Los frutilupis del desayuno son lo único que le da color a mi día. Soy un tipo duro que escribe poesía, oculta entre archivos godinez y porno gore. La cita es a la diez a eme; de una pila de archivos, un currículum maquillado espera en el buró a que lo elija. Hoy seré el gerente de ventas que desaparecerá si le piden referencias.
Mira, Adelina, que si mi cuerpo es mutable
hallará la manera de mantener diáfano
este corazón que no han tocado los años
que no ha expulsado más que sangre
Un examen sicométrico, un estudio socioeconómico, un dibujo de mí mismo y la prueba de aptitudes. Carajo, deberían pagar por esto, ahora un puñado de pendejos podrá saber mis fetiches, mis miedos y que soy vegetariano por convicción y no por hacer la dieta. ¡O era al revés? Todo eso sin que yo haya querido decírselos. Miro mi dibujo: las manos las dibujé escondidas y los pies muy grandes. Ellos dirán que no soy una persona de fiar y que tengo tendencias gays. La verdad es que si hubiera puesto demasiado empeño en las proporciones, me hubieran calificado de obsesivo e intolerante a la frustración, y, las manos... ¡a caso no es lo más difícil que uno puede dibujar?, unos dedos grotescos y deformes me hubieran evidenciado de quién sabe qué filia.
Se hunden mis pies en la tostada hierba de abril
y tú, te ves tan blanca, casi tornasol y liviana
Beatriz, Beatriz, tú nombre como un sello
en los dinteles de mi corazón...
Una casa limpia, vacía de amor y llena de libros. Hasta el culo de escondites, de pétalos de margaritas como confeti en las almohadas, de incienso de sándalo. Detalles imperceptibles en un panorama de contrastes; uniformes de cuero negro, botas repletas de picos, cinturones de hebillas toscas, gabardinas rojo carmesí, decenas de cajones y repisas hasta el borde de látigos y utilería sado. Maquillaje que sólo se consigue en la calle de Venustiano Carranza los días de Halloween.
Volver, siempre nos permite amarnos con primicia
en un rincón siniestro que después se vuelve hogar
depurar los recuerdos para convertirlos en nostalgia
y de este presente pretenderlo todo.
mi alma entronca con tu piel
como un prendedor que se encarna a tu guarida.
Ricardo, capricho eterno, capataz de mis días.
No puedo dejar de evocar aquél día de la entrevista. Estaba tan aturdido por la exigencia del ambiente, que terminé vomitando en el sicométrico, un arcoiris en pedacitos revuelto con leche Liconsa. Dormí en casa de mi madre, quien finalmente me aconsejó volver al bar dark. Así fue que acepté mi destino, entre frutilupis y mimos de la mujer de mi vida.