Pocos pueden afirmar conocer realmente a sus vecinos. Sí, me refiero a esas personas con las que puedes o no interactuar, pero a quienes definitivamente te llegaras a cruzarte alguna vez en la calle.
Él era nuevo o tal vez no tanto, solo que yo no lo sabía. Admitiré que siempre viví sumergida en mis propias preocupaciones, tanto en ocasiones, ni siquiera sabía quien se había casado, comprado un auto o pintado su casa. Si, así de despistada solía ser. Y es que, siendo sinceros, era demasiado discreto, vistiendo de colores opacos, caminando siempre de prisa, sin mirar a los ojos a las personas.
Recuerdo esa noche con tal claridad que es como si hubiese ocurrido ayer. Las llamas de la casa iluminaron mi ventana, seguidas por los gritos desgarradores que estremecían hasta el mas indiferente. Ocurrió solo en un segundo, no hubo nada que hacer.
Hay muchas teorías, desde lo mas tétrico, hasta lo simple como que se trató de un simple descuido, pero nadie puede asegurar que ocurrió. Hasta ese momento, para la mayoría de quienes lo conocían, al menos de vista como yo, era un hombre soltero. Quizás un poco extraño, porque la casa tenia al menos 3 habitaciones, dos baños y un enorme salón. Aunque no es un delito comprar una casa grande para ti solo.
Sin embargo, esa noche se descubrió que no estaba solo, había una mujer con él. O mejor dicho, mantenía una mujer dentro de su casa. Ella fue encontrada con las muñecas atadas a grilletes sujetos a la pared, sobre lo que quedó de una cama. No hubo duda de que fueron sus gritos los que recorrieron algunas cuadras. Lo mas extraño era que el cuerpo de él, nunca se encontró.
Aun así, todo indicaba que él había estado ahí. La vecina del otro lado, aseguró verlo entrar y hubo otro chico que dijo verlo pasar por la ventana. Su auto estaba ahí, aunque con todo reducido a cenizas, era difícil saber si faltaba algo. Las autoridades se encontraron en un dilema, pero dieron por sentado que sus restos no sobrevivieron al incendio.
Aun hay quienes dicen que escapó y que fue él quien prendió fuego a la casa en un intentó por ocultar su crimen. La cuestión es, que la mujer seguía con vida mientras las llamas devoraban su cuerpo.
Lo observó vestirse y también se dio cuenta como evitaba mirarla. Él había maldecido cuando salió de ella y vio el condón, donde la prueba de su falta de experiencia se mostraba.
―Eras virgen ―murmuró dándole la espalda. Ella se mordió el labio, sabia que debía ser sincera.
Cuando sus manos comenzaron a tocarla y su boca demando algo mas que un simple beso, como fue su intención inicial, simplemente se dejó llevar, no deseando que se detuviera.
Había esperado demasiado por él, por obtener una mirada al menos, así que cuando la acorraló en aquel pasillo no dudo en decir si y seguirlo.
Ajustó su blusa y se apartó de la cama, donde las sabanas revueltas le hicieron darse cuenta del peso de lo que acababa de hacer.
Intentó tranquilizarse a sí misma, no habían sido descuidados, usaron preservativo, como su madre tanto decía. Aun no eran mas de las 12, podía llegar a tiempo y quizás ella ni siquiera se enteraría de lo que había hecho. Ella gritaría si se enteraba, no era fanática de los hombres, no después de que su padre las había jodido dejándolas sin un centavo.
―Si ―respondió, recordando que él había hablado. Aunque sus palabras fueron una declaración y no una pregunta, lo confirmó.
Él se pasó las manos por el pelo, el mismo donde sus dedos se enredaron y tiraron.
―¿Te das cuenta de lo que hicimos? ―cuestionó finalmente encarándola.
―Dijiste que terminaste con Daya.
―Si, pero… No soy un cabrón que vaya jodiendo vírgenes.
―Yo lo quise. ―Él negó y comenzó a caminar―. Y yo te quiero ―dijo admitiendo sus sentimientos. Quizás era un error decirlo después de lo ocurrido, pero habían estado juntos, él la tocó y besó, tenía que significar algo, ¿no?
Él la miró como si hubiera dicho una locura y al instante se arrepintió. No era la mirada de un chico emocionado por la declaración de una chica.
―¿Qué?
