La travesía de Shōkei aconteció diez años después. Cuando Shōkei anunció su determinación de hacerse a la mar a nadie le sorprendió. De haber pasado su vida en el monasterio sin profesar nunca la fe en Fudaraku —la Tierra Pura de Kannon—, lo habrían honrado igualmente. Una vez se supo, su decisión fue considerada por todos acorde con su carácter. Esta reacción evidenciaba la gran estima que la gente tenia de aquel monje diminuto (tanto que un niño hubiera podido levantarlo sin dificultad), cuyo rostro exhibía las arrugas de diez años más de los que sumaba, y de ojos rebosantes de compasión.
A Konkō lo embargó la tristeza cuando supo la decisión de Shōkei, aunque sólo porque aborrecía tener que decirle adiós. Cuando consideraba que ya no volvería a escuchar sus tiernas palabras de ánimo, aquellas atentas y sentidas amonestaciones, la tristeza se le volvía tortura. Ni siquiera la separación de sus padres, que lo habían traído a este mundo, le parecía tan cruel.
Durante aquel verano, en las ocasiones, ya olvidadas, en que pudo conversar con él, decía Shōkei:
—Encontrar la muerte en la vasta extensión azul del mar debe de ser muy agradable.
—¿Morirá, reverendo? —preguntó Konkō, pues nunca antes había relacionado la travesía con la muerte en el mar. Ésta ocurriría, claro está, pero ¿no era el fin de todo aquello alcanzar la vida eterna tras el viaje?
—Desde luego que moriré —respondió Shōkei—, moriré en el mar y me iré al fondo, que por otro lado es tan extenso como la superficie, y me haré amigo de todos los peces. —Y se reía alegre como si tal idea lo llenara de alborozo.
Cuando embarcó en la playa, y por segunda vez al zarpar de la isla de Tsukinari, de hecho en todo momento, Shōkei sonreía. Los viajeros anteriores se habían hecho encerrar en un cajón afianzado al fondo del bote. Una cámara similar se instaló en su barca, pero él no entró en ella. Se sentó en la popa y la muchedumbre pudo verlo decir adiós con la mano. No derramó ni una lágrima, pero todos los presentes, ya fueran jóvenes o viejos, lloraban.
Shōkei preveía ahogarse en el mar, no el tránsito a la Tierra Pura de Fudaraku. ¿Por qué entonces emprendió el viaje a la mítica isla?
Konkō sólo podía contemplar una razón. Shōkei debía de estar convencido de que aquélla era la mejor manera de servir a Kannon. [...] La religión estaba casi abandonada y esto lo apenaba. Él debía ser la inspiración que devolviera la fe a las gentes.
Konkō estaba trastornado por la idea de que un monje tan sabio como Shōkei pensara que el paso a Fudaraku se reducía a morir en el mar. Eso no le bastaba. La contingencia de alcanzar la isla de Fudaraku podía no haber preocupado a alguien como Shōkei, que había logrado la iluminación, pero Konkō no podía estar satisfecho con un viaje que no entrañaba más recompensa que el irse al fondo del mar.
Inoue Yasushi












