¡Humildad, hermanos! Desengañémonos. Por lo visto, así es el amor del hombre, y todos somos hijos de lúbricos ejercicios. No hagamos aspavientos, y disfracémoslos, por dignidad meramente burguesa, con delicados motivos humanitarios, y con la literatura de los trémulos juramentos; y, sobre todo, con mutuas ternuras de corazón a corazón. Pues, de hecho, estas costumbres son milenarias.
El amor del hombre | Pere Quart












