Jereb redraw of his original ref from January 2017
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Jereb redraw of his original ref from January 2017
i made a new oc and his name is jereb and i love him
this was supposed to be serious but then i gave up
at one point,,,, jereb just,,,, has to run from giant bagels,,,, i swear this is a serious story
Dedicado a Lucia y Fernando, dos amigos preciosos, locos y artistas que tuvieron tres hijos y yo soy una de ellas
Pa, ¿qué es una metáfora?
Shh, escuchá (sube la radio) ella le pidió que la llevara al fin del mundo, él puso a su nombre todas las olas del mar Eso, una imagen de algo que no es real pero sirve para hacer sentir algo
Má, hoy en la escuela me preguntaron si somos jipis.
Jipis? No. Jipis nunca, Vera.
Dudo saber hacia dónde es capaz de dirigirse este texto. De fondo suena el discazo Esta boca es mía de Joaquín Sabina, parece que ya pasó el zonda que inició esta primavera y la noche está abierta y fresca. No sé si es la luna en piscis, este disco que me sé de memoria desde los seis años o el hecho de escribir sobre mis viejos, pero siento una conmoción dulce mientras me tomo un vino frente a la computadora y la ventana abierta. Crecer con dos personas que se dedicaron y dedican al arte exclusivamente tiene una especie de romanticismo, emoción, crisis y seducción muymuy particulares.
Fernando nació a fines de enero y Lucia el primero de diciembre del 70. Se enamoraron en los 90, estudiando artes, la anécdota del primer día que se vieron es una de las joyas memorizadas por la descendencia. En octubre del 98 nació su primera hija, o sea yo, y después siguieron dos pibes más en los comienzos del 2000. Igual acá nos convoca otra cosa, ¿qué es crecer entre imágenes? ¿qué son padres artistas pariendo artistas? ¿puede uno salvarse del arte cuando se crece entre imágenes? ¿es el arte una maldición o una herencia?
Hay algo que suelo conversar en los talleres y que es un constante rumiar interior: ¿cuál es la obsesión que está traccionando el hacer? Quizás obsesión parece una palabra pantanosa, otros preferirían decir: deseo, búsqueda, poética, temática. Prefiero la obsesión, unas raíces intensas y profundas que en lo artístico movilizan el impulso corporal de la búsqueda y pueden pasar los años, los experimentos, las temáticas, las modas, las técnicas pero eso persiste. Sandoval en El secreto de sus ojos diría la pasión, lo que no cambia pese a todo. La obsesión como una capa geológica, donde están grabadas las tensiones, las fallas, el movimiento.
¿Por qué me enrosco con el tema de las obsesiones? Ahí hay un hilo precioso del que tirar para encontrarme con mi papá y mi mamá. A los 4 años, mi primera obsesión se despertó: leer. Siempre vivimos cerca del centro de Mendoza, siempre fuimos para todos lados caminando, atravesando plazas y galerías y museos. Yo empecé a desesperarme cuando entendí que toda esa cartelería de colores no eran sólo imágenes, decían algo. Y le sequé la mente a mi mamá en todas nuestras caminatas, ¿qué dice ahí? pizzería ¿y ahí? farmacia ¿y en ese cartel? la tía. Esa obsesión de desentramar los carteles del centro trazó para mí un puente entre las imágenes, el mundo y yo como lectora. Finalmente, aprendí rápido a leer y a escribir y junto con el aprender a escribir llegaron los primeros poemas, algunos en cuadernitos y otros en una windows 98 preciosa, ahí prefería escribirlos en powerpoint que en word. Llegaron los deseos tempraniiiiiiisimos de ser escritora, si algo te permite una familia de artistas es soñar con trabajar del arte y volverlo un proyecto a experimentar desde el momento que quieras. Junto con esos deseos y una luna en capri que te vuelve una niña adulta, hice mi primer mail a los 7: [email protected], abrí un blog, creé con mi hermano una revista hecha en powerpoint y enviada por mail a los amigos de mis viejos que sostuvimos durante un par de años y leí desesperadamente cada cosa que caía en mis manos y escribí en agendas, cuadernitos, márgenes de hojas, papelitos sueltos, documentos de compu, paredes, maderas de cama, tickets de bondi, hojas de carpeta, hojas blancas, cartones, lienzos, postales. Hice libritos con lo que sea, encuaderné agujereando con lapiceras, poniendo ganchos de carpeta, pegando con mocos quizás. No sé, lo importante era hacer y lo que sobraba por todos lados eran los poemas.
Un poema es una imagen de imágenes. Los poemas son IMÁGENES². Y como tienen esa doble forma, implican dos movimientos que se conjugan/se trenzan (acá voy a jugar a que sé algo que seguro otros dijeron mejor en algún momento, como me dijo una vez una profe en la facu mientras yo rendía: co mo le gus ta inventaaaarse teoría, jereb).
