Me es difícil comenzar a escribirte, especialmente porque tenía mucho tiempo sin hacerlo. Antes lo consideraba algo sencillo, las palabras fluían por su cuenta ante el solo pensamiento de ti, pero ahora es como si tuviese mil nudos en la mente que no me permiten pensar dos o tres palabras. He de admitir que tengo cientos de cartas, algunas terminadas y otras que dejé a la mitad entre lágrimas, que se han acumulado en un cajón de mi escritorio porque nunca tuve las agallas ni de enviarlas ni de quemarlas.
Toda mi vida siempre quise que las cosas ocurrieran de cierta forma, que siguieran cierto curso y cierto ritmo, que fueran como yo pensaba que me convenía más. Y cada vez que nada pasaba de esa forma, culpaba al destino de no estar a mi favor o a mí misma por no haber prevenido o provocado los desenlaces de cada suceso. He llegado a ese punto de mi vida donde, finalmente, me he dado cuenta que las cosas no funcionan de ese modo. Que todo lo que ocurre debe ser así, por la razón que sea: una lección, una experiencia, una forma de prepararnos para lo que viene en el futuro.
Mi mayor preocupación, vamos, mi mayor miedo en realidad era enfrentar el día en que me diera cuenta que no significaba para ti lo mismo que tú para mí. Para desgracia mía, ese día llegó ya hace tiempo y se sintió peor de lo que esperaba. Creo que nadie jamás nos prepara para el momento en que debes afrontar que la gente que menos esperas son quienes más dolor te pueden causar. Reparaste tantas partes de mí que, como si valiera nada, volviste a romper; así, tal cual, como un jarrón de vidrio que tiras al suelo y estalla en pequeños fragmentos. Solía pensar en ti como la persona que jamás, jamás, me lastimaría.
Como Frida le dijo a Diego, te lo digo yo a ti: no pretendo causarte lástima, ni a ti ni a nadie, y tampoco es mi intención hacerte sentir culpable. Pasé demasiado tiempo poniendo en pausa mi vida para esperarte a ti, esperando que me vieras, esperando que me amaras de nuevo si es que de verdad lo hiciste en algún momento— Lo que jamás te mencioné es lo egoísta que, creo, fuiste al no ser capaz de decirme de frente simplemente: “no te amo, no te amaré de nuevo otra vez”. Te esperé muchos días que, sin darme cuenta, se convirtieron en meses y más tarde estos lo hicieron en años. Si digo que no me arrepiento, en parte estaría mintiendo.
He llegado recientemente al punto de mi vida en que me doy cuenta que no te debo nada, que no le debo nada a nadie. A ti poco ha de interesarte mi existencia ahora y a mí poco comienza a importarme la tuya también. La cantidad de oportunidades que no di completas son solo culpa mía, la cantidad de veces que desperdicié mis lágrimas en una causa perdida también. No quiero saber más de ti ni de tu vida, tampoco quiero que sepas de la mía en lo absoluto; la realidad es que hemos sido desconocidos desde hace ya mucho tiempo.
Hago las paces conmigo misma, porque sé que no todo ha sido culpa mía, y decido que lo mejor es dejarte ir por completo. Te amputo de mí, de mi locura y mi cordura, de mis miedos, de mis ilusiones, de mi amor desinhibido que tanto tiempo guardé para ti. Sé feliz, vive al máximo y disfruta, no deseo menos para ti que felicidad pura. Olvídate de mí, que yo haré lo mismo de ti.