“A veces me sofoco en casa y me da loca de huir, desaparecer, volar como un pájaro. Ya lo dijo el pajarero: vivir aquí es como vivir en una jaula. Una jaula dentro de otra jaula dentro de otra jaula. La casa, el campamento, la pampa. El único cambio que siento al salir a la calle es pasar de la sombra al sol, lo demás es lo mismo, en la casa, en la calle, en la pampa toda. El mismo silencio, la misma soledad, el mismo sentimiento de angustia vaciándose viscoso por el agujero de mi pecho. Cada vez que a la hora de la siesta —cuando mis hermanos no están y mi madre es una animita en su silla de mimbre— me despego de mi máquina de Singer y salgo a enterar alguna costura y no hay un alma en la calle, siento como si fuera un espectro, y este el último pueblo de un mundo abandonado. El único instante en que me siento viva y humana, y mujer, es cuando paso frente a la casa donde vive él, mi amor secreto, el único motivo por el que no me he tirado a un pozo o no me he hecho volar con un tiro de dinamita, como hacen los mineros. Su casa es lo único que alegra este paisaje y, aunque es igual a las otras, cada día me parece verla por primera vez. Lo demás -la calle, el horizonte, el cielo siempre azul- se me ha grabado a perpetuidad en las pupilas. Puedo cerrar los ojos y los sigo viendo. Siempre lo mismo. Es como un sueño inmóvil, un sueño tan triste como el que de un tiempo a esta parte me viene siguiendo como una mala sombra, un sueño en donde la oficina, de un día para otro, sin previo aviso, paraliza sus faenas y la gente se tiene que ir y se va, se va con sus perros, con sus gatos, con el recuerdo de sus muertos dejados en estos cementerios que son como corrales. Entonces, Desolación se convierte en otro caserío fantasma como las decenas que ya pueblan las peladeras sulfúricas de este desierto del diantre, y se oye al viento aullar por los agujeros de puertas y ventanas como un perro de otro mundo, y yo, junto a mi madre y mis hermanos, sin tener donde ir, nos quedamos aquí, solos, como ánimas en pena, solos, sin tener con quien hablar, con quien llorar, a quien coserle ropa, porque ya no hay obreros a quienes zurcirles camisas ni hay niños a quienes remendarles mamelucos ni hay novias a quienes coserles el vestido de novia, y, luego, lo más terrible de todo, como un sueño dentro de ese mal sueño, comienzan a desarmar las casas, a desmantelarlas una a una, a vender los materiales como chatarra, a tanto el kilo de lata, el kilo de palo, el kilo de fierro oxidado, y yo, mi madre y mis hermanos nos quedamos a la intemperie en mitad de la pampa, en medio de la nada, a merced del sol, a merced del viento que comienza a azotarnos, a castigarnos con esquirlas de arena, a cubrirnos lentamente, inexorablemente, verticalmente, hasta dejarnos convertidos en dolientes figuras de salitre”.
Hernán Rivera Letelier “El vendedor de pájaros”











