adulteradas, de sus baños inundados de orines, y principalmente porque las pocas mujeres que lo frecuentaban ya me las había tirado.
Había pocas mujeres, pero esas pocas eran para todos, nunca hubo peleas por ellas, todos lo sabíamos y aceptábamos estoicos las veleidades de sus antojos. Aunque esa noche todo cambió.
Después de muchas cervezas fui al baño otra vez. Al salir fui subiendo el cierre de mi pantalón mientras caminaba hacia la barra. Escuché a la rocola cantar una canción suave (me recordó que es remunerable escuchar blues cuando te coges a alguien). Donde nacía la música estaba ella, inclinada para mirar los títulos de las canciones que se había tragado aquella máquina.
No hacía falta verla de frente después de verla de espaldas. Se asomaba una mariposa de tinta entre su blusa y sus mallas negras. Su cabello perecía un velo negro perfectamente cortado que acariciaba sus hombros descubiertos. Su cintura era el puente perfecto entre su culo-cielo y su espalda-purgatorio. Todos en el bar miraban sus nalgas, no los culpo. No se podían ignorar. Sabía que si no me dirigía a ella en ese momento poco tardaría en verla asediada.
Pene en ristre camine hacia ella, por supuesto sin dejar de ver su redondo culo tallado en alto relieve, moldeado por la lujuria. El abrazo traidor de su pantaleta no lo podían disimular sus mallas. Era exquisita, si fuera comida sería un banquete. Un instinto canino me dominó, el mismo que obliga a montar a las perras que se desean sin antes invitarles una cerveza, sentí envidia de los perros, quise ser uno de ellos.
Debí estar ya bastante ebrio porque me acerqué a ella con soltura y seguridad, primero busqué con mi boca su oído para vencer los decibeles que vomitaba la rocola. No recuerdo mucho de lo que conversamos, aunque dudo que habláramos de algo, supongo que habló el cuerpo, los ojos y nada más. Aparecen momentos en mis recuerdos como fotografías borrosas donde la estoy abrazando, en una foto aparecemos bailando y en otras está recargada contra la rocola, yo la beso con voracidad y le doy estocadas con mi pelvis mientras la sujeto de las nalgas.
También recuerdo a mis amigos, me pedían con necedad y euforia que le propusiera un colectivo, o sea una orgía, o sea todos contra uno. Inclusive me pidieron que por lo menos los dejara ver el acto. Me reía mucho pero naturalmente los mandé al diablo luego de muchas dudas y titubeos. Preferí invitar a un buen blues a ser testigo del apareamiento.
Ese blues debería narrar la parte del “apareamiento” ya que yo no recuerdo casi nada, sólo quedan sus gemidos estridentes, agudos, animalescos, aún los puedo recrear en mi memoria. También recuerdo que todo fue cansado, la movía con dificultad, los cuerpos oponían resistencia, se repelían, con vehemencia los forzamos a copular, todo pareció un mal sueño que no llegó a pesadilla.
En la mañana me desperté como con espinas de maguey en los sesos, al moverme se enterraban más y más, la luz atacaba mis ojos que ardían. Le di un trago a una cerveza caliente para inútilmente contrarrestar las cruda, tuve nauseas. Gire mi cabeza y vi lo que quedaba de ella. Estaba ya sólo su cabello mal recortado, seboso. Su culo se desparramaba por mi cama poseído por la celulitis, sus piernas parecían trompos de carne al pastor, con los surcos, las vetas y todo lo demás. Las náuseas de mi estómago se sumaron a las náuseas de mis ojos y vomité la más grande vasca que he visto (y vaya que he visto muchas), el olor más que el sonido que produje al vomitar despertó a aquel ente transformado por la sobriedad. Alcé la cabeza cuando sentí su mirada…
He pensado mucho en aquella mujer y creo que cualquiera en mi situación hubiera hecho lo mismo: La tomé del brazo y la saqué de mi casa, ella aún no entendía lo que pasaba, se frotaba con sus pezuñas los ojos (lo cual me intrigó) para comprobar si estaba dormida, pronunciaba sonidos incomprensibles, le aventé su ropa por la ventana junto con un billete para su taxi.
