El hombre cree que la guerra es solo entre sus iguales. Pero el hombre se equivoca.
Todo empezó con sangre, todo empezó con la certeza de que la redención podría borrar quiénes éramos. Todo empezó con el diálogo, con el intento de un tratado de paz. Empezó con un hombre negándose a escuchar, y acabó con mi soledad.
Lo cierto es que no recuerdo con detalle lo que sucedió aquella noche. Sé que mi padre era un buen hombre, que también lo era mi madre, así como mis hermanos. He tenido mucho tiempo para reflexionar sobre lo que sucedió, y aún hoy cumplo mi penitencia.
Daños colaterales, la guerra de otros abriendo heridas en corazones inocentes. ¿Un santo? No, creo que estoy muy lejos de ser uno, y que solo estoy siguiendo el camino más corto al infierno.
Cada vez que hay sangre en mis manos, cada vez que robo una vida, vuelvo a esa noche.
Dicen que no hay nada peor que un lobo solitario. Que no hay nada más peligroso que una bestia sin contención. Pero el hombre vuelve a equivocarse, pues si hay algo peor que un lobo sin manada, es un lobo con un propósito. Un lobo con una deuda pendiente.
No creía que pudiese llegar al walkie, pero lo intentaba. Se arrastraba en el suelo aún cuando las llamas se alzaban hacia el cielo, solo el crujir de la madera rompiéndose a su alrededor, ya no oía un solo grito de socorro. No había cobertura, no habían refuerzos... Estaba solo, agonizando y solo.
Sollozó y gimió cuando sintió aquellos ojos amarillos en su nuca. Le había visto, y ahora iría a por él. La herida de su brazo sangraba copiosamente, y estaba seguro de que su hígado no daba para más. Solo un par de metros, un par...
Pero aquella bota pisó su mano antes de alcanzarlo, le faltaron unos centímetros.
Lo suyo no era matar con tanta sangre fría, pero debía hacerse. Si dejaba que aquél hombre viviese pondría el peligro al grupo de cazadores a los que protegía. No, refuerzos era lo último que necesitarían.
Había pasado más de diez noches en aquellos bosques, alerta a cualquier movimiento. Había detenido a seis grupos de milicia, y dos batallones franceses.
-Qué clase de monstruo eres tu -siseó el soldado que tenía a sus pies.
Kennan encogió el ceño al fruncirlo y por un momento se hizo la misma pregunta. Se agachó para estar a la altura del militar y vio sus heridas, no sobreviviría. Pero si podía ahorrarle dolor.
Fue entonces que tensó la mandíbula y sus colmillos asomaron tanto como permitió. Quizá, de esa forma, estaba dándole la respuesta a la pregunta que le había hecho, y él demostrando su ira. Tal vez debería dejar que se desangrara ¿Cuantas vidas había robado aquél hombre? ¿A cuantos niños habría matado? ¿Cuantas mujeres habría violado?
Cerró los ojos y se relajó, alejando el walkie con la otra mano. Recordó que él no era un juez, y que ni mucho menos podía juzgar a un hombre por sus actos, cuando sus manos eran las primeras en tener sangre inocente.
Acabó con su calvario, le partió el cuello para que fuese rápido e indoloro.
Recogería las armas y destruiría los camiones, se desharía de los cadáveres para no dejar pruebas de lo que había hecho así como de que había estado allí.
Estábamos reunidos alrededor del fuego. Mi padre tocaba una vieja guitarra y mi madre me miraba a los ojos como si el hecho de que aquella noche cumpliese mis dieciocho años lo cambiase todo. Yo sabía, aunque intentaba ignorarlo, que en algún momento me convertiría en el alfa de la manada, que cuando mi padre estuviese demasiado cansado, demasiado mayor, y demasiado lento para seguir cuidando de todos nosotros, sería mi momento de tomar su lugar.
Recuerdo que le sonreí, no estoy seguro de si pretendía decirle con ese gesto que aún faltaba mucho para que me escuchase aullar como el líder que debía ser.
Entonces llegaron las linternas, aquellos halos de luz alertaron a mis iguales, pero fue demasiado tarde para mis dos hermanos pequeños. Recuerdo verles caer con los ojos abiertos a mi lado, como las llamas repentinamente avivaron más que nunca el fuego. En aquél momento no lo entendí, no entendí por qué habían muerto, por qué estaban atacándonos.
Dante fue el próximo, y entonces vi a mi padre levantarse con las manos en alto y dirigirse a aquél hombre de tez blanca cuyas facciones no pude distinguir desde dónde estaba. El griterío del llanto de mi madre estaba rompiéndome los tímpanos, si hay algo más impactante que ver a un niño llorar, es el llanto de una loba por sus cachorros.
Ellos eran cuatro, nosotros tres. Pero Dios sabe que de haber querido aún quedaríamos tres. Mi padre, nuestro alfa, nuestro líder intentó que bajasen las armas.
Recuerdo la vida de mi madre escapándose en mis brazos, el brillo de sus ojos apagándose fue lo que inició mi proceso de transformación. Y lo siguiente fue un vacío, uno que de alguna forma la fiera en mi interior quiso llenar con la sangre de otros, pero lo único que realmente sucedió aquella noche, lo único que mire como lo mire sucedió, fue que me quedé solo. En una noche de luna llena, en mi décimo octavo cumpleaños, maté por primera vez. Masacré, por primera vez.
Kennan Donnelly es un muchacho solitario. Su infancia no fue la de un niño cualquiera, pero fue lo suficientemente buena para él. Hijo de Drake Donnelly, un lobo alfa irlandés que se trasladó a Inglaterra poco después de que naciese su primer hijo, Kennan. No podía considerarse su familia una manada, pues no había ningún lobo que no fuese sangre de su sangre entre ellos. Viajaron junto al hermano de Drake, Dante, la madre de Kennan, Molly y poco más tarde llegaron Edward y Ginna, los hermanos pequeños de Ken.
