Preguntas Que Activan
Es noche de viernes, llegamos a la plaza del ayuntamiento de Igualada en plena celebración del European Ballon Festival, y parece como si allí, en mitad, acabara de aterrizar un globo aerostático. Hay mucha gente alrededor. Nos acercamos y vemos que no, no se trata de un globo, sino una gran cúpula multicolor de tela a la que entramos por una rendija con forma de almendra. Dentro los moixiganguers, el grupo casteller de la ciudad, está levantado un pilar de 4 alturas.
Aplaudimos y damos una vuelta inspeccionando el interior. No hay ningún tipo de estructura que sirva de sustento. Solo descubrimos dos pequeños ventiladores, situados en la parte contraria a la entrada, que con su aliento, parecen ser los encargados de mantener en pie el iglú. Vemos también unos saquitos con tierra distribuidos por el perímetro para fijar la tela al suelo.
Jordi Enrich, diseñador y profesor de la escuela de arte Gaspar Camps, cuenta que el primer vuelo en globo fue un regalo. Mientras contemplaba desde la altura el paisaje y la ciudad, que cada vez se parecían más a una maqueta gigante, preguntó al piloto: ¿Y qué pasa con la tela del globo cuando ya no sirve para volar?
Las preguntas como motor de la innovación. Es famosa una pregunta de los tiempos analógicos, la que le hizo a Edwin Land su hija de tres años "¿Por qué tenemos que esperar para ver las fotos?" . Land respondió al principio con la clásica suficiencia paterna, "para poderlas ver tenemos primero que revelarlas, cariño". Pero la respuesta no apaciguó la insatisfacción de la niña. "¿Por qué no podemos revelarlas ya?" Y Land contagiado por esa impacienza por ver los resultados de inmediato, se embarcó en un largo camino de pruebas y esfuerzos que culminó en 1948 con la invención de las cámaras instantáneas Polaroid
Ser capaces de cuestionarnos el presente, de ampliar los límites de la mirada. Las preguntas que activan. Todo envejece, todo se gasta. La vela de los globos tienen una vida útil de entre 600 a 800 horas de vuelo, de 7 a 10 años de vida, después el tejido empieza a volverse poroso y ya no se puede utilizar para volar. ¿Qué hacer con esa inmensidad de material destinado a la basura?
Jordi Enrich empezó a darle vueltas a esa pregunta, vueltas a la vela de un globo que puede llegar a los dos mil metros cuadrados de tela, y comenzó a imaginar unas construcciones efímeras, unas carpas nómadas, un iglú de vent.
Nuestra experiencia es que estar dentro de un iglú de vent transforma radicalmente las sensaciones y las emociones respecto a habitar ese mismo espacio descubierto. El interior del iglú produce una fascinación calmada, hipnótica...
Nos encontramos con un amigo fotógrafo que nos avisa de que llega la hora de recoger el iglú y nos señala a algunos ayudantes que ya están levantando los saquitos de tierra. "Atentos", nos dice y vemos como agarran la tela desde el extremo contrario a la puerta y tiran.
Hay un breve y hermoso instante de caos cromático, de intenso oleaje silencioso, mientras la cúpula cae a un lateral en un gesto que recuerda al de un mago, retirando un velo para que la audiencia compruebe que el conejo blanco ha desaparecido.
En este caso, la magia ha consistido en dar respuesta a una pregunta.
Tomás Yambria
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