Amonestado por la superioridad militar, dejó de acudir a la Parada. Se le veía en los cafés y botillerías, se hizo noctámbulo, perdía al juego, frecuentaba los garitos y el confesonario, las novenas y los bailes de Capellanes: Llevaba a todas partes el mismo gesto alucinado y maniático de una timidez explosiva. Caminaba rozándose con las paredes y tenía sombra de orate: Salió de su encumbrado delirio erótico para poner los ojos en una suripanta de los Bufos: Frecuentó aquel escenario, tuvo piques con metesillas y sacabancos: Una noche movió gran escándalo por celos y quiso matar a la ingrata. Luego, durante algún tiempo, no se le vio por los círculos de la juerga dorada: Hacía vida devota, confesaba y comulgaba: Solía acompañarse de un capellán castrense, clérigo trabucaire, con marcado estrabismo y anteojos, pobres manteos y zapatos arrugados, llenos de polvo. Juntos hacían largos paseos y visitaban a los pobres de San Vicente. Y en medio de esta vida, impensadamente reaparece en el escenario de los Bufos. Susto, revuelo de faldas. En el pasillo de los camarines, subitáneo cierre de puertas. El traspunte corre en busca de Don Pancho. Don Pancho, mundólogo y efusivo, manda traer pajarete y pasteles