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Moneda antigua de Fernando VII (Ferdin) 1820 con valor facial de 8 reales de plata. México JJ. Muy buen estado de conservación. 🔥Ver en tienda: https://lamasbolano.com/fernando-vii-1808-1833/109107-fernando-vii-1820-8-reales-mexico-jj-mbc.html
#UnDíaComoHoy pero en: *1547, nace #MigueldeCervantesSaavedra, creador de "El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha", en Alcalá, España *1786, nace José Miguel Ramón Adaucto Fernández y Félix, conocido como #GuadalupeVictoria, en Tamazula, Durango *1833, muere el 18vo Rey de España, #FernandoVII *1900, nace #MiguelAlemánValdés en Sayula, Veracruz *1970, nace @ninelconde en Toluca, Estado de México https://www.instagram.com/p/BoUCDJ1HQ5P__kNQOrQ7ORFajJchYUIpPdQghE0/?utm_source=ig_tumblr_share&igshid=10ge10xcj12hr
¿Qué es la monarquía absoluta?
UNA N0CHE DE BODA REAL Y ESCATOLOGICA
LAS CARTAS DE MERIMEÉ
Comenzamos hoy una nueva sección que, remedando a las clásicas folclóricas de nuestra tierra, la inicio “a petición de mi público que tanto me quiere y me admira”… bueno, se trata de COSAS DE ESPAÑA. Historias, historietas, drama y comedia de nuestro país y de nuestra historia. A diferencia de las anteriores esta sección va a ser discontinua y un tanto aleatoria ya que el excesivo trabajo que tengo me está haciendo pensar en volver a Hematología (allí trabajaba menos…).
Para comenzar una historia no apta para espíritus sensibles. Abstenerse los que estén desayunando.
Hoy os voy a presentar una historia que en nada se acerca a la poesía y que bien podría firmarla Santiago Segura y su alter ego Torrente, pero desgraciadamente es una historia real. Prosper Merimée, el escritor francés autor de Carmen, realizó varios viajes a España y en 1830 escribió varias cartas mostrando la vida de nuestro país en esa época. Aunque no se le ha dado todo el valor que en realidad se le habría de dar, la correspondencia de Mérimée merece un lugar destacado en el capítulo del género epistolar. Es uno de los más brillantes autores epistolares del siglo XIX. La correspondencia de Mérimée puede representar para el siglo XIX lo que fue la de Voltaire para el XVIII. Entre los destinatarios de sus cartas figuraba el conocidísimo escritor Enrique Beyle. Merimée aborda diversos temas de la vida española pero en el caso que hoy nos ocupa relata el episodio de la noche de boda de Fernando VII. Es una historia a mitad de camino entre el chiste y la escatología, pero triste, muy triste, porque nos muestra los aspectos más sórdidos de los personajes que se suponían los más preclaros representantes de la sociedad.
Las bodas entre la realeza siempre hemos sabido que respondían a intereses particulares de los monarca más que a intereses de Estado, involucrando a sus hijos y especialmente a sus hijas como moneda de cambio.
El casamiento entre reyes e infantes, en efecto, eran tan sólo negocios. La razón principal para los enlaces de la realeza era solo una, garantizar la descendencia de la dinastía. Si algo aprendieron pronto los reyes en cualquier nación de Europa, era el enorme follón que se montaba cuando a un rey se le ocurría morir sin descendencia. (Buen ejemplo tenemos en España con la guerra de Sucesión a la muerte de Carlos II, con el enfrentamiento entre borbones y hasburgos y la consecuente guerra civil, cuyas consecuencias todavía padecemos hoy: Cataluña). Todos los países eran un hervidero de intereses contrapuestos, enfrentados y todos ellos afloraban a la superficie cuando se planteaba la cuestión de una sucesión real poco clara.
En todo este negocio las jóvenes princesas no intervenían en absoluto. Las hijas, para un rey, no eran sino mercancías que, a sus ojos, podían garantizarle honores y reinos para sus nietos; usaban, por tanto, su función reproductora para casarse y parir varones que heredarían las posesiones de sus maridos quienes, además, se verían impelidos a ser aliados de su suegro.
Los franceses tenían claro que un matrimonio real no tiene nada que ver ni con el amor ni con nada que estuviese relacionado con el placer sexual. Esto lo hacían, básicamente, no dejando a los reyes solos. Del Rey Sol, hombre cuya vida está muy documentada, se ha llegado a estimar que pasó en toda su vida 8 minutos solo. Y el dato es creíble si acudimos a testimonios como el del erudito Jean-François Jamet el Joven, quien cuenta que “nuestros reyes y nuestras reinas, en los primeros días del matrimonio, eran acompañados al lado de la cama por una “vieja dama de calidad” experta para moderar los placeres nupciales y llamarles la atención en el caso de emocionarse en demasía”. Así las cosas, no es extraño que los contrayentes, especialmente las contrayentes, llegaran al tálamo sin saber muy bien de qué iba aquello. En sus cartas se revela un Merimée que disfruta con los comentarios relacionados con temas y noticias de un elevado tono verde picante. Algunas historias rozan el mal gusto. En la carta a Enrique Beyle, de finales de diciembre de 1830, disfruta contándole a lo vivo y describiéndole de manera un tanto desvergonzada y con toda clase de detalles algunas de las peripecias de la noche de boda de Fernando VII con su joven esposa la princesa María Josefa Amalia de Sajonia, quien, según escribe Mérimée en esa carta "ignoraba hasta las cosas más elementales de este mundo, y que conocen en España incluso las niñas de ocho años." Mérimée no disimula su regocijo al conocer y comentar ciertas descripciones, algunas de muy mal gusto. La carta no tiene desperdicio, a pesar de su brevedad, y viene muy a cuento para hacer patente la distinta calidad que, en los tiempos pasados, tenía el matrimonio. Y muy especialmente el matrimonio entre personas de sangre real.
