El ajetreo dentro de sus labores era fastidioso si en algún momento uno quería hallar algo de tiempo libre, sin embargo, en aquella fecha tan especial no podía dejar que un detalle como ese afecte al importante hecho que se celebraba. Al menos el Mayor General pensaba de esa manera y, debido a eso, terminó ingresando a la oficina del azabache. Era una labor complicada convencerlo de hacerle caso en algo que dijera, aun cuando su relación no era la misma que cuando recién se conocieron --hace tantos años--, siendo camaradas, todavía era algo que no podría catalogar como sencillo.
Contra todo esos pensamientos, finalmente pudo lograr que se colocara de pie y Shinya aprovechó para poder colocarse tras él y cubrirle los ojos. El otro reprochó, lo esperaba. Sabía que no le sería grato andar caminando cuando el rubio le impedía la visión, mucho menos cuando no paraba de soltar pequeñas risas por su actitud renuente a todo eso, pero esperaba que al llegar, valiera la pena.
Esperaba no convertir aquello en algo realmente cursi, pensaba inevitablemente en eso mientras le guiaba a ciegas hasta la azotea del edificio. Cada vez que llegaba ese especial 28 de agosto, tenía pensado prepararle algún presente. Sin embargo, los años pasaban y lo material había ido perdiendo valor. Un gesto, una sonrisa, una noche juntos era algo mucho más atesorado por ambos ahora que permanecían en ese terrible mundo en donde sobrevivía el más fuerte.
Nada era como cuando se vieron por primera vez en esa escuela, cuando el de ojos azules lo atacó. El despreciado Ichinose terminaría siendo alguien muy preciado por uno de los Hiragis más importantes, aunque no lo fuera por sangre... Y quizá era esa la razón de su cercanía. Compartían ideales, opiniones, fuerza, batallas...
Así cuando el teniente compartía caricias y sonrisas cómplices. Había llegado a la conclusión en que la existencia dentro de ese mundo no tenía ninguna finalidad u objetivo real si terminabas completamente solo. Una compañía era importante, alguien que esté a tu lado; te diga tus verdades y esté dispuesto a darte un empujón cuando las cosas parecieran que fueran a hundirse por completo.
---Hemos llegado ---le murmuró al oído, sonriente. Colocó su rostro en dirección al firmamento. Pasados tantos años sin la contaminación de la ciudad, el cielo había recobrado su aspecto natural y una hermosa lluvia de estrellas acompañaba a su reina la luna.
Esa persona especial era él.
El Hiragui volvió a observarlo, manteniendo su sonrisa en su faz. Si podían mantener un momento a solas y especial para ambos, que sea aunque sea en el cumpleaños de aquel que alumbraba sus días en la oscuridad del Apocalipsis.
---Siempre pienso en nuestro primer encuentro y a dónde hemos llegado ---comenzó a decir, las palabras fluían naturalmente por entre sus labios---. Mira eso ---indicó el fondo de la ciudad destruida, con un gesto de su cabeza---. El Apocalipsis siempre nos recuerda que aún vivimos en él, sin embargo, yo solo llego a recordar que ahora lo paso con alguien. Esa persona lucha al igual que yo, podría confiarme su vida así como yo la mía a él, tiene una pésima personalidad pero un corazón difícil de encontrar entre tanta podredumbre dentro de nuestra existencia ---. No quiero perderte ---. Y, como en ese verano, la luna realmente es hermosa cada vez que la veo con él.
Buscó su mano y la entrelazó con la propia. Aún sobre la tela de los guantes, la calidez de su cuerpo podía contrarrestar el frío del inicio de la madrugada.
---No podría verme con nadie más en este miserable mundo, me aseguraré de no perderte. Siempre te cuidaré el trasero ---su sonrisa se ensanchó un poco más, riendo de nuevo. Su rostro se acercó y juntó sus frentes para poder deleitarse cada vez más de los hermosos ojos amatistas que a veces lo observaban con tanto amor.
---Feliz cumpleaños, Guren. Quería decírtelo bajo la luz de esa misma luna ---murmuró, contento, antes de acunar el varonil rostro en sus manos y depositar un suave beso sobre los labios suaves como terciopelo, antes de susurrarle un “Te amo” entre sus belfos. Un par de palabras que seguían haciendo su corazón saltar y fundirse en un mar de emociones increíblemente cálidas junto a ese hombre que le seguía dando motivos para existir y luchar junto a él.