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Miré dentro de sus ojos, lentamente las lagrimas comenzaron a recorrer mis mejillas. Eres fuerte México, pensé. Tienes alma de guerrero y no hay temblor en el mundo que pueda destruir eso.
Nos tomamos de la mano y finalmente nos reconocimos como hermanos, las circunstancias nos invitaron a reconocer el rostro de personas que nunca imaginamos en nuestros caminos, a escuchar voces que nunca creímos que llegaríamos a reconocer y finalmente así pudimos contemplar un escenario que rompió nuestro corazón en pedazos.
Sin embargo fue la mano del otro las que nos sostenía y las que nos sostiene, fueron las desveladas y los largos recorridos en carretera los que finalmente decidieron recoger los escombros y empezar a reconstruir un país en pedazos, un país que reencontró su alma, mientras se destruía al mismo tiempo.
Mi México, más herido que nunca, entre escombros y gritos ensordecidos... Se encuentra unido, finalmente recordamos que los mexicanos no rajamos, finalmente pudimos vernos al ojos de otro sin encontrar ningún tipo de prejuicio o etiqueta, finalmente alzamos la bandera y demostramos lo que realmente conlleva el ser mexicanos.