Entre los variados matrimonios de Fernando VII, crecientemente presididos por la obsesión por tener descendencia, se encuentra el del rey con María Josefa Amalia de Sajonia; Josefa tenía en el momento de la boda 16 años (él tenía 36) y era extremadamente piadosa. Tanto, que se negó a consentir relaciones con el rey hasta que el papa le envió una carta informándola de que hacerlo no era delito a los ojos de Dios. Para evitar estos desconocimientos, el corresponsal informa en la carta de la costumbre española que establecía que un cuarto de hora antes de empezar la noche de boda, la princesa de sangre ya casada y más cercana en categoría al rey pasara quince minutos con la novia explicándole “la más básico” sobre lo que va a pasar en unos minutos… En la noche de boda de María Josefa le tocaba “informar” a Isabel de Braganza, hermana de la anterior esposa de Fernando VII. Esta princesa se negó a informar a la reina al parecer según Merimée, afirmando que no quiso colaborar en el buen fin de la noche de boda de "aquella alemana que venía para sustituir a su hermana". A falta de la princesa, la función había de ser cumplida por la camarera mayor. Pero ésta, de quien Mérimée no da el nombre, era una mujer vieja y religiosa que, una vez convocada, argumentó que “ella nunca se había fijado en las cosas que le hacía su marido y que por tanto difícilmente podría explicarlas”. Como conclusión, pues, la jovencita de 16 años María Josefa Amalia de Sajonia fue colocada en la cama nupcial en un estado mental y de conocimiento nulo con respecto a lo que iba a suceder. Y llegando ya al relato os presento un extracto de la carta de Prospero Mérimée a Enrique Beyle en el que describe la noche de boda de Fernando VII y Maria Josefa (abstenerse espíritus sensibles y los que estén en este momento desayunando…)
“Entra Su Majestad. Figúrese a un hombre gordo con aspecto de sátiro, morenísimo, con el labio inferior colgándole. Según la dama por quien sé la historia, su miembro viril es fino como una barra de lacre en la base, y tan gordo como el puño en su extremidad; además, tan largo como un taco de billar. Es, por añadidura, el rijoso más grosero y desvergonzado de su reino. Ante esta horrible vista, la Reina creyó desvanecerse, y fue mucho peor cuando Su Majestad Católica comenzó a toquetearla sin miramientos, y es que la Reina no hablaba más que el alemán, del que S.M. no sabía ni una palabra, así que la Reina se escapa de la cama y corre por la habitación dando grandes gritos. El Rey la persigue; pero, como ella era joven y ágil, y el Rey es gordo, pesado y gotoso, el Monarca se caía de narices, tropezaba con los suelos. En resumen, el Rey encontró ese juego muy tonto y montó en espantosa cólera. Llama, pregunta por su cuñada y por la camarera mayor, y las trata de P[utains] y de B[rutes] con una elocuencia muy propia de él, y por último les ordena que preparen a la Reina, dejándoles un cuarto de hora para ese negocio. Luego, se pasea, en camisa y zapatillas, por una galería fumándose un cigarro. No sé qué demonios dijeron esas mujeres a la Reina; lo cierto es que le metieron tanto miedo que su digestión se vio perturbada. Cuando volvió el Rey y quiso reanudar la conversación en el punto en que la había dejado, ya no encontró resistencia; pero, a su primer esfuerzo para abrir una puerta, se abrió con toda naturalidad la de al lado y manchó las sábanas con un color muy distinto al que se espera después de una noche de bodas. Olor espantoso, pues las reinas no gozan de las mismas propiedades que la algalia. ¿Qué habría hecho usted en lugar del Rey? Se fue jurando y estuvo ocho días sin querer tocar a su real esposa y de hecho nunca tuvieron hijos”.
NOTA: me imagino que os estaréis preguntando, igual que me ocurrió a mí cuando leí esta historia, que quién era el famosos escritor destinatario de las cartas, Enrique Beyle. Pues era, su gran amigo y maestro Stendhal. La carta, con toda probabilidad, no estaba destinada a ser conocida por nadie salvo por su autor y su receptor. No obstante, terminó incluida en un opúsculo, publicado en 1898, titulado Sept lettres de Mérimée a Stendhal.