Tengo un apego muy enraizado al lenguaje que traspasa fronteras, e idiomas, que es la música: la disfruto, la paladeo, me dejo llevar por ella.
Bajo los parpados hasta unirlos por completo y mis oídos se regodean con sus recovecos, sus silencios, sus pasionales arremetidas, la dulzura de sus notas, el transgredir los umbrales de la sonoridad, la emoción que pueden provocar, sus intensidades; lo que nos puede estremecer, y hasta las lágrimas que eventualmente me arranca tan fácilmente el sonido y las letras con sus palabras armoniosamente entreveradas.
Con encantadora facilidad, una sonora melodía me arroja a los brazos de mi mujer y aunque no soy el mejor bailador me dejo llevar suavemente arropándole con mi brazo diestro y sintiendo el calor de su cuerpo, y disfrutando acompasado cada una de las notas en el lugar que sea…en la cocina por ejemplo… cuando jugamos con esa misteriosa química que es la confección de la comida, cálido espacio por cierto, curiosamente que es arropador para ambas cosas: bailar y cocinar.
Muy joven aprendí a tocar instrumentos musicales con cierta destreza.
Desde entonces he creído que la música te regala disciplina y orden, te ayuda a tener un natural ritmo que aplicas a muchos ámbitos de la vida diaria, y en el cerebro se abre a la mágica posibilidad de crear espacios en los que identificas claramente cada instrumento.
De esta forma aprecias lo que cada convidado al festín musical aporta al conjunto que conforma una melodía, donde cada virtuoso interprete brinda la armonía, el encanto de regalar sólo un acento sonoro o muchos, que hace que el espíritu dispuesto, termine henchido de placer y disfrute.
Durante algo así como cuatro años, en mi adolescencia formé parte de Ixbalanqué, grupo de música latinoamericana, que tuvo como escenarios la UNAM, el IMSS, las delegaciones políticas y hasta casas de la cultura como la de Martínez de la Torre, Veracruz y la de Tlaxcala, entre muchas otras presentaciones.
Me gusta toda la música; pero sólo la buena música, la interpretada desde el alma, esa que brota del corazón: clásica, salsa, trova, bossa nova, jazz, romántica, un tono de voz cautivador, una dulce danza por el recuerdo de un amor ido. Música o acompasada letra que refiere experiencias, nostalgias o sólo vivencias…todo es agradecible, cariñoso, abrazable.
Me deleito con las bachatas de Juan Luis Guerra y su 4 40, con el juego delicioso de las florituras de la flauta de Jean Pierre Rampal acompañado por el piano acariciado por Claude Bolling , la delicada y contrapunteada voz de Eugenia León en Ariles de Campanario; me arroban las letras y la calidad interpretativa de Inti Illimani, me abrigan los acordes del l´estro Armónico de Vivaldi, así como me conmueven las letras y virtuosismo en las guitarras de Sergio Félix y David Filio de Mexicanto, me abruma la fuerza del piano de David Foster, la ternura de la voz de Laura Pausini, pero en italiano, también la calidad interpretativa de Shaila Durcal.
Podría consumir muchas cuartillas platicando lo que me apasiona del sonido y sus delicados intérpretes.
AFORISMO: La música es razón de vida. Es un gozo embeberse en ella y como todo un sibarita sólo disfrutarla a plenitud abriendo los brazos y dándole la bienvenida. Seguiré escribiendo de este bello arte.