Fragmentos
Siento que mi vida es como un aro, siempre vuelvo a lo mismo. Realmente, ya no tengo remedio, pero me gustaría compartir una breve historia de amor generalizada, porque tiene capítulos bastante largos, pero que me marcó de una manera muy especial, y aunque no fue la mejor, fue muy linda.
Aquel era uno de esos días donde el ánimo se encuentra por el subsuelo y lo único que se e cruza a uno por la cabeza es alejarse por un rato de ese refugio construido por las cuatro paredes que nos separan del mundo real en el cual nos encerramos a llorar patéticamente por desgracias insignificantes que derrumban nuestro mundo ficcionario donde todo es feliz, perfecto, y donde el tipo que más amé en la vida por cuarta vez en el año vendrá a pedirme perdón y podremos ser felices, está vez, definitivamente. Obviamente, aún no había sucedido, pero, era de esperarse puesto que ya se había vuelto una costumbre irremediable. Ni siquiera estábamos en julio y ya se había mandado tres de las peores, superando el doble del año anterior. Y yo, ser humano carente de sentido común y amor propio, volvería a caer en sus brazos de nuevo. Dejando de lado el rodeo verbal que tanto me caracteriza contaré que sucedió aquel día cuando mi tristeza pesaba tanto que incluso sentía que había engordado unos 15 kilogramos, mi maquillaje solo me molestaba y mi boca solo se abría para beber el trago que tenía entre mis dedos, que no recuerdo que era. Estaba parada a unos cuatro o cinco metros de mi grupo de amigos, que se divertían y bailaban de lo mejor, más de la mitad ya ebrios, con una tipa que me arruinó la vida cuando tenía aproximadamente seis años. Y vale aclarar que tampoco tengo 15 en estos momentos. La cuestión es que yo observaba con mi mejor cara de muerte a esas personas que sentía que me habían traicionado por haberme mentido y llevar a esa tipa con nosotros, y luego, sentí que no se merecían mi amistad al disfrutar con ella la noche mientras yo sufría como una condenada por mi reciente corazón roto. Sostenía el vaso entre mis manos y cada tanto lo acercaba a mi boca para beber eso que sabía más amargo de lo normal. De momento, sentía ganas de moverme al compás de la música pero sentía que no le estaba siendo fiel a mi sufrimiento.
Luego de cinco canciones remixadas y alrededor de tres trozos de hielo derretidos en mi vaso se me acerca un tipo con cara de galán.
-¿Esperando a alguien?- Pregunta a lo que respondo inmediatamente con un gesto de negación sin disimular la más mínima sonrisa.- ¿No te gusta este club?- Y esta vez a falta de respuesta mía singue insistiendo-¿Te puedo invitar un trago?
Niego. El tipo se va, pero me sonríe como disculpándose. Estuve a punto de pedirle que no se vaya, que me comprara el trago y que me escuchara por dos horas relatarle sobre mi desastroza vida mientras él rogara por ver a otra chica a la que sí pudiera llevar a su casa. Pero ya se había ido… Como era de esperarse, hubo otro tipo con cara de galán, este también parecía un poco más viejo que yo, como el primero, pero con una mirada más con tinte adolescente. Y no miento. La diferencia es que a este tipo sí lo conocía, o al menos tenía idea de quienes eran sus amigos. Pueblo chico, infierno grande…dicen.
Me sonrió y mencionó mi nombre, no sabía si en forma de pregunta o de saludo, asiento. Se reía. Ya puedo imaginar todas las cervezas que tiene encima.
-¿Sabes quién soy yo? – Obviamente, respondí su nombre.
Pensé en el lado positivo. Ya tenía con quien desahogarme. Y aunque suene un poco egoísta no era mala idea, un borracho que se te acerca a hablar solo se va detrás de una minifalda que revele unas buenas nalgas o porque tiene ganas de vomitar. Pero ninguna de esas dos cosas sucedieron esa noche. Hacía mucho frío fuera del club, pero había aceptado salir con él a charlar, necesitaba al menos decirle a alguien que mis amigos me habían cambiado por la tipa que odio, ya que el barman no era buena idea porque en este caso era una mujer gorda de unos 45 años que ayudaba a juntar plata para sus hijos, y me iba a sugerir que me fuera o que sedujera a alguien, y no soy de ese estilo. Tampoco quería irme sola. Por eso me encontraba caminando hacia el lado del río con un chico que sorprendentemente había bajado su borrachera al dejar el club pero seguía con una lata de cerveza en la mano. Lo raro es que yo vivía para el lado contrario y detestaba caminar. La primer razón por la que acepté era porque esperaba que el tipo que me había pinchado el globo donde flotaba de mi ilusión de amor verdadero nos viera. La segunda era que el que caminaba a mi lado me había insistido unas cinco veces para que fuera con él. Y la tercera era que me miraba como si patéticamente estuviera entregado a mí. Y estaba segura que en gran parte era efecto del alcohol, y también estaba segura de que yo me veía así mirándolo a Fernando estando totalmente sobria. Y me gustó, porque sabía que no estaba enamorado de mí y que tampoco yo era el único ser humano que podía verse tan fatal. Pero él no se veía fatal. Bueno, al menos no tanto… Quitando las ojeras por la hora, el olor a alcohol, a cigarrillo que absorbe la ropa al estar en el club, la barba ligeramente larga, el diente torcido que se le nota cuando sonríe al mirarme de esa forma puedo asegurar que no era feo.
Y no sé si fue presión de mi yo interior intentando dejar de sufrir pero hasta me gustaba como se veía.
Y cuando me mencionó que sus bandas favoritas difería totalmente de las mías, como así también nuestras carreras, e incluso nuestras costumbres estuve a punto de decirle que tenía que volverme a mi casa y que agradecía la charla. Pero cuando tomó mi mano y me dí cuenta que tardo más de dos horas para lograr besarme no lo quise soltar más.
Y aún no lo logro. Me gustaría también decir que nuestra historia culminó en un amor brillante y duradero donde ambos nos curamos el uno al otro.
Pero lamentablemente no fue así.
Nos volvimos a ver un par de veces, hasta que el miedo, la falta de horarios, las experiencias del pasado e incluso tipos idiotas que vuelven a pedir otra oportunidad y que te demuestran que cambiaron hasta que la vuelven a cagar se interpusieron en nuestro camino.
Y esta es una historia verdadera, con algunas alternancias, pero llena de sentimientos, de ilusiones, de besos, abrazos, y noches en vela.
Descubrí que teníamos más en común de lo que esperábamos: Escuchábamos algunas bandas viejas, nos gustaba el mismo trago, teníamos metas parecidas, coincidíamos en pensamientos sobre este caótico mundo y por sobretodo éramos dos románticos empedernidos que necesitaban un poco de amor. Por eso nos ayudamos cuanto pudimos. Y cuando, yo empecé a dar más de la cuenta y él comenzó a alejarse mi corazón se volvió a romper.
Pero en cuanto volvió a intentar entrar en mi vida lenta y cautelosamente ya tenía decidido qué era lo que quería en mi vida y que lo que no.
Por eso quité las barreras y me dispuse a vivir…









