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275: Travesía // Ni un minuto más de dolor
Ni un minuto más de dolor Travesía 1983, Ayuí (Bandcamp)
Travesía (trans. Crossing) was a Uruguayan folk pop trio formed in the early 1980s. Unusually for the time in Uruguay, the three women (Estela Magnone, Mariana Ingold, and Mayra Hugo) both sang and played their own instruments, and though they released only this single 1983 LP, they were much in demand as accompanists, lending their distinctive harmonies to some notable albums of the period. The trio met in an avant-garde-friendly Montevideo chamber choir, and their vocal style retains the technical precision they developed there, despite trading in the chamber for minimal arrangements of acoustic guitar, piano, flute, and harmonium.
Ni un minuto más de dolor (Not One More Minute of Pain) draws on a variety of influences, including Brazilian tropicália and the Beatles, but the results could often pass for a Cherry Red release or even something from the ‘00s indie pop revival. “Una canción gratuita” (“A Free Song”) has a bobbing piano figure and cutesy whistled outro that I could imagine the Shins working out, while the insistent chords and deconstructed arrangement of “Avalancha” faintly predict Spoon’s “The Way We Get By.” Just as Spoon’s unerring sense of rhythm allows them to strip their songs down to a sort of minimum viable arrangement and then work back up from there, the fact that Travesía’s harmonies easily carry their melodies a cappella frees them to use their instruments for elaboration rather than structure. This approach gives Ni un minuto más de dolor an ethereal quality, like ambling through a light mist.
Madrid’s Vampi Soul is a new reissue label to me, but between this one and Zulu’s self-titled (reviewed back in episode 239) I’ve been really enjoying the South American records they’ve unearthed. Working here alongside Uruguay’s Little Butterfly, they’ve done a great job with the sound and packaging, and I’ll have my eye out for more of their catalogue.
275/365
Travesía
...siempre reencontrándonos para después volver a secarse las presencias.
Sabemos que se aproxima el momento de perderemos otra vez y he tenido el presagio de que cuando nos reencuentre la travesía de nuevo, esta sería la última...
Daniel Villarreal
Extracto del escrito presencias secándose
Fiestas Patronales de San Isidro Labrador
El municipio de San Isidro festeja hoy lunes su santo patrono. Pero tiene previsto desarrollar diferentes actividades hasta fin de mes. El evento central será hoy lunes 15 de mayo, a partir de las 16, con el recorrido de la imagen del Santo por el casco histórico. Luego, a las 17:00, en la Catedral (avenida del Libertador 16200), tendrá lugar la Misa presidida por el obispo local, monseñor Oscar…
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(...) Pero los itinerarios inseguros se diseminan sin sentido preciso. Nos hemos vuelto nómades, sin esplendores en la travesía, ni dirección adentro del poema.
Ida Vitale
Travesía :: Ni Un Minuto Más De Dolor
Under the name Travesía, the trio of Estela Magnone, Mariana Ingold, and Mayra Hugo graced a handful of albums that defined the direction of Uruguay’s music coming out from under a dictatorship in the early 1980s. In the trio’s short lifespan, though, they released only one album–1983’s Ni un minuto más de dolor, the first Uruguayan record performed and arranged entirely by an all-female group.
La travesía de Shōkei aconteció diez años después. Cuando Shōkei anunció su determinación de hacerse a la mar a nadie le sorprendió. De haber pasado su vida en el monasterio sin profesar nunca la fe en Fudaraku —la Tierra Pura de Kannon—, lo habrían honrado igualmente. Una vez se supo, su decisión fue considerada por todos acorde con su carácter. Esta reacción evidenciaba la gran estima que la gente tenia de aquel monje diminuto (tanto que un niño hubiera podido levantarlo sin dificultad), cuyo rostro exhibía las arrugas de diez años más de los que sumaba, y de ojos rebosantes de compasión.
A Konkō lo embargó la tristeza cuando supo la decisión de Shōkei, aunque sólo porque aborrecía tener que decirle adiós. Cuando consideraba que ya no volvería a escuchar sus tiernas palabras de ánimo, aquellas atentas y sentidas amonestaciones, la tristeza se le volvía tortura. Ni siquiera la separación de sus padres, que lo habían traído a este mundo, le parecía tan cruel.
Durante aquel verano, en las ocasiones, ya olvidadas, en que pudo conversar con él, decía Shōkei:
—Encontrar la muerte en la vasta extensión azul del mar debe de ser muy agradable.
—¿Morirá, reverendo? —preguntó Konkō, pues nunca antes había relacionado la travesía con la muerte en el mar. Ésta ocurriría, claro está, pero ¿no era el fin de todo aquello alcanzar la vida eterna tras el viaje?
—Desde luego que moriré —respondió Shōkei—, moriré en el mar y me iré al fondo, que por otro lado es tan extenso como la superficie, y me haré amigo de todos los peces. —Y se reía alegre como si tal idea lo llenara de alborozo.
Cuando embarcó en la playa, y por segunda vez al zarpar de la isla de Tsukinari, de hecho en todo momento, Shōkei sonreía. Los viajeros anteriores se habían hecho encerrar en un cajón afianzado al fondo del bote. Una cámara similar se instaló en su barca, pero él no entró en ella. Se sentó en la popa y la muchedumbre pudo verlo decir adiós con la mano. No derramó ni una lágrima, pero todos los presentes, ya fueran jóvenes o viejos, lloraban.
Shōkei preveía ahogarse en el mar, no el tránsito a la Tierra Pura de Fudaraku. ¿Por qué entonces emprendió el viaje a la mítica isla?
Konkō sólo podía contemplar una razón. Shōkei debía de estar convencido de que aquélla era la mejor manera de servir a Kannon. [...] La religión estaba casi abandonada y esto lo apenaba. Él debía ser la inspiración que devolviera la fe a las gentes.
Konkō estaba trastornado por la idea de que un monje tan sabio como Shōkei pensara que el paso a Fudaraku se reducía a morir en el mar. Eso no le bastaba. La contingencia de alcanzar la isla de Fudaraku podía no haber preocupado a alguien como Shōkei, que había logrado la iluminación, pero Konkō no podía estar satisfecho con un viaje que no entrañaba más recompensa que el irse al fondo del mar.
Inoue Yasushi