La imagen del afuera
El arte es puro entrenamiento, pero no sólo por el tiempo de práctica con la disciplina. Hay un entrenamiento que es más significativo y silencioso. Un entrenamiento que resuena con la apertura de la mirada, la sensibilidad de lo propio, el conmoverse. Entrenar una suspensión parcial del tiempo, de la vorágine de este mundo. Para poder ver, pero también escuchar, oler, saborear, tocar lo que nos rodea, un conocimiento de lo sencillo y minúsculo, que siempre nos ayuda a hablar de las grandes cosas, ¿qué podés decir del amor o de la violencia si el mundo no te conmueve, si el cotidiano te aburre, si no encontrás belleza, fealdad, rabia y ternura? ¿de qué carajo escribís si no tenés la mirada abierta? El hecho de crecer entre imágenes habilita esas lecturas silenciosas, que se podrían llamar contemplativas pero básicamente es un dejarse sorprender, una vulnerabilidad frente a la obra, el hecho, el árbol o el viento. La voz poética antes de ser poema es cuerpo, y en su dejarse atravesar por las imágenes reconoce qué le conmueve, afila sus rasgos.
No sé si sea condición de los padres artistas, pero hay algo fundamental en motivar el interés y la gracia por detenerse que, en el pasar del tiempo y su respectiva aceleración, tiene cada vez más sentido como gesto estético-político, como actitud necesaria para no olvidarnos que somos un cuerpo en el mundo, que necesitamos un tiempo y un espacio.
La imagen hacia adentro
La imagen hacia adentro la pienso como dos cosas (dio mio, ¿cuántas divisiones va a hacer esta chica?). Por un lado, existen todas las imágenes que alimentan el poema, imágenes venideras de ese contacto conmovido con el afuera que no necesariamente se imprimen como una foto, sino que pasadas por el lenguaje poético juegan con la traducción del extrañamiento. Por más fieles o distantes que queramos ser de la realidad, todo poema es una ficción: por nuestro recorte, nuestra distancia, nuestra subjetividad entrando en juego y también porque el lenguaje poético es una máquina cuya gracia es acercar a partir de enrarecer. No me canso de parafrasear a Gaston Bachelard cuando nos dice que memoria e imaginación están en un contacto permanente, y es un poco ese juego de interrelación lo que alimenta un estado de ensoñación poética.
Por otro lado, esta imagen hacia adentro es la arquitectura del poema como tal. Un poema es una imagen, una forma de ocupar el espacio en blanco, de jugar con la ruptura, el corte, el ritmo, los silencios, los tamaños. Un poema es una posibilidad compositiva. Un poema es una imagen plagado de imágenes, IMÁGENES².
Sigo frente a la ventana abierta, nada más que ahora es de día y hay un viento frío que mueve los árboles y hace entrar hojas a la pieza. De todo este divague, se me van abriendo cosas como un desenrede permanente. Hace unos meses, charlando con una amiga le empecé a mostrar los blogs e instagrams de mis viejos porque ella no conocía lo que hacen. Un stalkeo artístico profundo a mis progenitores. Pasamos un rato viendo las obras, los nombres de las obras, haciendo zoom, yo relatándole de las obras que me acordaba cuándo y cómo las habían hecho, de series que me volvieron loca, otras borradas de mi memoria, otras que seguían conmoviéndome. Después de un rato de scrolleo, relato, silencio, figura humana, habitaciones, arquitectura, laberintos, colores vibrantes, marrones, escombros, casas, desnudos, cuchillos, bebedoras, vestidos, texturas, levitadoras, sillas, soledad, edificios, juguetes, objetos, onírico, inundación, paisajes, telas, hilos, corchos, vino, scrolleo, relato, silencio. Llegamos al final. Bloqueé la pantalla del celular. Nunca los había visto así, tan en flashbacks como si me estuviese muriendo y mis recuerdos estuviesen signados por esas imágenes, las búsquedas con las que crecí, la vulnerabilidad de mis padres. Sus obsesiones. Algo de ese stalkeo me había dejado muda, era una ficha cayendo de los confines del cerebro: mis obsesiones son hijas de las obsesiones de mis padres: el territorio y el cuerpo. Crecer entre imágenes es un extrañamiento permanente que se normaliza, pero alimenta. Lo simbólico, lo vulnerable, el deseo y los miedos se abren en las paredes antes de tener la posibilidad de ser dichos. Una latencia en la casa, un lenguaje secreto de lo sobreexpuesto. Y una, queriendo huir de las imágenes y encontrar palabras continúa el legado, siempre inacabado e insuficiente, de querer traducir esas obsesiones que le dan sangre al corazón del poema y al corazón de una misma, claro.
Velar la piedad- Lucia Coria (2007) acrílico sobre lienzo. 75x120cm
Fernando Jereb - Vida interior