―Te quiero ―repitió tomando un poco de valor―. Siempre me has gustado, desde que estábamos en primer grado, solo que tú salían con otras chicas y…
―Espera, espera un segundo. No puedes decirlo en serio. ―La risa nerviosa que soltó, heló su sangre.
¿Por qué exactamente le parecía cómica su declaración? Cierto que no tenían nada en común, que hasta ese momento habían cruzado solo un par de frases, que ni siquiera irían a la misma universidad. Ella era solo una chica más, pero aquello era cruel.
―Lo hago. Me gustas.
―Tú a mí, no.
―Pero… Lo que pasó…
―Es solo sexo. No lo tomes personal, pero ni siquiera te conozco, ¿Cómo podrías gustarme?
Bajo sus ojos se sintió pequeña y se dio cuenta de su error. Que tonta, ella era una sola más. Evitando derramar lagrimas corrió hacia la puerta, deseando con todas sus fuerzas olvidar esa noche y al chico que durante varios años hacia sido su crush.
El dolor le hizo volver a cerrar los ojos y maldecir. Los recuerdos de la noche anterior llegaron al mismo tiempo que sintió el sabor amargo del alcohol en su boca. Se suponía que solo serían unos tragos... El soplo de aire que golpeó su pecho le hizo mirar y congelarse, no estaba solo. Desesperado intentó recordar la parte borrosa de su memoria. ¿Quién era esa chica y porque estaba en su cama, cuando se suponía hoy era su boda?
Se apartó con brusquedad, la ropa en el piso y la envoltura de preservativo, terminaron de confirmar la escena. ¿Qué demonios había hecho?
Miró el reloj junto a la cama, el alma se le cayó a los pies. Era la hora, no llegaría a tiempo. Mas que eso, ¿Era capaz de casarse después de lo que había hecho?
Ignoró a la chica, recogió su ropa y salió deprisa, sin sorprenderse de encontrarse en un hotel de paso. Rebuscó en sus bolsillos y encontrando las llaves se puso en marcha. Tenía que llegar, debía explicarle, no había querido fallar, así que daría la cara y rogaria su perdón.
La iglesia estaba vacía, bajó del auto y contempló la fachada, sin atreverse a entrar. Sin embargo, la puerta se abrió y ella apareció, el alivió que vio en su rostro se desvaneció al observar su aspecto. Era claro lo que había pasado, porque no había llegado a tiempo y se odio por el dolor que vio en sus ojos. Nunca lo perdonaría.
Se maldijo de nuevo mentalmente, obligando a sus pies a moverse más rápido, aunque su respiración era demasiado irregular y sentía que el corazón se le saldría del pecho.
Estúpido. Mil veces estúpido.
Había ignorado las advertencias. ¿Cómo no se le ocurrió pensar que iría por ella? Le había arrebatado su víctima, así que tomaría a alguien más. No fue su hermano, sería ella, la mujer que amaba.
Sus piernas tropezaron al llegar a la entrada de la casa, sus pulmones protestaron y el ácido de sus piernas pidió que se derrumbara, no lo hizo, avanzó. Al cruzar la reja su sangre se enfrió, ahí se encontraba ella. Vestía un sencillo vestido de encaje, su cabello recogido en un complicado peinado, su piel ligeramente arrugada, pero la belleza de una mujer madura en toda su gloria. La sonrisa que le dedico fue simplemente escalofriante.
Se detuvo reconociendo el rostro que esa noche la muerte había decidido adoptar. Era la madre fallecida de Adela.
Permitió que sus piernas cedieran y se lamentó. Era demasiado tarde. A diferencia de lo que la mayoría de personas creían, la muerte jamás se presentaba en esa forma huesuda y tétrica que todos conocían, ella siempre mostraba al ser mas añorado de quien moría. Madres, hijos, esposos, amigos, cualquiera. Te mostraba a quien deseabas ver y era justamente esa la razón por la que nadie dudaba en ir con ella, en acompañarla.
"Si salvas a alguien, tomaré a quien mas ames", sus palabras no dichas dieron vueltas en su cabeza.
Él podía verla y saber quien sería el próximo, pero aquello comprobaba que ella no jugaría. Si él intervenía, aun sin una mala intención, ella se lo cobraría y la peor forma. Porque con la muerte nadie podía, nadie escapaba.
―¿Han visto al señor Claus? ―inquirió Mónica, con un gesto teatral y abanicándose el rostro―. Se ha puesto guapísimo. Quiero un marido como él. ―Demasiado tarde ―negó Odalys―. Está casado.
