Vanitas
Quien hubiese pensado que el crepitar de la madera, ardiendo bajo las llamas del fuego, calmaría las ansiedades de aquellos muchachos. Quienes con nerviosismo, sostenían sus mantas, resguardándose de aquel frío otoñal en los bosques del sur de Nueva Zelanda. Nerviosos, adoloridos e infames, observaron con cautela al hombre moribundo que les había dado de comer. Su presencia era tan extraña como sus ojos dubitativos en el invisible horizonte. Pero lo que más inquietaba, era como pequeñas risas brotaban de sus labios sin el menor cuidado.
—Los árboles cantan con gracia, la desdicha de dos niños perdidos en el bosque. —río nuevamente, acercando sus palmas a una distancia prudente del fuego para calentar sus manos— Y los pájaros susurran enternecidos el atrevimiento de estos mismos, por querer ahondar en la historia de la pintura de Henrick Andriessen.
Ambos jóvenes se observaron por el rabillo de sus ojos, y volvieron a prestar atención al hombre moribundo, que, quien con una sonrisa tranquila, no dudo en profundizar en el mito de aquella pintura. Aquel mito, que había cautivado y aterrado a cientos de viajeros.
(…)
El mito retrataba la vida de una mujer noble con una belleza sin igual y, de un intelecto envidiable. Admirada y juzgada por; voces mudas, ojos ciegos y oídos sordos.
Quienes aclamaban su nombre, no eran más que infelices conformados con la superficialidad de una reina viuda, tan bella pero, asimismo, tan hipócrita.
Los años no tardaron en pasar en aquel reino. La ausencia de la monarca no era más que una realidad hilada por vagos rumores que se sucedían uno tras otro. Una de las historias que con más sosiego se mencionaba entre la boca de los lugareños, era el como un muchacho de humilde procedencia, intento encantar con flores y cartas a la reina de brillantes ojos turquesas. Día tras día, distintos tipos de flores, de diversos colores y hermosas formas fueron adornando la correspondencia de la monarca. Aryan, con una sonrisa dulce, tranquila, manchaba sus manos de tierra y de sangre para arrancar ramos enteros de los jardines a los cuales saqueaba en la quietud de la noche.
La reina encantada con aquellos detalles, no dudo en establecer una relación más sincera con aquel humilde muchacho. Le cantó las canciones más tristes que en su infancia había memorizado, le dio parte de su comida cada vez que él venía y le brindó las ropas de mejor talla y encaje. Se suponía que ambos corazones vibraban en una sutil pero conveniente sintonía, se suponía que aquel lazo rojo que pretendía unir el capricho de dos miserables fuera más que algo simbólico, sino que una unión bilateral. Pero en aquellos deseos que él daba por hecho, no fueron más que simples ilusiones de su alma.
Porque no fue hasta que Aryan observo los ojos de aquella reina viuda, es que se pudo dar cuenta de que, sus ojos no transmitían más que frialdad, falsedad y desconsuelo ante una vida llena de lujos y títeres por manejar. Porque ella era una titiritera, en un circo de hilos y de muñecos sin dueño. Porque aquel bello rostro colmado de amor no era más que un antifaz más en sus miles de facetas.
La copa de vino de Aryan se deslizó de entre sus dedos, sus ojos buscaron con desesperación a los de su amada, y en su último suspiro de vida, solo vio como ella torcía sus labios perversamente.
Quien diría que aquella mujer de belleza incomparable e intelecto envidiable, más que robar los corazones de los infelices, optase por robar sus cabezas como tal.
Y coleccionarlas, como adornos sobre sus mesas.








