DONALD TRUMP, REY DEL ESPERPENTO
Miércoles 22 de julio 2026
Nadie sabe por qué ocurren los hechos tal como pasan. Nadie sabe sí vive el comienzo o el final de una historia, al punto que cabe admitir que lo mejor no es hacerse de demasiadas expectativas de nada. Ocurre con frecuencia que el instinto de supervivencia prima, sin genio de por medio, a base de tiros fuera de banda. Esa es, en bruto, la realidad del día a día de la Administración Trump. Esa es la “lógica” trumpiana, esa es la racionalidad de su irracionalidad, la de su afán por el poder y de la imagen decadente que proyecta al mundo.
Sin embargo, aún hay en el mundo sorpresa por sus dichos y hechos, la duda se asoma incluso ante sus frecuentes tiros a los pies que parecen planificados. Ningún político contemporáneo calza tan perfectamente como él para ser un tirano de caricatura. Todo lo que toca lo destruye, lo retuerce y vacía para sus fines. ¿Cuáles son estos? Difícil saberlos de primera mano, flotan en el limbo de la teoría de conspiración, del capricho y de una manía por los espejos dorados. Sí cabe hablar de sus parámetros personales, el gris no delimita nada, lo define. Acaso quien le tiño de gris fue su padre, cuya relación fue similar a la de Tiberio y Calígula.
La referencia histórica no es casual. Es la manera como “gobierna” y cómo escoge y trata a sus colaboradores, cómo les asciende y cómo, luego, caen en desgracia. Conoce muy bien la sociedad del espectáculo y sabe que hasta la crueldad necesita marketing. Nadie que le rodea es inocente, saben que el castigo es parte del precio a pagar por el poder. Quien se le acerca sabe que debe rendirle pleitesía, darle la razón y dejar de lado todo escrúpulo. Es lo más cercano a vender el alma al diablo, porque también espera que mueras por él, cuando te lo pida. Si te alejas de él, sí le traicionas, no escapas del estigma de haberle servido en su momento. Con él todo es personal, no existe la lealtad institucional. Estados Unidos es él.
El mundo sufre y responde al despotismo trumpiano. Lamentablemente, hay excepciones. Es el caso de la América hispana. La juramentación de Keiko Sofia Fujimori Higuchi como presidente de la República del Perú será su vitrina. Ellos se juntan para dar la bienvenida al nuevo miembro del redil. En la foto de familia estarán Noboa, Kast y Milei. Felipe VI de España vendrá cumpliendo su rol protocolar, el que le corresponde. Hubiera sido una hermosa provocación la presencia del presidente de Consejo, Pedro Sánchez, la del presidente brasileño Ignacio Lula da Silva, pero esta gente no se junta con rojos. Jamás lo hacen. El monarca estadounidense no vendrá, acaso mande a “Little Marco” y, en caso que éste no quiera, tenemos al virrey – embajador Navarro. Lo que no cabe dudar es que nadie preguntará cuánto más hay que seguir aguantado al tirano esperpéntico de los Estados Unidos, Donald J. Trump. Aquí se grita ¡Viva las cadenas! con un entusiasmo atroz. La abdicación de la soberanía nacional frente a los Estados Unidos se celebra como un triunfo del “orden”. ¿Cuál orden? El de la servidumbre, obviamente. Y como los Cien Mil Hijos de San Luis llegarán los soldados estadounidenses en contubernio con las fuerzas armadas y la policía locales. Ese es el rostro sin careta del lema de la derecha trumpiana hispano americana: la fuerza del orden.
¿Cabe guardar un mínimo de esperanza? El meollo trumpiano es su carácter fronterizo. Trump demuestra que la democracia estadounidense es tan tenue como la de cualquier nación hispano – americana. Basta con empujar un poco, atizar el fuego y vender el humo y las cenizas como verdades. Las advertencias siempre estuvieron sobre la mesa, desde Alexis de Tocqueville, hace casi dos siglos, hasta Rod Serling en muchos capítulos de la “Twiligth Zone”, hace sesenta años. Caer en la tiranía era posible, ambos hombres lo decían; el primero vio sus causas profundas y el otro les dio forma visual. Nunca le dieron un nombre como tal, éste sería una creación española, el “Esperpento”, un género literario de hace un siglo en el cual, según la RAE en 1970,“se deformaba sistemáticamente la realidad, recargando sus rasgos grotescos y absurdos, a la vez que se degradan los valores literarios consagrados; para ello se dignifica artísticamente un lenguaje coloquial y desgarrado, en el que abundan expresiones cínicas y jergales”.
Trump no inventó la “política del Esperpento”. Los casos estadounidenses más cercanos al fenómeno fueron Johnson y Nixon. Hubo muchos otros con un perfil similar que fracasaron o su camino quedó trunco. El mérito trumpiano es ser y representar es el peor tipo de esperpento posible: el del animal mordiéndose la cola, una conducta muy extraña y peligrosa causada por confusión al comer, estrés severo, o problemas de termorregulación. ¿Acaso por esto último su adjetivo favorito es “caliente”?
¿Cuántos más esperpentos, Santo Tomás? Reconociendo que en una parte de los estadounidenses aún existe la idea de la libertad como la decir las cosas que los demás no quieren escuchar, falta que hablen las instituciones y digan ya basta. No lo están haciendo o no se dejan escuchar. Se ha otorgado demasiado al esperpento, eso le ha permitido explotar el error de juicio del ciudadano para luego proponer descaradamente privarle de juicio y pensamiento. ¿No pasará? ¿Pasará? Eso lo sabremos en noviembre próximo, si es que finalmente las elecciones de medio mandato tienen lugar.