―Escuche que enviudo y que está buscando una nueva esposa ―susurró Macrina, provocando una ronda de jadeos entre el grupo de jóvenes casaderas.
Todas parecían entusiasmadas, menos Adela. Sintiéndose mucho menos agraciada que su hermana o que la mayoría de las chicas que mostraban sus cabelleras rubias, no tenia esperanzas de encontrar un partido.
No era fea, pero no destacaba. Su cabello era largo, si, pero de un tono marrón, casi como sus ojos.
Aquella sería su segunda temporada, su madre parecía preocupada, tanto que había organizado aquella fiesta; en tanto que su padre no paraba de buscar un buen candidato. Dudaba que encontrara uno, con las hijas de los Mendaz, había demasiadas chicas solteras y pocos hombres que valieran la pena.
Todos creyeron que Ernesto, quien creció con ellas sería su marido, pero él tras volver de Francia, anunció su matrimonio.
No negaría la decepción que experimentó al saberlo. Era un hombre apuesto y, sobre todo, de buen corazón, pero al final nada de eso cambiaba el hecho de que todos optaban por las chicas mas bonitas. Debió sospecharlo, cuando ni siquiera se molestó en visitarla para saludarla. Que ingenua.
Desprendiéndose de la conversación y aprovechando que nadie le prestaba atención se alejó del salón y caminó por el corredor. Tal vez podría ocultarse en su habitación y quizás, nadie se percatará de su ausencia.
Bajó la mirada a la punta de sus zapatos que sobresalían, ya que había recogido su falta, para facilitar su andar.
Su cabeza golpeó contra un cuerpo, unos brazos sosteniendo sus brazos.
―Debería tener cuidado ―la voz con un ligero acento, fue seda pura.
Sintiendo el rostro enrojecer dio un paso atrás, llevándose consigo al apuesto caballero, que tuvo que sostener su cintura para evitar que cayeran.
―Lo… siento ―consiguió decir, su mirada enganchada a la suya.
Su expresión lo cambió, no era de esos hombres que sonreían al parecer.
Un carraspeó rompió el momento y con brusquedad se alejó, mirando con horror a su padre, que con una clara desaprobación los observaba.
―Creí que había elegido a mi otra hija ―su afirmación fue un balde de agua helada. Entendió sin necesidad de una mayor explicación las palabras de su padre.
Ese hombre, sería el marido de su hermana.
―No. La he elegido a ella.
Su mirada fue al rostro de él. ¿Qué acababa de decir?
Sus dedos temblaron sobre el lazo de color blanco que decoraba la pequeña caja. Titubeando, llevó su mano hasta su boca.
¿Cómo exactamente hizo para guardar ese regalo? ¿Acaso había adivinado lo que pasaría?
Sorbió las lagrimas y se obligó a continuar.
Tomándose el tiempo, retiró el listón y continuó con el papel. Sus ojos lagrimearon con insistencia al reconocer las libélulas que tapizaban la cubierta. Su madre conocía su gusto por esos pequeños bichos alados, como solía llamarlos.
De nuevo se preguntó como exactamente se suponía que seguiría sin ellas. Durando muchos años habían sido solo ellas contra el mundo, pero en ese momento, era solo ella. No tenía idea que hacer.
Limpió su rostro y lentamente, retiró la tapa, dentro se encontraban algunos billetes arrugados y monedas.
Los sollozos estallaron incontrolablemente. Le había dejado su pequeño tesoro.
Tomó la nota que reposaba sobre ellos y con el corazón estrujado, leyó las letras que parecían haber sido escritas deprisa.
“Sigue. Vive por las dos. Viaja, ve a todos esos lugares a los que me hubiera gustado ir. Prueba tantos helados como siempre quise. Feliz cumpleaños. Te amo”.
Rodeada de personas que diligentemente realizaban su tarea, lucho por mantener la expresión inalterable. No era sencillo y no se trataba de la sangrienta imagen delante de ella o el olor que el cuerpo en descomposición desprendía, aquella no era la primera vez que debía analizar una escena del crimen.
Dentro de sus primeros casos, estuvo por horas dentro de una caverna con dos cuerpos, los cuales, debido a la humedad y a los animales depredadores del lugar, eran una masa extremadamente desagradable.
