Sólo basto de un vistazo breve (segundo crucial donde distinguió dorso foráneo y error propio) para que la realidad le diese una cachetada, advirtiendo que todo el arduo trabajo (gracias a las muletas que todavía arrastraba) que había hecho para llegar a su destinada habitación había sido en vano, pues, orientarse en semejante estructura era algo de lo que aún no podía catalogarse una experta. La experiencia de vagar hasta dar con la escena infortunada, fue asociada de inmediato con la sensación que a uno le invade cuando deja caer sus parpados y camina a ciegas. “Oh, lo — perdón” La torpeza reinó en su voz en eso que el pórtico volvía a cerrarse frente a sí; demasiado humillación cargaba consigo misma por semejante fallo como para obsequiar una disculpa aún más extensa que aquella.
Encuentra la escena por pura casualidad, coincidencia divina que logra plasmar fácilmente una sonrisa en su expresión. No disimula la gracia tras ver a la seleccionada retomar su camino, sus pasos se apresuran a adquirir velocidad para acoplarse a los ajenos: “Rowan,” susurro, intento de llamar la atención deseada sin producir demasiado ruido (por cortesía a los que se encontraban en sus respectivos dormitorios en ese instante, a cada lado del pasillo). “¿en la habitación de quién te querías colar? ¿Tan mala compañía te asignaron?” no cruza su mente la idea de pretender ignorar lo previo como favor a una mente que, quizá, prefiera olvidar lo hecho. Por el contrario, la sonrisa portada parece expresar que no tiene ninguna intención de soltar.















