“Y viste al virrey, que te sonreía, y a todos los gachupines del palacio luciendo muy frescos y regordetes junto con las damas enriquecidas que mostraban muy placenteras su interrumpida hilera de dientes. Y la virreina las saludaba con una ligera inclinación ante tal prueba de reconocimiento. Desde el púlpito la distinción de las miserias se hacía más observable: acá los gachupines, que desprecian a los criollos. Allá los criollos, que desprecian a los gachupines y a los indios. Más lejos los mendigos y los indios, que desprecian a todo el mundo y con cierta ironía contemplan el espectáculo. Y es así que el discurso fue adquiriendo otros matices—casi mágicos—que muchos no entendieron y que hallaron brillante.”