Fotografío para no desaparecer
A quién rompió el silencio en aquel primer autobús.
Si me toman una foto dos pasos debajo de la marca correcta en el exposímetro no aparezco. Me di cuenta de ello cuando tenía diez años, en una fotografía que me tomaron junto a mis hermanos con una cámara desechable en la que aparezco solo como una sombra al fondo. Sólo como una sombra al fondo.
Dos pasos arriba de la exposición correcta mi piel aparece casi clara, en blanco y negro costaría trabajo darse cuenta de quién soy yo. En la fotografía estoy recargado en la ventana, en un sexto piso. El fondo se pierde en la luz que entra un periodo excesivo por el obturador. Comencé a fotografiar por la misma razón que una persona comienza a pesarse diariamente o que espera que alguien más le pregunte cómo está, para comprobar, tener un registro objetivo de que existo. Al inicio registraba mi entorno con la mínima profundidad de campo posible, quería dejar un registro ambiguo de los lugares por los que había pasado, los objetos que habían estado en mi vida, las personas que se obstinaban en desaparecer. Recordaba esa fotografía con mi familia en la que parecía no existir e intentaba dejar un rastro de mi existencia. Cuando descubrí el autorretrato aprendí sobre mi tono de piel, sobre su absorción o su capacidad de reflejar la luz, sobre su talento para desaparecer en la oscuridad.
Un paso arriba de la exposición correcta mi piel aparece correctamente expuesta. Se pueden ver en ella las cicatrices y arrugas que con la edad han comenzado a aparecer. En un tiempo sentí que mi cuerpo se negaba a registrar en él mi existencia. Aquel corte en la rodilla que me hice jugando americano, la fractura en la clavícula que atravesó mi piel, las cinco puntadas en la ceja al caer de la bicicleta. Si mi cuerpo no registraba las cosas cómo podía comprobar que existían, cómo demostrar que aquellos momentos habían ocurrido. Si entonces hubiera descubierto la fotografía, podría haber hecho un registro de cada herida, de cada cicatriz, como símbolos de cada evento y, finalmente, documentar su desaparición como metáfora de mi vida. Hoy mi cuerpo acumula recuerdos, acumula cicatrices, arrugas, cabellos blancos, sueños rotos, pero sigo desvaneciendo. En la fotografía la luz del fondo, menos intensa, deja ver las copas de algunos árboles pálidos fuera del departamento.
Exposición correcta. Mi piel llena de sombras, las facciones se confunden, el rostro se vuelve una masa. El uso del flash devuelve a la imagen mi identidad, al menos en apariencia física. Entonces me cuestiono lo que es identidad, me cuestiono quién soy, escribo un expediente médico y realizo una fotografía sobre cada trastorno que encuentro en mí. ¿Quién de todos ellos soy yo? En aquel momento me encuentro solo, una nueva ciudad, miles de personas que la transitan cada día, rostros que aparecen para perderse en la multitud y fusionarse en el recuerdo de uno amorfo. Soy parte de ellos. Quisiera tener unos ojos en qué mirarme, que me digan quien soy, que me recuerden cada mañana que existo, pero solo encuentro el lente de mi cámara que me registra, que se vale del flash para identificarme, que me da la imagen de un psicópata, un obsesivo, ansioso, bipolar, depresivo, insomne. ¿Quién soy yo? En la fotografía la luz de fondo ya muestra los verdes de los árboles, algún rojo de los ladrillos en el edificio del fondo. Yo comienzo a ser un rostro plano, opaco, un rostro que no sonríe, que intenta dejar en sus ojos la última huella de identidad.
Exposición un paso abajo. En ocasiones la cámara es tan lenta que no alcanza a registrar mi paso por su lente. La primera vez que ocurrió esto me encontraba bebiendo un café. En la imagen solo quedó un yo traslúcido que se interponía a la mesa y las tazas sobre ella. En ese momento me descubrí como fantasma. La segunda vez la técnica no es un accidente, aparezco en la entrada de un túnel. “Si juegas al fantasma en uno te conviertes”*, cómo separar un autorretrato de la realidad, cómo dejar de ser un fantasma después de que te has definido como uno. En una imagen una silueta camina por una calle que apenas se ilumina entre los árboles. En la segunda fotografía la silueta es apenas una sombra transparente que deja ver el pavimento a través de ella. En la tercera ya no hay nadie. A la silueta jamás le dio la luz, cómo esperar que alguien la reconozca si es solo una más entre tantas. En la fotografía los árboles se definen, el edificio al fondo cobra forma y yo soy una mancha ocre a blanco y negro.
Exposición dos pasos abajo. Aquella fotografía de mi infancia no fue la única. Con la llegada de la fotografía digital seguida de la fotografía por dispositivos móviles el número de fotos en las que aparecía creció. En varias de ellas, sobre todo al lado de personas de piel blanca, mi registro es apenas resaltado por la ausencia de luz al fondo. Si definimos sombra como una imagen oscura que proyecta un cuerpo opaco sobre una superficie cualquiera, interceptando los rayos directos de la luz, soy yo. Si definimos fantasma como obsesión, imagen impresa en la fantasía, soy yo. ¿Pero cómo definir quién soy yo? Me tomé una fotografía sobre una antigua báscula en la que me desvanezco cada día. Me tomé una fotografía en un espejo que se partió en pedazos. Hice un autorretrato en una vela que se extinguía. Pongo una calavera de azúcar con mi nombre en su frente. Una gota de agua cae sobre ella a un ritmo lento y constante. Registro aquel evento cada ciertos minutos. Al final no queda nada, no importa el registro, no importa el tiempo, no importa la cantidad de agua. Si nadie ve aquel registro nadie sabrá de la existencia de aquella calavera. En la imagen los árboles y el edificio están correctamente expuestos. El marco de la ventana es totalmente negro y yo soy por completo una sombra. Mis ojos no brillan, mis dientes no lucen. Si nadie es capaz de reconocer esa silueta, ¿de qué servirá el registro? Me he fotografiado para dejar una constancia de mi existencia, para no desaparecer, pero si nadie mira aquellas fotografías.
* Tomado de Los Ingrávidos. Valeria Luiselli, 2011, Editorial Sexto Piso.
**Juan Daniel Mosqueda Esparza. Aguascalientes, Ags. 25 de julio de 1985.
Escritor y fotógrafo. Es egresado del Seminario de Fotografía contemporánea del Centro de la Imagen (2014) y seleccionado para el diplomado de artes visuales del Centro de las Artes de San Agustín. Es Miembro del Photographic Museum of Humanity desde el 2015. En el 2016 fue seleccionado para el Taller de ficción con Juan José Romero y Martín Solares,Zacatecas Tierra de Escritores. Ha expuesto su obra fotográfica y publicado en revistas fotográficas y literarias a nivel nacional e internacional. Tiene estudios en psicología y medicina. Actualmente es becario de la categoría de Jóvenes Creadores del FONCA.