Eugenia Mello la artista invitada a la Galería de Cosas tiene a la música como una de sus temas predilectos. Así podemos verlo en la ilustración elegida para hoy que forma parte de una serie de imágenes para acompañar a Envelove Type Specimen por Sudtipos, una tipografía diseñada por Yani & Guille. El diseño tipográfico es un temprano amor de Eugenia, pueden ver más de Envelove acá: http://yaniguille.com/portfolio/envelove-script-caps-icons-type-family/
Ritmo, movimiento, baile, le damos las gracias a Eugenia por permitirnos compartir su trabajo con una Galería Musical: https://www.youtube.com/watch?v=tvQ22UqrNwA
Y además, un poemazo de Paula Jiménez España:
Después
En el inviero, el viento profería un silbido desde el fondo de su centro callado, llegada a las cortinas de la casa, flameantes como banderas descoloridas, que lo hacían visible y dibujaban sus formas más diversas. Nunca era el mismo o esas telas repetían el impreciso ondular, pero mostrando que de verdad aquello era el presente o que nosotras ya no éramos iguales después de una tormenta. Cuando las gotas hacían tambores con los vientos rotos, el rugir de ese viento, el salpicado del agua sobre los toldos, eran la misma cosa: un solo cuerpo con una fuerza que nadie controlaba y provenía de algún lugar siliente, reposado como el alma de dios. Eso pensábamos: que nunca daña tanto un temporal y que en el fondo algo protege del dolor de las catástrofes, un ojo calmo que descarga el llanto o una serpiente que inocula, junto al veneno, su antídoto secreto.
En el medio de ese frío venía del corazón una pequeña llama que se avivaba cada vez y abierta la ventana dajábamos entrar, para amainarla un viento reposado o una tempestad a la que el fuego resistía heroico. Sabiendo que nada se repite, nada es dos veces, quisimos alargar el sueño compartido, volver hondo el agujero del amor, como si en nada fuera un agujero, sino la esfera de la risa, el alimento, un hilo plateado que ataba nuestras horas, pequeñas grietas donde corrían los besos por la cascada del tiempo detenido.
Como la luz tejieron los sonidos la trama de esa vida cuyo norte variba. Oíamos el coro de los pájaros que, de morir nosotras, continuaría allí, cantando. La música era el orden aleatorio del aire conocido, un movimiento efímero plasmando su huella perdurable solamente una vez.
Y agotamiento fue que las gotas sonaron en la losa acabar el agua así los pensamientos y los músculos llegaron hasta el fin, flores marchitas que siempre sorprendían porque algo más había y algo más, en la cadena infinita donde el sueño no bajaba los párpados, vigilia del corazón empecinado con el galope de una explosión solar o un viento liso despeinando la arena de la playa; era la fuerza al límite, y no como huracásn sino el agotamiento de la vista diluida en la luz o la palabra que disolvió la voz.
Aquellas tardes caían sobre el tilo y el gomero, grisáceo, el peso de sus sombras volvía opacos nuestros corazones de nenas que sabían del ocaso por el rostro rasgado de la abuela o por la pérdida de brillo en los duraznos. Al despuntar la noche lentamente infatigables piernas de criaturas tropezaban en las lajas del camino tomando cicatrices de una vida reciente. Era a la hora en que el día empezaba a despeñarse y todo lo quedo, lo varado, bramaba su callada resistencia a declinar. Estáticas, las hojas se iban diluyendo, liquidando la luz que provenía de la tierra donde nacían constantemente hormigas, orugas y raíces a condición de que murieran siempre.
Y atadas a esas hojas, las ramitas erguidas en el delgado zigzag, los fósiles de piñas ya resacas desparramados en la tierra húmeda, el césped que empezaba a cobrar fuerza lejos de los raigones de los árboles y crecía bordeando los caminos: todos esos detalles hacían a la vida y con la nuestra a la vida de un mundo que no conoceríamos. Prolífico y remoto el devenir, como si fuera un dios de arcilla colorada creaba paso a paso las formas causales, sus grandes manos gozaban moldeando otra apariencia de las mismas cosas.