¡Quién se había creído para engañarme de esa forma!
La injusticia debe indignar a cualquier ser humano. Quien tiene brazos y los cruza sin reaccionar es un tirano igual o peor que el que comete la injusticia. ¿No lo creen? Yo crecí con las historias que me contaba mi abuelo sobre la Revolución, y de cómo la tierra regresó a quien la merecía. El viejo siempre me decía cuando lo visitábamos en su hacienda: “Mi padre peleó por el país, las tierras son lo de menos si no hay justicia. Sin eso ni las tierras ni el dinero sirven”.
Así que hoy, cuando vi a ese albañil escupirle en la cara a un miserable indigente, no me pude contener. No tengo la certeza de por qué lo hizo, pero nadie en el mundo merece ser tratado así, y menos por alguien de la misma clase. Por eso los pobres no se superan. Se la pasan peleándose entre ellos como animales de la peor calaña. Les encanta revolcarse en su mierda. Aunque eso sí, al menos este idiota no lo volverá hacer. Después de que mi personal de seguridad le rompiera las piernas... ¡Quiero ver que vuelva a humillar a alguien!
Ríos de asfalto partían las casas, los ríos eran partidos por camellones, árboles crecidos a capricho, sin cadenas estéticas. Bebedores protegidos por el foco de la tienda. Cuervos y buitres, éstos últimos uniformados, agazapados entre las sombras a la espera de alguien más vulnerable; en borrachos o niñas suelen eyacular su instinto carroñero. Los chacales habitan una oscuridad más densa, profunda, donde las aves de rapiña no se atreven a entrar.
Una cruz de solera y lámina en el final del callejón. La gota de parafina cayó en la mano vieja, las comisuras de sus arrugas fueron los ríos que llevaron el ardor hasta sus entrañas. Vio un hilo de sangre que terminaba en un hoyo rojo, ahora parte de la cabeza de su hijo. Ése también fue el final de Marcos, Fabián y Juan.
Veladoras moribundas alumbran cruces de solera en cada una de las cuadras, como tétricos faroles de la muerte omnipresente, tienen nombres e historias incrustadas entre un fierro oxidado que reta al olvido y siempre pierde, porque con los años y las penas las madres mueren: ya nadie retoca el nombre del finado. Se extingue.
Murmuran advertencias para algunos, para otros sólo silencios, pero normalmente indiferencias.
En la esquina de la capilla unos capullos de cruces florecen apretujados, con sus hojas aún brillosas por la pintura, homenajean el inevitable destino, pero sin dejar de rememorar la masacre de los Galanes, ejecutada por p. 33 órdenes federales.
Aquí solemos comprar nuestra cruz desde crecidos, así podemos escoger a nuestro gusto, además, en mi caso “estoy muy flaco para estar vivo, pero muy gordo para estar muerto” y me confundo pensando si esto es en realidad vivir, porque la verdad no es agradable, muchas cruces, mucho gris, el mundo no es un buen lugar para vivir. Sobre todo los últimos días, todavía dicen “¡la cosa se pondrá peor!”.
Los viejos también dicen: “ya vendrán tiempos mejores” aunque ya ostentan la cruz casi en el pecho. Viven de la ilusión hasta el último día. Y siguen bebiendo esperanzas en forma de tiempo.
Leyendo a Elizondo en el Metro Tan cerca y tan lejos
Escalot
"Pero tú tienes que hacer un esfuerzo y recordar ese momento en el que cabe, por así decirlo, el significado de toda tu vida" Aquella oración fue un haz de luz penetrando la cerradura de la puerta tras la que se esconde. Recordó a sus amigos espiando por el orificio del baño de niñas. Su madre arreglándose al anochecer. Salió furtiva de la casa, vio a su padre preguntando en la mañana donde había ido. Después, su padre en aquel féretro brillante. Miró sus lágrimas caer en ese vidrio que los separaba, quizá se colaron al interior, quizá acariciaron la muerte.