Drake era un hombre de firmes principios, para él no se trataba de no aceptar lo que eran, sino de hacer algo bueno con el destino que les había sido impuesto. Ser lobo implicaba muchas bendiciones, así como habilidades. Pero también cargaban con la maldición de no poder llevar jamás una vida normal, pues a fin de cuentas no podían escapar a lo que eran, y sabían que de acercarse demasiado a la civilización, podrían cometer el error de herir a un inocente, o no controlar su sed de caza, su sed de sangre.
Así que durante años, la manada se limitó a vivir en los densos bosques de Inglaterra, nunca quedándose por más de dos meses en el mismo perímetro, siendo nómadas la mayor parte de la infancia de los más jóvenes de la manada. Encendían hogueras, se reunían cada noche alrededor del fuego y aprendían algo más. Molly había sido profesora en una pequeña universidad de Irlanda, hasta que una noche de luna llena estuvo a punto de perder el control y Drake, apareciendo en el momento oportuno y en el sitio indicado, la salvó de manchar su inocencia cometiendo asesinato por primera vez.
Así que, bajo el amparo de una madre y maestra, la fortaleza de un alfa y la sabiduría de Dante, la noche en la que Kennan cumplía sus dieciocho años, podría decirse que sabía todo lo que un buen hombre necesita saber para no perder su camino.
Pero su historia dejaría de ser pura y honorable aquella misma noche, la víspera del cumpleaños de Kennan, todo daría un giro.
Resultó ser que la familia Donnelly no era la única manada de lobos en North York Moors. Un grupo de Lycans había estado haciendo de las suyas en el pueblo más próximo, y la organización de cazadores de Gran Bretaña, alertada de lo sucedido, envió a uno de sus mejores cazadores a cargo de un grupo de tres hombres más a solucionar el problema antes de que se diesen más muertes.
Pero aquél grupo de cazadores cometieron un error, o quizá no fue exactamente así; tal vez, lo que realmente sucedió, fue que aquella manada de lycans hambrientos y de corazones oscuros sabían de la localización de la manada de los Donnelly, y llevaron de pista en pista a aquél grupo de cazadores de cabeza al asentamiento de Drake y su familia.
El lobo alfa, después de ver como acababan con la vida de dos de sus hijos y poco después de su mujer, intentó encontrar fe en su corazón y pedirle a los cazadores que bajasen las armas. Intentó explicarles hasta el último aliento que ellos no habían matado a nadie, que eran nómadas y no se alimentaban de seres humanos, que habían aprendido a controlar su ira y su transformación. Que no eran un peligro, a fin de cuentas no se acercaban a la civilización a menos de que se tratase de una emergencia.
Pero fue en vano. Todos cayeron, uno a uno, la destreza de esos hombres había sido letal. Mataron a todos, excepto a uno. El que estaba a punto de convertirse en lobo adulto vio con ojos llorosos como todo lo que conocía se había reducido a nada, a cuerpos sin vida. Ya no volvería a escuchar las enseñanzas de su madre, no volvería a obedecer a su padre y líder, no volvería a molestar a sus hermanos ni a ver certeza en los ojos de su tío.
Toda una vida de bien, manchada de sangre.
El dolor se hizo ira, la ira se volvió ferocidad y su transformación fue inevitable. No supo, o quizá si, lo que estaba haciendo cuando resultó un animal imparable para los tres cazadores, cuando se lanzó a los cuellos de cada uno de ellos y les arrancó la vida con los colmillos que jamás había usado para algo así.
La luna aún brillaba grande e imponente para cuando Kennan volvió a abrir los ojos. Desorientado y con apenas ropa encima se abrazó por minutos a si mismo hasta que no pudo ignorar por más tiempo el olor a sangre, ese que de alguna forma seguía llamándole. Notaba una tormenta en su interior y sensaciones que nunca antes había sentido.
Jamás había conocido el dolor, jamás había conocido la pérdida, y aquella noche había tenido la desafortunada oportunidad de encontrarse con ambos.
No solamente el haber perdido a su familia, sino el saber que acababa de asesinar, de masacrar a tres seres humanos.
Perdido y destruído, algo llamó la atención del joven lobo. Algo que había caído cerca de uno de los cuerpos, un pequeño papel. Una fotografía.
En ella, una mujer, un hombre y una joven que no debía de tener más años que él sonreía. Era lo más bonito que había visto nunca.
Una imagen tan pura, tan real como su propia familia.
Lo comprendió cuando miró el cuerpo sin vida de Hayden Kenzo. Acababa de matar al padre de alguien, al esposo de alguien.
Solo, Kennan abandonó los bosques de Inglaterra para adentrarse en la civilización el tiempo que le llevó averiguar quién era la muchacha de la fotografía, a quién acababa de romper todos sus esquemas, a quién acababa de dejar sin padre y sin esposo.
Cualquier otro no hubiese mirado atrás y hubiese dejado que el tiempo curase las heridas, pero no Kennan. Pues de alguna forma entendía que aquello no había sido más que un daño colateral, y que ese daño debía repararse. Él no era un monstruo, no era un asesino, y de seguir su padre con vida, se lo recordaría antes de que perdiese el control.
Leona Kenzo. Así se llamaba su deuda. Y hoy, cuando la guerra entre naciones y razas arde en cualquier esquina y rincón de los Estados Unidos, Kennan Donnelly ha encontrado por fin el momento de saldarla.