"A Gentle Kiss" --rolls away(?)--
Send “A Gentle Kiss” for My Muse’s reaction to Your’s coming over and randomly kissing them softly on their lips.
Quién le iba a decir que a estas alturas y teniendo en cuenta su rara forma de ser, acabaría entablando una amistad con el chico que trabajaba en la cafetería de enfrente de su floristería. Bueno, a ver, no es que no tuviera otros amigos, conservaba algunos del instituto, pero solo tres de estos podían considerarse amigos; los otros eran colegas. Pero por lo visto, sonó la flauta y cuando quiso darse cuenta, pudo añadir a Thomas a su lista de amigos. El que todavía frecuentara la cafetería, que para verse solo tenían que cruzar la calle, y que ambos no vivieran muy lejos del otro, había ayudado bastante.
Vivir solo estaba bien, de hecho era genial por todo eso de sentirte independiente, tener total libertad, poder pasearte en calzoncillos sin que tu madre te gritara… pero a veces llegabas a sentirte solo, a pesar de tener plantas y florecillas. Tú podías hablarles, de hecho eso les ayudaba a crecer, pero obviamente no obtenías respuesta. Y en ocasiones te sentías como un tarado.
¡Pero eso se había acabado! Ya no tenía que esperar a que sus padres o hermana se dignaran a hacerle una visita, o tener que chuparse media hora de tren para ir a pasar un fin de semana con sus amigos en el caso de que pudieran. Los que no estudiaban, trabajaban o habían quedado con la novia, así que costaba un poco organizar una quedada… Era lo malo de hacerse mayor. No obstante, como había dicho, ¡esto ya no tenía que preocuparle! Ahora podía acudir a Thomas para no sentirse como un asocial.
Si bien el muchacho parecía haberle agarrado más confianza de la que Ian le había agarrado a él y a veces no se callaba ni debajo del agua, era entretenido pasar el rato con él. Mas si tuviera alguna quej—si tuviera que elegir una de las quejas que tenía, diría que lo que más le incomodaba era lo de que el castaño no parecía saber qué era eso del espacio personal. No importaba cuántas veces le dijera que él no era alguien al que le gustara demasiado recibir o dar abrazos, o el contacto físico en general.
Un ejemplo muy bueno, era la situación en la que se encontraban.
Aprovechando que era domingo (¡oh, bendito día de hacer el vago!), decidieron quedar en casa de Ian para el típico plan de sofá, película, palomitas y mantita, dado que empezaba a hacer frío.
El caso es que al principio todo bien, ambos sentados en el sofá con los pies encima de la mesita de enfrente, con las piernas cubiertas por la manta, y con el bol de palomitas en medio de los dos. Pero en un momento dado Thomas cogió dicho bol para ponerlo en su regazo y así acortar las distancias hasta quedar, literalmente, hombro con hombro. Por más que Ian se quejara y le obligara a “echarse pa’llá”, poco a poco el castaño iba moviéndose disimuladamente hasta volver a robarle el espacio, encima utilizándole como almohada ya que el tío se recostaba contra él como si nada.
Como era común en él, dejó escapar un sonido raro, mezcla de un suspiro de resignación y un gruñido de molestia. Llegaba un momento en que no le quedaba más remedio que callar y aguantarse. Pero, ¡claro! Thomas no contento con interrumpirle la película por tener que regañarle a cada rato, también se la interrumpió cuando de golpe le llamó por su nombre, a lo que Ian volteó un poco el rostro para poder mirarle.
Podría decir que había sido un accidente, pero sabía que no, que no había sido simple casualidad que por culpa de ese movimiento los labios de ambos hubieran quedado unidos. Lo sabía por el hecho de que se trataba de Thomas, y porque el maldito, más allá de apartarse, se quedó quieto y haciendo una leve presión.
Ah, genial, su primer beso en dos años y era con un tío.
Rojo como un tomate (porque así era Ian, con mala leche pero vergonzoso como un chiquillo), se apartó bruscamente para quedarse mirando a ese aprovechado, con el ceño fruncido y sin saber qué hacer o decir… hasta que vio aquella sonrisa de entre victoriosa e infantil. Ahí su cuerpo se movió solo, llevándose la mano a la espalda y sacando el cojín que había debajo, estampándoselo en la cara.
—Eres-un-idiota.—Gruñó, mientras aguantaba el cojín contra el rostro de Thom, el cual movía las manitas pidiendo socorro (?)
¿Algún día se acostumbraría a aquellas situaciones? Por su salud mental, y sobre todo, por la salud física de Thomas, esperaba que sí.