Texto escrito por Mônica Hoff sobre el espacio de encuentro para el NC-LAB 2016.
Hay un proverbio que dice “el que busca, encuentra”, sugiriéndonos que el encuentro con algo o alguien está directamente relacionado al esfuerzo realizado en esa búsqueda. Yo prefiero pensar que el que busca pierde grandes oportunidades de encontrar lo que no procura.
En general, cuando pensamos en la idea de encuentro tenemos una visión armoniosa, positiva, de algo que se da por afinidad o aproximación. Sin embargo, si considerásemos las leyes más básicas de física recordaremos que así como dos cuerpos no pueden ocupar un mismo espacio a la vez, ambos están formados por moléculas idénticas constituidas por la combinación de dos polos que se atraen, justamente porque son opuestos, pudiendo, por lo tanto, formar un solo cuerpo. El encuentro es, sin duda, una paradoja por excelencia.
Encontrar viene del latín incontrare, que significa el encuentro de contrarios. Podríamos decir entonces que la base del encuentro es el desencuentro, una vez que no es exacto, preciso o perfecto. Ni tampoco armónico. Su esencia es lo posible que hay en lo inviable, y existe como suma de imprevistos, de no-búsquedas, de casualidades, de riesgos; un algo totalmente irregular que se da por sorpresa, pero también por insistencia. Se trata, en cierta medida, de una especie de milagro –un extraordinario acontecimiento de lo ordinario en sí mismo–. O sea, el encuentro es un desequilibrio –es el lugar de la existencia indivisible y de lo eternamente inacabado–.
Hay encuentros que duran segundos. Hay encuentros que duran toda una vida. Hay encuentros que se dan por palabras. Hay otros que se dan por fricción. Hay encuentros que son choques. Hay encuentros que provocan chispas. Hay encuentros que nos toman de repente. Y hay los que nos lleva toda una vida percibir.
Lo interesante del encuentro es que no podemos necesitarlo o medirlo; es anárquico por naturaleza, no se rige por reglas. Podríamos inclusive decir que en el encuentro interesa lo que no es encuentro. Lo que no es encuentro no cabe en la búsqueda, habla al respecto de un correcto estado de disponibilidad, de atención (como sugiere Jan Masschelein), en el cual dos o más seres, cuerpos y/u objetos están en juego. Es un estado de espíritu que “abre espacio para una posible auto-transformación, o sea, un espacio de libertad práctica”.
Físico y político, afectivo y espiritual, el encuentro es un espacio de creación. Es estar en el otro sin dejar de estar en sí mismo y, sobre todo, es permitirle al otro estar en ti sin que éste deje de ser quien es. Es un encuentro de deseos, muchas veces, no sabidos.
Es necesario practicarlo, diría Michel de Certeau.