EN BUSCA DEL SABOR PERDIDO: POR EL CAMINO DE UMÁN
La Real Academia Española recomienda sustituir la palabra crush por amor platónico o quien te gusta, pues la considera un extranjerismo crudo. Me da igual. A mí me remite a la infancia, pero sobre todo a las curvas múltiples y frías de un envase de refresco. Un día estas botellas dejaron de circular en México. Hace poco, en Guatemala, de noche, vi un pequeño anuncio luminoso en la fachada de la segunda planta de una casa: «Crush». El golpe fue potente. Ipsofacto me mandó a las calles del Centro Histórico del Distrito Federal de mediados de los noventa, las compras, los mares de gente, mi hermana de niña y mi papá con bigote. A mi padre no le gustan las aglomeraciones, los lugares concurridos; el Centro le recuerda a la Odisea de atravesar la ciudad en sus años párvulos y púberes, nadar entre océanos de personas, encontrar cierto comercio, a cierto vendedor y cargar pesados bultos de material de costura a lo largo de esas calles viejas, y también en los camiones, de pie, hasta volver a casa. Por las noches mi padre no podía dormir a causa de la metralla de la Overlock de mi abuela. A veces el apremio por la entrega era tal que él, por ser el hijo mayor, debía ayudar a terminar la confección de las prendas y luego madrugar para ir a la escuela. A lo mejor por eso a nosotros, después de las compras en ese cuadrante antiguo de la ciudad construído sobre ruinas de sacrificio a su vez alzadas sobre un lago, mi padre nos decía: «vamos por nuestro premio» y entrabamos a una pequeña tortería erigida a un costado de una gran tienda de bicicletas. En ese lugar, casi irreal ahora en la memoria, probé por vez primera el manjar que hasta hoy me obsesiona. Ahí, sentados en banquillos de madera y fierro y recargados sobre una laminilla, mi padre nos contó los azarosos avatares de un presidente de México a quien le decían Jolopo. La mayor remembranza del asunto es la historia del coche presidencial del cual descendía muy propio el chofer para adquirir en el local aledaño a la bicicletería la torta semanal de Jolopo. Ah, qué perro el perro. Y lo entiendo, he lagrimado comiendo esas delicias. Mi papá y mi hermana las acompañaban con Coca-Cola. Yo pedía una Crush.
No he vuelto a probar tortas tan exquisitas como esas, las de la tortería lindante a la enorme tienda de bicicletas. He buscado su sabor en cada torta degustada en puestos a las afueras de cada una de las estaciones de metro de la metrópolis y en innumerables negocios esparcidos a lo largo de la capital y otros Estados, incluso en Guatemala, sin éxito. Una noche, caminando las calles del Centro de la ciudad de Tecún Umán, en compañía de mi amigo Alesso, vi ese pequeño anuncio y el hecho resultó un nocaut a la nostalgia, la dirección inmediata a lo que un día dejó de estar pero no se marchó nunca. Tecún Umán posee los vestigios de una gloria incurable, los comercios yacen en la planta baja de las casas, la verdadera fachada de cada hogar, su rasgo identitario, lo tiene la planta alta: sobria, equilibrada, modesta y detallada, la humedad desgasta la pintura en las esquinas, la madera, tal o cual quicio y es como caminar dentro de una burbuja donde el tiempo corre despacio, como las balsas del Suchiate cuando cruzan la frontera líquida, como las varas de los lancheros cuando se clavan en el agua verde hasta tocar el fango y van quedando atrás para luego ser desencajadas y elevadas y vueltas a encajar en las entrañas quietas de esa agua triste. Si el puente internacional está cerrado, los migrantes nadan. La Policía y los agentes de migración rodean el río. Asistimos a una verdadera cacería humana. Persecución. Lámparas. Brazadas. Adrenalina. Crepúsculos planetarios. Oscuridad. Angustia. Desesperación. Miedo. Nos queda caminar aquí y allá, perdernos en la carretera, en los caminos, en la yerba, confundirnos con los locales, ir a las tiendas, fingir compras, pedir rinso, churro, cambiar quetzales. La humedad quema dócilmente el color de las fachadas. Las motocicletas pululan como insectos. El sonido cósmico del tiempo antiguo y específico de la frontera nos derrite. Y eso es todo. Aunque eso no sea todo. Por el camino de Umán. Tomé una foto del letrero fosforescente, anaranjado como el atardecer de los cantones centroamericanos, la noche siguiente abandonamos la ciudad.
Sigo en busca del sabor perdido y a la espera del momento de tocar por fin con la yema de mis dedos curvas frías y vítreas, complementarias inminentes del éxtasis de mi persepción sensorial. O dicho como debe ser dicho: cómo deseo chingarme de una vez por todas a mi crush.











