El décimo día y tras 1000Km a nuestras espaldas llenándonos la mochila, nos dimos cuenta que Marruecos, además de ser arquitectura, mosaicos, olores, bullicio, texturas, gastronomía, artesanía y muchísimas otras cosas, es su gente, pícara y comerciante en muchas ocasiones, amable y honesta en otras tantas.
Hemos de confesar que no llevábamos nada planeado, ni ruta, ni hoteles, tan solo unas cuantas recomendaciones de Ángela, antigua becaria Icex en Rabat, que han sido de gran ayuda ( todo el que las necesite, esas y las nuestras, ya sabéis ;) )
Nuestro punto de partida fue Marrakech ( la ciudad roja ), desde la que empezamos a subir en tren hacia Tánger por la costa. Allá dejamos su bulliciosa plaza Jamaa el Fna, los zocos interminables y las peculiares curtidorías a las que te quieren llevar todos los “guías” callejeros. Con un poco de paciencia y diplomacia seréis capaz de quitaros de encima a todos estos supuestos guías, incluso de aguantar que os llamen Antonio y María y lograr disfrutar de lo viva que es esta ciudad.
Buscando un poco de relajación el tren nos dejó en Rabat, la cual ha sido el gran descubrimiento de este viaje. Nos la recorrimos a pie, os aseguramos que ese día computa como una semana de gimnasio. Recorrerte su paseo marítimo desde la Torre Hassan, ascendiendo por su medina y subir hacia la Kasbah de los Oudaias perdiéndote en sus callejuelas azules con vistas al mar merecen el tute que nos dimos.
Otro tren local hacia el interior del país, en un compartimento de segunda clase con 6 personas y un calor sofocante nos llevó hasta Fez. Ciudad colonial conocida como la ciudad verde, posee una de las medinas más bonitas que nos hemos encontrado en este viaje y en la que por casualidad conocimos a uno de los marroquíes bereber más simpáticos con el que terminamos compartiendo en el hostal historias de su vida en el desierto, todo ello mientras tocaba un pequeño tambor y bebíamos vasos de té uno tras otro, por que sí, hemos tomado té durante estas vacaciones en cantidades muy por encima de nuestro límite.
Hemos tenido hasta la osadía de hacernos dos peregrinaciones a Mulay Idrís ( la pequeña Meca ). Este pueblo rural, próximo a Mekness y en la ladera del Atlas es considerado lugar de culto a Mahoma y dicen los musulmanes que si vas cinco veces te computa como uno a la Meca. Para poneros en contexto, el Islam tiene 5 pilares: El testimonio de fe, la Oración, dar el Zakat ( ayuda a los pobres ), ayunar durante el mes del Ramadán y la peregrinación a la Meca una vez en la vida para aquellos que tengan las posibilidades de hacerlo. Sabiendo esto, “manda carallo” que dos gallegos que todavía no han hecho el Camino de Santiago estén a 3 peregrinaciones de conseguir uno de los pilares del Islám, cuanto menos, curioso.
Y tal y como empezaba el post, al décimo día y tras todas las anécdotas que es imposible plasmar aquí, nos volvimos a dar cuenta que no viajamos para sacar fotos y ver lugares, lo hacemos para conocer a la gente que los habita. Eran las 22h, acabábamos de llegar a Tánger desde Asilah y estábamos perdidos en la medina cuando una señora que entraba en su casa paró a un señor que venía de comprar unos panes, acto seguido el señor nos hizo un gesto de que sabía lo que buscábamos ( salir de la zona antigua ). Tras media hora callejeando y una charla interesante sobre su vida, se la ganaba arreglando gafas, la nuestra y la diferencias sociales en cual quiera que sea nuestro país, todo ello en un idioma a medio camino entre el inglés, francés y español, sirvieron para que todo diera un giro y nos encontráramos sin saber muy bien cómo descalzos en su casa, la casa de Mohamed. Allí estábamos, entre su mujer y sus dos hijos, mirando por la ventana destartalada de su cocina hacia el otro lado del estrecho. El hijo pequeño bailando sobre la alfombra y bajando la mirada cada vez que se daba cuenta de la presencia de los dos guiris en su salón. Y ahí, en ese momento, nos volvimos a dar cuenta que al final la riqueza de viajar está dónde tú quieras verla.