Camina hacia delante con la cabeza gacha, como empujando con la frente, y caminando, sin mirarla le pregunta ‘¿Tenes las llaves del auto?’. ‘Si’ contesta Andrea con un tono de voz muy bajo y tan suave que desde algunos metros solo se oye como un sonido indescifrable. Nicolás siempre le entiende.
Andrea le da una llave llena de tiras de colores. Ambos cierran la puerta y dejan un gatito, negro y hermoso todo tierno como los gatos de internet del otro lado, ahora vive con ellos como si fueran una pequeña familia. La casa respira un aire a lavanda que va desde la cocina hasta la pieza. Creo que tienen que conseguir un repuesto para la canilla, que es el único detalle “desprolijo” en la cocina. A decir verdad, la pulcritud es tal que ahoga en su paisaje a esa canilla atada con alambre. La bacha esta reluciente, solo la mesada tiene las huellas pequeñas y tiernas del pequeño crío llamado pantufla, Nico y Andrea irán encontrando con el paso del tiempo cada vez más huellas y pelos negros azabache y no solo en la mesada, en la ropa tambien (que no les preocupa porque ambos usan ropa oscura), en los restos de comida que van a dejar por falta de voluntad para levantarse de la cama luego de ver una película, en los repasadores que van a seguir doblados de forma prolija pero que de igual manera se llenaran de pelos, así también pasa con el suelo, quizás hasta con uno mismo, nos llenamos de pelos en la cara, en las orejas.