La luz se apaga, la oscuridad absorbe los recuerdos por la misma cerradura donde entraron.
Letras con forma y orden, un par de hojas más; letras flotando en su pecera de papel, letras chocando contra el margen, formando distintas palabras, palabras que forman inexistentes oraciones, oraciones inexistentes formando recuerdos, recuerdos que causan divagaciones… ¿Qué haces aquí Ernesto? Si sólo vienes a ver a Pamela, que te regale una foto y quédate en tu casa. El pizarrón está acá. ¡Mírame cuando hable! Dime la capital de Alemania. No. No sabes. Salte, lárgate de aquí. No te quiero ver en mi salón.
"O tal vez eres un hombre sin significado, un hombre inventado, un hombre que sólo existe como la figuración de otro hombre que no conocemos, el reflejo de un rostro en el espejo, un rostro que en el espejo ha de encontrarse con otro rostro. Eso es todo." Resanar el alma. No, una foto no basta, no da el aroma, ni el bermejo de sus labios, he mirado fotos tan muertas, amarillas por la melancolía. ¿Qué va a saber usted? ¡tiene capitales por sentimientos!
"Quién es ese que en las noche nos invoca para su imaginación como la concreción de nuestro propio deseo insatisfecho?" Es Pamela. No puede ser. Alcánzala, sí es. Apúrate. Hola, ¿me recuerdas?
-No.
La noche, consuelo solitario para ver como se fue alejando, recordar su piel tensa pegada a los senos, la agitación sensual de ese amplio culo en cada paso, su golpeteo lo vibraba brevemente. Con lujuria decían No probarás su cálida humedad sobre tu piel... Cerradura sólo lúbrica para llaves de oro.
La sábana lo acaricia, se restriega contra el colchón como los perros, Pamela. El relieve de la pantaleta en su falda. La caricia del solitario. El inútil intento del brasier por disimular sus pezones erectos. La mano ceñida. El movimiento de sus nalgas. El movimiento esculpido, escupido.
"nos besábamos virtualmente sobre la superficie de azogue..."
"No recuerdo nada. Es preciso que me lo exijas. Me es imposible recordar" ¡Chingaos! olvidé pagar la luz, ojalá no me la corten, pinches rateros, se va a cada rato pero tantito no pagas y te la dejan ir. "Sólo se ha grabado en mi mente una imagen, pero una imagen que no es un recuerdo" ¡Productos de alta calidá saca a la venta cacahuate japonessss. Hijos de puta. Dos por cinco, dos bolsitas de cacahuates cinco pesos! ¡Bonito regalo pa’ la niña pal niño. No me chinguen. Calcomanías de las princesasss... o de los los luchadoresss.
"Soy capaz de imaginarme a mí misma convertida en algo que no soy, pero no en algo que he sido; soy tal vez, el recuerdo remotísimo de mi misma en la memoria de otra que yo he imaginado ser" Por fin, ya lo tengo. Necesito firmar el acta y estará más que atado. Señora Pamela Jiménez, firme el acta si es tan amable. Los declaro: legalmente casados. Pinche Neto, está bien pendejo, cómo se fue a casar con la Pamela. Felicidades primo.
"Con el deseo de ser otra, hacia el fondo del pasillo donde inquieres siempre una misma pregunta haciendo caso omiso de ti misma; un cuerpo abandonado ante el espejo, de frente a un cuadro incomprensible, de espaldas siempre a quien te mira en esa fuga de ti misma que no admite mostrar tu rostro." Los gusanos imágenes se comen los sesos, crecen hasta abarcarlo todo, se ven al cerrar los ojos, al abrirlos, al dormir, seguramente también al morir. Cierra los ojos, la luz se pierde unos segundos en el túnel. ¿Ya se enteraron de la Pamela? ¿Que anda chambeando “panque”? hay que ir a formarle las manitas al bebé ¿no? Mejor, porque tu cara está muy culera cabrón. ¿Ahora, quién es el padre? No chingues, quién va a saber... ni ella sabe.
