La escena, surgiendo lábil de la sombra,
inconsciente como un niño dormido de viñeta.
Se alza la niebla, se dispersa. Mazos de juncos,
meciéndose en el aire matinal, bajan por el río.
¡Qué adusto abre el día entre rostros soñolientos!
Mas la juventud es severa. Tocando el alma
daña al prójimo, tinta en sangre como los juncos.
Los despojos de la juventud son más tristes que yo.
Mi remendado corazón es un fruto serondo
que los pájaros pican, presto a caer.
Se ve que he de morir, para desocupar mi silla,
dejar mis muletas en la orilla: Japón está abarrotado.
Pero morir —enturbiando el agua
de rouge— no es más fácil que vivir.
Trabajé de mala gana. Primero, por pan,
luego hurgué sin objeto en un pecio,
buscando a un ahogado. Perseguí las aves
que remontaban tras los juncos secos.
En este mundo inicuo donde se fornica
para perdonar y se mata para afirmar,
tales amantes y soñadores parecen inmaduros
como niños incapaces de ceder un juguete.
Los juncos crecen densos, ya aterrados, ruidosos,
ya callados, extáticos, cercándonos por completo.
Cada primavera sin falta los juncos rebrotan,
levantando ondas en nuestro arrasado Japón
como una salamandra al fondo del pantano.
Ah, los que medran felices no dejan sitio
entre frasca, tallos quebrados y marañas.
¿Qué nos pesa más la desgracia de los cuarenta
o la juventud de estos cincuenta? Sea cual sea,
el mundo está lleno del clamor de yanquis y bárbaros
emprendedores que vierten cemento en nuestros lomos,
entre nuestras individualidades, nos alumbran
del muro que nos cerca, de que sólo valemos por manojos.
Pavimentan muerte sobre los mazos de juncos, pálidos, airados,
sobre los que tratan de esquivar el destino, los descontentos,
infiltrando atroz inhumanidad.
Tal se extiende la noche, desde donde estoy.
La tiniebla del hombre comienza. Y los juncos arden
salpicando centellas sobre los que huyen
con los cabellos ya inflamados. Ardiendo,
sí, los juncos exploran. Hasta donde el fuego alumbra
a través de las venas de las hojas en tongadas,
tratan de averiguar algo remoto,
demasiado lejano para alcanzarse, inmutable:
el vacío antes de la aparición de un dios
distinto a los anteriores, el claro del alma
iluminado por el relámpago en la oscuridad.
Y camiones ardiendo junto a una calzada brillante.
Los juncos en torno
buzan en el negro cielo.
Las estrellas lucen
singulares esta noche.
Una suave brisa pasa
sobre los juncos;
las estrellas guiñan
en la lejanía.
Estrella fugaz...
cerilla prendida
que un paria arrojó
noche negra adentro.