Por Jared Bell | 11/08/2025 | Feminismos, Opinión
Traducido del inglés para Rebelión por Jesica Safa
Lo que me motivó a escribir este artículo fue el relato persistente y reduccionista que resurgió tras el reciente bombardeo estadounidense-israelí a Irán. Como era de esperar, la cobertura de los medios y las publicaciones en las redes sociales reciclaron rápidamente este viejo cliché: las mujeres musulmanas necesitan ser rescatadas, rescatadas de su religión, su cultura y sus hombres. A esto se sumó la peligrosa sugerencia de que otra intervención militar al estilo occidental podría de alguna manera iniciar el cambio de régimen y la liberación de las mujeres iraníes, un relato que recuerda perturbadoramente a las justificaciones utilizadas para las intervenciones en Irak y Afganistán. Si bien es innegable que la República Islámica de Irán es represiva, en particular en su trato a las mujeres, como lo demuestra el desgarrador caso de Mahsa Amini, este marco solo cuenta una parte de la historia.
A pesar de las restricciones reales, las mujeres iraníes están lejos de ser débiles y sometidas. De hecho, están entre las más educadas de la región y en muchos casos más educadas que los hombres iraníes. Según datos de la UNESCO y el Banco Mundial, en los últimos años más del 60% de los estudiantes universitarios iraníes son mujeres y la inscripción de mujeres en la universidad alcanzó un máximo del 70-75% a principios de 2010. Hoy en día la mayoría de los graduados en medicina, ingeniería y otros campos STEM (siglas en inglés de Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas) son mujeres y la alfabetización femenina supera el 98%. Estos no son signos de una población a la espera de ser salvada, son signos de una sociedad en la que las mujeres, a pesar de las restricciones legales y culturales, han creado poderosos espacios para la acción, el conocimiento y la resistencia. Las mujeres iraníes han estado durante décadas a la vanguardia de las protestas políticas, los movimientos estudiantiles y la vida intelectual. No necesitan ejércitos occidentales que las «liberen». Lo que necesitan es una solidaridad global que respete su voz y su autonomía, no ataques aéreos formulados como intervenciones feministas.
Este relato de rescate no solo ignora esas realidades, sino que las distorsiona. Aplana las vidas de las mujeres musulmanas hasta reducirlas a una sola historia estática de opresión, borra su agencia, sus logros y su resistencia. Y lo que es peor, a menudo se convierte en un pretexto moral para las decisiones de política exterior tomadas en nombre de la liberación, pero que se llevan a cabo por medio de la violencia.
No niego que la misoginia persista en gran parte del Medio Oriente, el norte de África y el sur de Asia. Desde la denegación de educación hasta el matrimonio forzado e incluso la represión política, la lucha por la igualdad de género está lejos de haber terminado. Pero lo que es preocupante es cómo Occidente se ha apropiado de estas luchas, no para elevar a las mujeres musulmanas, sino para utilizar su sufrimiento como prueba de que el islam es supuestamente retrógrado. Sin embargo, de la misma manera tampoco puedo pretender que la misoginia haya desaparecido de alguna manera en Occidente. Simplemente lleva una vestimenta diferente, desigualdades estructurales en la atención médica, muy pocas mujeres en puestos de liderazgo, niveles epidémicos de violencia de género y la constante mercantilización de los cuerpos de las mujeres. Los militaristas en Occidente pueden hablar el lenguaje de la liberación, pero su propia casa sigue siendo profundamente desigual.
Sin embargo, cuando las mujeres musulmanas realmente necesitan la solidaridad del mundo, cuando sus derechos y sus vidas están bajo asedio, la indignación moral a menudo se reduce, es tardía o está totalmente ausente. Esto es especialmente cierto cuando su sufrimiento se produce fuera de los abusos catalogados que se atribuyen a sus propias llamadas «sociedades patri...