"¿porqué te has detenido?" Pinche vieja "porque" ya sabía, "se ha" todo "congelado" por "este" pendejo "momento".
"Hay" tarde "miradas" se "que" me "pesan" ha "sobre" hecho, "la" "conciencia" chinga. "Q" m "u" e "e" ll "e" e "s" v "t" a "e" l "m" a "o" c "s" h "m" i "u" n "e" g "r" a "t" d "o" a "s".
"Hay miradas que pesan sobre la conciencia. Es curioso sentir el peso que puede tener una mirada” ¡Mírame cuando te hable! ¿verdad qué vas a cambiar tu vida cuando nos casemos? Ya te dije mil veces que sí, Neto, quiero empezar de nuevo. Verás que saldremos adelante, ya compré mi carro de tamales, ora por la derecha. Ya vas.
"Hay miradas que pesan sobre la conciencia"
"Una imagen borrosa, la nitidez de cuya verdadera significación, comprendida en la soledad y en el silencio, es capaz de hacerte gritar en mitad de la noche." ¡Qué vieja tan buena! ¡No mames! Yo sufriendo por esta pendeja, y ve nomás de lo que te pierdes, pinche Neto. Si esa vieja me pelara, no no no no, otro pedo. Que rico culo, paradito paradito. ¡Cómo se traga el mayón! culo de manzana, de corazón, firme, chingaos. Qué más se puede pedir. Se la meto con todo y huevos. Ganas no me faltan de seguirla para ver dónde se baja.
Líneas disminuidas disimulan su falta de inicio y su final entreverado, nudos de realidades intermitentes forman una sola plasta amorfa de sentido, maraña de todo sobre nada, superposición de realidad y fantasía, muerte y vida, amor y odio. Se mimetizan hasta fundirse, creando un bosquejo de silueta sentada viendo a otra silueta sentada que también mira hacía dentro una vez más.
Los rostros de piedra ceñidos a su cadáver se mecen al ritmo del tren. Unos ojos te encuentran. No. No son los de Pamela. El hombre de enfrente se toca mientras ve a la adolecente del escote. Mira otra vez hacía adentro.
Recordó que no podía perder más tiempo, no podía seguir a nadie, ni a él mismo, si hasta su sombra lo había abandonado cuando abandonó su dignidad, cuando aceptó aquel empleo, cuando aceptó que nada tiene sentido.
Pamela, Pamela, Pamela
Pamela, Pamela, Pamela
Pamela, Pamela, Pamela. El nombre era un hilo raído que las unía...
Pamela enseñando el sentido mientras te mira con cuadros grises en su falda y mochila escolar. Pamela deslizándose en la sombras a la zaga del coche que la invitó a subir. Pamela con lágrimas de rímel y piel de maquillaje. Pamela con falda blanca, el satín traidor develó el abrazo negro de su pantaleta poseída por el roce de sus nalgas. "Sonríe de dolor" Pamela acercando su boca, el vaho lo estremecía antes de que bajara el cierre. La sierpe humedecida enredábase mientras su mano buscaba la cartera. "Fascinación. Fascinación y deseo" Pamela con su cuello de seno invadido por una lengua que se desliza con prisa, con placer desmesurado, como el beso del violador; húmedo, largo y desesperado, corrompida por unas manos que se aferraban con fuerza a sus nalgas y las jalaban contra sí mismas, al ritmo frenético de sus cuerpos involuntarios de gritos líquidos con el brasier deslizándose a su cintura por la vehemente avidez de los movimientos de las sombras que viste en el umbral de tu habitación.
"¿Te hubieras entregado?"
-Ella es igualita a Pamela. Tengo que conocerla. Si se baja en la siguiente estación juro que ahora sí le hablo.