Siempre creyó que hacer música se trataba de un ritual casi espiritual, uno en donde la persona practica su religión con devoción total y ridícula, que se necesita cierto grado de pureza santa, una conexión directa y divina entre el alma de la persona y la melodía que está siendo concebida. Inalcanzable para algunos humanos; etilista en extremo. Si a Jun le hubiesen asegurado que existía del mismo modo una dualidad perversa, no lo hubiese creído, ciego en el embeleso al cual le empujó la anatomía de Jinwoo ceñido sobre el piano convirtiendo sus emociones en notas rítmicas, a pesar de saber con cruel certeza que la existencia misma de todos y todo, como un ente unitario, presenta muchas más de dos facetas. Tuvo que admitir, sin embargo, su equivocación apenas abandonó su hogar tras la búsqueda rebelde de experiencias, dirimir su pensamiento errado de que la única verdadera producción de música era la espiritual e inmaculada y que lo demás no significaba nada sino un intento soberbio, sórdido e insípido de recrear majestuosidad.Conoció con ellos el lado obsceno de la música, la sucia, la carnal, la música que se dirige directa a los sentidos y que los hace retorcerse como sanguijuelas en llamas, en Ántrax. Ellos arriba del diminuto escenario, los demás abajo, agazapados sudorosos en el revuelo de un pogo de aspecto tribal. La enérgica melodía, los compases acelerados y el tempo rápido se incrustaron por dentro de la piel de Jun, apoderándose de ambos de sus hemisferios cerebrales y guiandolo hacia la masa danzante sin darle oportunidad de replantearse la idea; su instinto más primitivo en manifestación. Allí dentro, uno con la masa, la energía se aglutinaba a borbotones y se colaba por cada espacio que podía como si de un ente vivo se tratase, se sentían supernovas explotar en intervalos intermitentes, universos nacieron acunados por los gritos y las risas y murieron junto a cada estribillo ya cantado, en una espiral eterna de vida y alegría. Se trató todo de la más sencilla declaración de un estado del ser primario, animal. Todo fue casi como estarle haciendo el amor a la misma música, a aquella que nunca quiso tocar por miedo de injuriarla con su naturaleza corriente. A través de melodías pecadoras y la música más orgánica que existió nunca, esa intrínseca necesidad del ser humano, Jun conoció por primera vez el sentido de pertenencia e inclusión, hallando sus horizontes expandidos en planos infinitamente tridimensionales. Rió sin un chiste al cual halagar, gritó, pero no de rabia, sino en una manera de expulsar la energía que lo llenaba y renovarla por una más pura, bailó por primera vez al son de la apatía colectiva y disfrutó de ello. Se abandonó a lo que sus sentidos le demandaron: a la música resonante de solemne verdad dentro su ser y el disfrute que traía consigo, a sentirse completamente despierto y eufórico por aquellos momentos.