Título: Linaje
Autor: Gabriela Bejerman
Editorial: Mansalva
Soporte: Físico
Resumen: hermanitos que terminan la adolescencia en los 80s (creo soy mala para ubicarme en esos tiempos por las referencias) y sin proponérselo siguen prologando la estirpe de pibes bien.
Feria del libro 2016, stand de mansalva y un par más de pequeñas editoriales independientes.
Creo que esta cita describe muy bien la esencia de los pibes. “Irene y Pier habían sido criados con el sentimiento de que nadie les debía nada, ni ellos a los demás. Sus padres venían bombeando amor de una fuente eterna, anterior a la sed y ésa era una bebida inagotable. Cuanto más bebieran, más habría. Quizá era esa la fuente la que los conducía a la sed, y en su avidez, daban”. Los personajes están más que bien, entendemos bastante por qué son como son desde el vamos y mientras se van desarrollando en el libro más aún. Gusté.
Lo leí a los pedos, no sé si tanto porque la historia es genial sino más por el morbo que se promete en toda la historia nunca llega(ba) y bueno uno quiere saber. De todas formas creo que el buen manejo de dejarnos manija y dejarnos ver un poquito de lo prohibido es lo que hace al libro un libro apto para recomendar. Se disfruta como se disfruta un helado un día de mucho calor, rápido para que no se derrita y que calme las altas temperaturas y ya. Un placer pasajero.
El final medio que me dio paja pero no un nivel que me haya hecho pensar que perdí el tiempo. Me hubiera gustado otra cosa, o mejor dijo otro como para llegar al final, pero no estuvo mal.
Ah, detalle, esta chica tiene un talento que vale descatacar a la hora de contar escenas de sexo sin que sean simplemente porno. Hay cierta delicadeza que hace que todo sea hermoso. Ejemplo claro en la parte cita.
Había más citas, pero estoy vaga y prometí esta.
“Cada rito sexual comenzaba así de inhóspito. Su sigilosa delgadez le daba miedo, su lengua desbocando un animal feroz le daba miedo, también la forma en que lo acariciaba como ejecutando un instrumento. Pero si ella entreabría las piernas desnudas, él iba a esconder ahí su mano, y de a poco entraba en el festivo, húmedo calor donde su dedo era pródigo. Su mano afianzaba fuerza lujosa, que al resto del cuerpo propagaba un frío de encías. Los labios empezaban a abrírsele, recién entonces era preciso besarla. Ella sabía esperar para ganar su lengua y la docilidad de un beso terso, contagioso. Y frutas se iban volviendo, se comían. Ahora ella podía beberle de a sorbos la piel, hurgar hundidos huecos y morder tenso entre huesos. Él no hablaba jamás, parecía que sus ojos estaban a punto de decir algo, pero parpadeaba, crucificado en un silencio por cuyas rendijas se colaban suspiros bajos, por fortuna incontenibles. Ella ardía y pedía, ¡cómo lo ungía con palabras! Trepaba por la sexual cólera con rapidez de insecto y afán torrencial. Incendiaba sílabas, los labios escupían flujo, la saña de una injusticia se encarnizaba en su sexo. Al final ella rugía inclemente su frenesí, con un grito arrancaba de raíz lo insidioso del bulbo. Él empuñaba sus muñecas, el ceño fruncido, único ese sostén para la radiante salvación hacía la luz de olvido y puro coxis”.