El bosque no era mucho mejor, parecía que los carroñeros no habían perdido el tiempo. Podía notar que faltaban algunos trozos de carne y ropa.
Aun así, nada de esos detalles helaban sus huesos, como el hecho de saber la respuesta a la pregunta de su colega.
¿Cómo llegó el cuerpo al bosque?
Ella lo sabía, porque había estado ahí, en cada momento, viendo salir la vida de su rostro, no estuvo su cuerpo, fue como si mirara a través de una pantalla, observó como su gemela cometía aquel horrible crimen.
Jamás lo habría creído. Ella no era así, tenía su familia, su hermosa hija, su marido…
Quiso atribuir las coincidencias a una mala pasada, pero desde que había puesto un pie en el lugar, no hizo falta que el perito la guiara. Y la prueba final, considerando la condición del cadáver, era el collar que sostenía en su mano.
La ofrenda final de un asesino para su amada víctima.
No se engañaba. No era el primer sueño, lo que solo podía significar una cosa.
Había mas cuerpos en aquel bosque y en otros lugares. Sus ojos se elevaron, moviéndose entre los troncos de los árboles. Siempre creyó que su mente jugaba con ella, porque era su reflejó quien la mirada en el espejo, pero tenia sentido, porque eran la mista cara.
―¿Qué piensas? ―Espió el rostro de su acompañante, asegurándose de no haberse delatado―. ¿Crimen pasional?
Aquello no tenía lógica, era una mujer y su hermana no tenía esos gustos, aunque ya no podía asegurar nada.
―Creo… ―consideró con cuidado sus siguientes palabras―. Que debemos revisar el área. ―Él se rascó la barbilla―. Hay que descartar ―declaró y usando unas pinzas, recogió el medallón.
No necesita pruebas, sino pensar que haría. ¿Realmente podría delatarla? Tenia que hacerlo.
Mis dedos se hunden en la arena caliente, siento el cabello pegado a mis cienes y cuello, el sudor resbalando por la espalda.
Estoy en medio del desierto. No sé a dónde me dirijo, que mis pies no se detienen. El aire caliente quema mis mejillas y hace difícil mi vista cuando eleva nubes de polvo, que parecen un velo a mi alrededor.
Me parece que he caminado por una eternidad, cuando mis ojos captan algo. A lo mejor aparece una figura, es como poner en marcha mi corazón. Obligo a mis pies a ir de prisa, buscando acortar la distancia. Debería temer, pero algo dentro de mí, grita que es él, a quien buscaba.
A medida que la distancia se desvanece, temo que él también lo haga, pero no es así. Su rostro se encuentra ligeramente cubierto por el paño, que protege también su cabeza, lo que me impide confirmar mi impresión.
Sonrío al recordar sus reprimendas sobre siempre cubrirme de los vientos y sol.
Mi frente se contrae. Miro mi atuendo, mis pasos frenando, solo llevo un ligero camisón de dormir.
¿Por qué?
Mi nombre en sus labios me hace mirarlo. Estamos tan cerca, si elevo mi brazo podría tocarlo, no obstante, mi cuerpo permanece rígido, incapaz de obedecer mis anhelos.
―Vuelve ―es un susurro en otro idioma, que puedo entender. Sin embargo, lo que me afecta es que puedo jurar era una súplica y él jamás suplicaría. Por nadie, ni siquiera por mí…
Abriendo los ojos de golpe, jadeo llevándome una mano al pecho. Me siento completamente desorientada, pero me basta una mirada para comprobar que me encuentro en mi cuarto, tal como lo deje anoche.
Era solo un sueño.
Cerrando los ojos y me permito saborear el recuerdo. Es imposible, lo sé, aunque parece que mi cabeza no lo sabe del todo. Y el anhelo que ha estado creciendo en mi pecho parece darme la razón. Fijo mi vista en el techo unos segundos y luego giro el rostro hacia mi buró, pero algo sobre la almohada capta mi atención. Mi boca se seca, el corazón agitado, llevo mi mano hasta los granos esparcidos sobre mi almohada.
Podría reconocerlos entre muchas otras sustancias, aun así, lo froto entre mis dedos.
Arena.
Saliendo de la cama trato de darle sentido a lo que veo, pero mis pies llevan restos de ella también. Una muestra inequívoca de que ese sueño, no fue solo eso.
Debería temer, pedir ayuda, pero lo único en lo que puedo pensar es tengo que volver. Debo volver. Él no se ha ido.