Enrico Castelli, «Introducción» en De lo demoníaco en el arte. Traducción de Humberto Giannini.
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Enrico Castelli, «Introducción» en De lo demoníaco en el arte. Traducción de Humberto Giannini.
In his essay on blasphemies & the language of anger, discussing how the sounds of words often matter more than their definitions, Humberto Giannini says that Bertrand Russell once insulted an overcharging greengrocer by spitting out this insult: "Parallelepiped!"
Es un hecho que nosotros, ciudadanos de estas ciudades del sureste de América, en el trayecto diario de nuestra historia personal, nos encontramos con la realidad del bar: una realidad-tropiezo en la ruta habitual, una realidad transgresora a las normas del trabajo, del domicilio e incluso, a las de la vía pública. ¿Cuál es el significado de esta realidad transgresora? Abrir fuera del espacio y del tiempo mundanos, la posibilidad, como decíamos, de que la comunicación que se arrastra se vuelva comunión. Intentar de cualquier modo, sacar fuera, hacer común, esa intimidad que sofocada nos arrincona en el mundo como una colección de soledades afanadas. Tal vez, eso.
Humberto Giannini - El bar
La “reflexión” cotidiana. Hacia una arqueología de la experiencia
Por lo pronto, la marginalidad es también un carácter de su estructura interna: en el bar no hay centro alguno que arme y configure su espacio interior (ni hablar de un tiempo común). Todo está, por decirlo así, desfocalizado; todo tiende a convertirse en rincón, a arrinconarse. De tal modo que al entrar, lo primero que se percibe es el murmullo de voces de muy distinta procedencia espacial, de muy distintos tiempos (ritmos): núcleos de comunicación, arrinconado cada cual en lo suyo, pequeños universos conversatorios cerrados.
Humberto Giannini - El bar
La “reflexión” cotidiana. Hacia una arqueología de la experiencia
Cuando traspaso la puerta, el biombo, o la cortina que me separa del mundo público; cuando me descalzo y me voy despojando de las imposiciones y máscaras, abandonándome a la intimidad del amor, del sueño o del ensueño, entonces, cumplo el acto más simple y real de un regreso a mí mismo; o más a fondo todavía: de un regressus ad uterum -es decir, a una separatibilidad protegida de la dispersión de la calle -el mundo de todos y de nadie-, o de la enajenación del trabajo
La “reflexión cotidiana”. Hacia una arqueología de la experiencia. Humberto Giannini
Sra Chayo es mi abuela, tiene 80 años y una verborrea imposible. Llegó desde Linderos a Santiago siendo una niña y en el día del trabajador; como no hubo locomoción esa noche, debió caminar con sus hermanas y madre desde Estación Central hasta Villa Francia, donde un tío las recibiría.
Trabajó desde los 15 años y no pudo terminar su bachillerato porque había que ganarse los pesos. Entonces lo terminó de noche, ya mas entrada en años. Luego de un turno en oftalmología en el Hospital Salvador y de otro turno en una consulta particular, se lanzaba a correr por las calles para llegar a la Alameda a la hora. Con las medias corridas y un pan bajo el brazo asistía día a día a la escuela nocturna del Instituto Nacional. Allí conoció a mi abuelo Amador, que era el conserje de los laboratorios de química y a un par de pelafustanes que luego de ser amigos, se convertirían en esposos de mis tías abuelas.
Siempre cuenta que gracias a su profesor de filosofía (que tenía casi su edad) supo lo que eran esos libros difíciles ‘que no contaban ninguna historia’, que era tan buen mozo y cuenta también cómo se ganó el apodo de la ‘Señorita por qué’. A pesar de que no saliera del cuatro –relata ella- le encantaba escuchar, pero también cuestionarlo ‘porque una nunca se lo tiene que creer todo’. Entonces cada vez que ella se pregunta –en la sobremesa- por qué yo me dediqué a escribir, a estudiar filosofía, siempre se lo atribuye a ella misma: ‘Eso lo sacaste de mi’ dice la patuda. Lo raro es que siempre lo dice con seguridad.
Pasaron años. Yo me fui de la casa de mi mamá, viví sola, me enfermé y volví a vivir en familia, pero esta vez con mi abuela. En el cambio de casa me llevé mi biblioteca fundamental. Un día de mudanza, mientras me pasaba un paño para limpiar el estante, se quedó mirando el libro que quizá más he consultado en estos once años de estudio disciplinar. ¡Yo conozco a este escritor! ¡Es mi profesor! A borbotones comenzó a discursear. De lo que dijo, me acuerdo dos cosas: una, que le encantaba como se vestía y dos, que gracias a él, ella entendió la responsabilidad que conllevaba estudiar en la universidad (donde ella nunca estudiaría pues le tocó trabajar para que sus hermanas si pudieran hacerlo): ‘La Universidad es algo enserio, no es un juego; anda a clases’.
Desde ese momento hay un nombre y un libro importante en mi biografía: “Esbozo para una historia de la filosofía”, que es también el primer libro que robé. Lo robé luego de consultarlo tres veces durante mi primer año de universidad. Lo extraje desde mi colegio. O sea, quiero que lo entiendan: volví por él al mundo monjeril, me metí en la biblioteca, metí el libro debajo de un chaleco y no regresé jamás.
En este momento estudio para mi defensa de tesis y me acabo de enterar que ese profesor que le permitió a mi abuela pensar y le respondió sus más torpes y/o ágiles preguntas ha fallecido. Nunca lo conocí, ni él a mi. Claro… lo leí, escuché lo que mis profesores han dicho sobre él. Pero nada, ni en pelea de perros; porque no soy una gran seguidora, ni una gran fan de nada. No sirvo para eso. Sin embargo, desde la certeza del anonimato y el desinterés, tengo ahora otra certeza: esta gratitud que siento al haber educado a mi abuela y, a través de sus libros -claros, clarísimos en tiempos de postmodernidad- a mí.
Pienso en él y descubro algo que no sé si todos los profesores ponen (o, seamos justos, tienen tiempo de poner) en práctica. El educador que educa por igual –en la atención, dedicación y rigurosidad- obtiene frutos no sólo en la generación que enseña, sino que también en las futuras. Cuando decidí estudiar filosofía, ella fue la más feliz, ella dijo “Si”, ella dió el permiso final. Ahora, luego de tantos años, veo como mi relación con esta disciplina está tejida desde antes y que, el primer dedal de lana la urdió él.
Gracias Humberto Giannini. Mi abuela atesora el recuerdo de su escuela nocturna con reiteración y nostalgia. Yo aún atesoro mi primer libro de filosofía.
Santiago, 25 de noviembre del 2014