Conteniendo una sonrisa, Adam elevó sus cejas en un gesto travieso y casi cuestionador. De cierta forma, esperaba una respuesta como aquella por parte de la castaña, no era la primera vez que irrumpía como si nada y se quedaba aún por más tiempo solo para molestarlo. Sin darse la vuelta todavía, escucho los viejos resortes de su cama chirriar.–Y tú debes aprender a respetar la privacidad de otros, uhm.–replicó, abrochándose los pantalones y tomando una camisa limpia de su cómoda.–Al menos que yo pueda hacer lo mismo contigo. Ahí sería otra cosa.
—Estás diciendo eso sólo porque quieres entrar cuando me estoy cambiando o algo así… y no es que yo te lo impida, si tú no sabes forzar cerraduras es otra cosa totalmente distinta —. Aseguró la joven italiana, elevando las comisuras de sus labios ligeramente en una sonrisita divertida. Recostó su cabeza en la almohada y juntó sus manos sobre su estómago, quedando boca arriba y así observando directamente hacia el techo, sin intenciones de ver al castaño cambiarse ni nada parecido. —Te estás arreglando demasiado, ¿tienes planes, verdad? —. Inquirió, dirigiendo sus orbes café como pudo hacia el castaño.