Se marchó en abril, y antes de partir regó las rosas del jardín. Se marchó con la frente en alto y el corazón partido, me dejó sus ojos y su sonrisa, me arregló los botones de muchas camisas, me reparó en un abrazo cuando moría de miedo, me dejó las pecas del hombro izquierdo. Se marchó en abril y desde entonces el 27 duele más que nunca. En su piel llevaba un mapa de arrugas, cada una, un coraje, cada una, un abrazo no dado, cada una, un domingo en solitario. En sus manos poseía la magia de los rosales, y las heridas latentes de un pasado trabajador. En sus pies cansados por la mar, llevaba el camino perfecto, el andar cansado y el semblante añejo. Los años le pesaban en sus hombros pecosos, el llanto guardado se postraba en sus parpados, la alegría esperanzada de la mesa repleta la guardaba en su pecho. Se marchó en abril y me dejó las lluvias torrenciales del mes en mis ojos. Y cada noche le escribo al viento, para que la brisa le lleve mi mensaje, que no la olvido, que aún la llevo conmigo, pero también que hoy la suelto.
Mara García












