Las oraciones condicionales son un invento gramatical de primer orden. Expresan que para que ocurra una cosa tiene que suceder otra. Por ejemplo: “Si no logras ser feliz, pasarás el resto de tu vida en desdicha.” El problema es a qué llamamos felicidad y a qué desdicha. Freddy Ginebra, conocido publicista, periodista y escritor dominicano violentamente orgulloso de su país y su cultura, quien ha dedicado su existencia a servir de puente o trampolín a numerosos artistas jóvenes a través de Casa de Teatro, su obra maestra, ha dado una charla muy buena para TEDx Santo Domingo titulada “Hay que tomarse en serio la felicidad”. Luego de pedir permiso para desnudarse un poco frente a su audiencia, Freddy propone que la oración condicional que buscamos pudiese escribirse así: “Si no eres feliz, es porque no has tomado la decisión de serlo.”
Conozco a Freddy porque es mi tío. De niña siempre lo vi como una persona compleja, obsesiva e hinchada de fantasmas. Mi percepción del tío estuvo siempre en conflicto con los atributos de persona alegre que los demás le adjudicaban. Aparentaba jubiloso y festivo, pero en mis ojos el tío cargaba tristezas muy profundas. En mi adolescencia leí varios de sus libros, entre ellos “Celebrando la vida” y “Antes de que pierda la memoria”. Recuerdo haber pensado que ese hombre efervescente libraba una lucha desesperada. No podía en aquel entonces pensar en algo más agotador que ser el tío todo el rato. El tío deseaba a toda cuesta ser feliz. Pero, ¿lo era o era que había logrado aparentarlo? Entre presentación y representación, después de todo, sólo hay un prefijo.
Para ver al tío como es, he tenido que darle la vuelta al dibujo. Igual que todo significado se funda en su opuesto, todo lo que, debiendo coincidir, diverge, produce sorpresa. En el cine, los desajustes entre el audio y la imagen proporcionan una perturbación irritante, bien porque las expresiones de los actores llegan tarde a las palabras, bien porque las palabras llegan tarde a las expresiones. Se produce una extrañeza semejante cuando la cinta de las escaleras mecánicas sobre la que apoyas la mano va más deprisa o más despacio que las propias escaleras. Sorprendida, pues, me encontré cuando vi la charla de tío Freddy para TEDx Santo Domingo. Sentí que el tío había llegado, en su madurez, a desembrollarse.
Me dio felicidad saberlo verdaderamente feliz. Más allá, he tropezado con un granito de afirmación que suple mi propia búsqueda: que de ese conflicto del cual nace de la tristeza la felicidad, nace también el arte. Sin conflicto no suele haber arte. En lo personal, leo y escribo porque algo no funciona entre el mundo y yo. El conflicto no desaparece al leer o al escribir, pero se atenúa de manera notable. La página tiene dos caras; en una se mira el escritor y en la otra el lector, aunque los dos buscan lo mismo: un espejo que les devuelva de sí y de la realidad una imagen menos fragmentada que aquella que viven a diario.
Le agradezco a tío Freddy combatir la mística que suele establecerse alrededor de la felicidad. Pero sin negarla. ¿Qué decir de ese loco que se empeña en escribir una novela? ¿Qué tal de aquella muchacha que se empecina en ser feliz? Fíjense en ella, nos dice Freddy, acaba de salir de la cama y se sienta a desayunar dispuesta a levantar al mundo con su atrevimiento. Y lo levanta, sólo que al mirarse al espejo ve que es su decisión de ser feliz la que la ha levantado a ella. Es como si la felicidad fuese un órgano de la visión. Cuando voy al campo, sólo veo piedras. Cuando me acompaña mi amigo geólogo quien me las da a ver y les pone nombre, además de piedras veo el suelo, toco el viento, siento el sol. Veo incluso ese liquen especial que adorna algunas piedras sedimentarias y para el que era ciega antes de que mi amigo lo nombrara.
La charla de tío Freddy me recuerda el cuento de Hans Christian Andersen, El rey desnudo. No me digan que no les resulta sorprendente el éxito de ese relato si consideramos que se narra en él la historia de un pueblo que ve vestido a un señor que va desnudo. Parece una historia inviable por inverosímil, pero lleva años cautivándonos. ¿Por qué? Pues porque lo que ocurre en ese cuento -- respondo tras unos segundos de tensión teatral al estilo TED -- es lo que nos ocurre cada día. Que salimos a la calle y vemos lo que nos dicen que veamos. Si la orden de ese día es ver al rey vestido lo veremos vestido, aunque vaya desnudo. Vemos lo que esperamos ver. Esto es así de simple y así de espectacular. Las palabras son generadoras de realidad. Y la ausencia de palabras también. Por eso me ha gustado la charla de tío Freddy. Porque la felicidad es real hasta el punto en que tú permitas que lo sea.