Reverse; Alice in Wonderland
Alicia mantenía una mirada inquieta, ansiosa y dubitativa frente a la corte. Estaba expectante ante lo que sucedería. Sus manos sudaban, sus ojos vagaban entre un escenario excéntrico, casi hilarante y en el desorden de una locura que no tenía final aparente. El conejo blanco se acercó al estrado, contemplado con fijeza al sota de corazones y alzando la voz, agitando en consecuencia su reloj, el cual desprendía un sonido ambiguo, molesto, que marcaba en cada instante el tiempo, con un “tic-tac” de por medio. El juicio era absurdo. El sota de corazones había sido tomado como un acusado al robar “supuestamente” una de las tartas de la reina roja. El conejo movió sus orejas, ordenando los papeles en donde se hallaban las pruebas que lo acusaban. Los testigos tan solo reían desconcertados ante la extravagancia de la reina y su cruel capricho desdeñoso.
La liebre de marzo fue llamada a testificar, sin embargo, no hubo respuesta alguna de su parte. Luego, le siguieron los hermanos tweedledum y tweedledee.
─¿Tu sabes algo Tweedledee? ─preguntó tweedledum, fingiendo inocencia.
─No ¿y tu Tweedledum? ─el gemelo negó con extrañeza, ofreciendo una sonrisa.
─No sabemos nada
Sus voces resonaron en la corte al unísono.
─¡Mentirosos! ¡todos vosotros sois unos mentirosos! ─la reina agito su cetro furiosa, levantándose de su trono, completamente impaciente para anunciar la sentencia de muerte del acusado─ ¡que le corten la cabeza! ─anunció frunciendo su ceño, cansada de lo hilarante. Ella tan solo deseaba cumplir sus caprichos por medio de la violencia, oprimiendo, demostrando que su palabra tenía más valor que el oro mismo.
El escenario de la corte era un circo de burlas. Un completo caos que se rebajaba a simples órdenes, las cuales no poseían ningún argumento previo. Alicia no disimuló su enojo. Se levantó de su asiento, mordiendo su labio inferior, arrastrando sus pies con aparente fastidio, encarando a la reina frente a frente. Los guardias de corazones tomaron posturas ofensivas, dispuestos a atacar a la imprudente muchacha, que se presentaba con descaro frente a la reina tirana. El rey resopló nervioso ante la abrupta presencia de la niña, simpatizaba, tomando en cuenta la valentía que requería concretar aquella acción. Era un desafío de autoridad. La mirada de la niña era impaciente.
─¿Sufres delirios de grandeza? ¿acaso tienes alguna prueba de que aquel individuo robó una de tus tan “preciadas” tartas? ─Alicia escupió en el trono de la realeza.
Altanera pensó la reina.
─Y aún con esa inmensa cabezota ─pronunció la niña, agobiada de los caprichos de la mujer─ tus neuronas no tienen más conexiones que las de una víbora ─la sonrisa de Alicia prevaleció, tentando a la muerte, tentando las dagas que rodeaban su cuello en un suave murmullo de medianoche. Las cartas de corazón estaban enardecidas, tal cual animales con rabia. Anhelaban la cabeza de la niña, se la exigían a la reina, sin embargo, la reina tan solo rió, rió como la desquiciada que era.
Alicia no huyó del lugar en el momento que tuvo la oportunidad.
─Chica insolente y descarada, tus exigencias y carencia de educación me exasperan de mil maneras posibles ─su voz era impasible, gélida como el hielo en invierno, sin benevolencia alguna, sin emociones que traicionaran su ser interior.
La chica de cabellos rubios decidió no intervenir mientras la reina hablara, era un riesgo al que no quería aspirar. Posteriormente, el acusado fue llevado por los guardias de corazón.
Un grito de desesperación, un grito donde se apreciaba que una vida había sido drenada y consumida por el hacha de la reina tirana.
─¿Contenta? ─la voz de Alicia tembló, desgarrada y aterrada en el momento.
─Todavía no ─declaró la reina, observando arrogante el rostro de ella, sonriendo mientras observaba cómo tiraban el cuerpo del hombre acusado por los ríos que rodeaban el castillo.
Ese trágico día marcó un insoportable recuerdo en las memorias de la niña. Su cabello fue cortado, sus faldas y grácil vestido celeste fueron cambiados por un par de pantalones de lino. La mirada alegre y altanera que siempre había mantenido fueron desapareciendo en el tiempo. Tan solo quedó una indiferente expresión en su rostro pálido y marchito.
Alicia se había vuelto hija de la reina tirana.
La reina tirana había convertido a la niña en el hijo que tanto deseaba tener.














