EN UN PRINCIPIO, EL BACHILLER: EL BRAZO IZQUIERDO DE LA X
Cuando mi padre era estudiante del Colegio de Bachilleres le fue encomendada la lectura de un libro a escoger dentro de una numerosa lista. Eligió Belleza negra, porque iba de la vida de un caballo y a mi padre le llamaba la atención la promesa de una epopeya equina. Ese apetito o ese agrado tuvo su origen, quizá, en las películas de la Época de Oro del cine mexicano, vistas y revisitadas sin cansancio junto a su padre frente a una voluptuosa televisión de bulbos, y esa gana o ese gusto se prolongó, seguro, a causa de la influencia de una tía adinerada, poseedora de cuacos notables e imperiosos que él montó y paseó en varias ocasiones añorando el tiempo de los antiguos, vislumbrándose a sí mismo como un charro de cepa, con espuelas, sombrero y pistola al cinto, siempre elegante en el andar, en la faena y en la casa: la viva imagen de su difunto abuelo. Sin titubeos ni reparos, Belleza negra se alzó como su obra predilecta. Por eso, apenado, debido sobre todo a la precaria condición económica de la familia, le extendió a su padre la lista y subrayó el título del libro en cuestión. Mi abuelo tomó el papel, hizo un gesto de mal genio y se marchó. A la postre, mi padre habría de conocer la razón de su disgusto: para comprar el libro, mi abuelo debió vender varias cosas y abstenerse de otras, dueñas o depositarias, algunas, de todos sus afectos. Una de ellas, la más importante, la de verdad necesaria y cuya ausencia le causó un severo penar, fue su alipús. Esa noche el viejo volvió con una bolsa maltratada de cartón y, de un manotazo, la abandonó en la mesa. Adentro, como es fácil adivinar, en vez del socorrido mezcal de su querencia, yacía un libro. Púrpura, delgado, ligero. Decepcionado, mi padre lo despojó de la rugosidad feroz. No era Belleza negra, de Anna Sewell, sino El principio del placer, de José Emilio Pacheco, uno de los libros en la lista.
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Mi padre leyó Belleza negra tiempo después, pero no le causó el impacto, la maravilla ni el estremecimiento que le hizo sentir El principio del placer, un libro que marcó su vida como lector y que él mismo liga con su mocedad, en gran medida porque lo que le sucedió a Jorge, personaje del relato que da título al libro, le ocurrió también a él. En la historia, este adolescente se enamora de Ana Luisa, una chica de rumbos caóticos y muchos secretos; su confidente es Durán, un tipo de mayor edad que le da consejos para conquistar a Ana Luisa. Surten efecto. Ana Luisa, su novia, y Durán, su mejor amigo, son las personas más importantes en su vida. Pero un día Jorge los descubrirá juntos, enamorados, y sabrá entonces lo que significa el engaño y la traición. En lo que respecta a Durán, todo fue una treta para acercarse a la chica. Sobre cómo afrontó esa primera ruptura amorosa, quiero decir: la propia, mi padre me contó que fue sumamente doloroso, que demasiado le costó reponerse, que montó en cólera, que rompió cosas, que se dejó caer, que lloró en el suelo, ante su padre, y que ahí se revolcó. Resumió las cosas diciendo que hizo el ridículo. Gracias a la consumación abrupta de ese noviazgo fue posible mi nacimiento. Con sus matices, después de ser Jorge, en algún momento de su juventud, mi padre haría las veces de Durán.
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Una noche, al regresar de la escuela, mi padre no encontró en su sitio ni en otro lado su basta colección de historietas de Kalimán (el hombre increíble) ni de Fantomas (la amenaza elegante). Le preguntó a mi abuelo, pero el viejo no estaba en sus cinco sentidos. Lo supo en ese instante, las había vendido todas para comprar alcohol. Recuperarlas fue imposible. De El principio del placer no quedó tampoco rastro alguno.
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A finales de los noventa un juez de lo familiar dictaminó que mi hermana y yo podíamos ver a mi padre solamente los fines de semana. Así, los domingos, por las noches, cuando nos regresaba a casa, los tres juntos caminábamos a los costados de una carretera que de pronto se volvía terracería y entonces había que ascender hasta la cima de un cerro por veras de lodo y hierba, a veces de granizo. Una de esas noches, cuando le pedí que me contara una historia, mi padre me relató El principio del placer y en las semanas sucesivas otros cuentos de manera cíclica o a contentillo, suyo o mío (La zarpa, La fiesta brava, Langerhaus, Tenga para que se entretenga, Cuando salí de La Habana, válgame Dios), sencillamente porque me fascinaba el efecto de perturbación que me dejaban los relatos. En aquella circunstancia de su vida, mi padre sufría porque había vuelto a ser Jorge, pero eso yo no lo entendía o no lo entendía a cabalidad y terminé por comprenderlo mucho tiempo después.
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Le dije mi padre que todas y cada una de esas historias las quería leer por mi cuenta y un día de abril de 1997 —a pocas semanas de que Jorge se fuera caminando a un costado de la carretera con sus hijos hasta llegar a casa, y de que Ana Luisa los recibiera sólo para decirles a los tres que se iba con Durán— fuimos juntos a la librería Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo por mi ejemplar de El principio del placer. Lo leí completo ese mismo día y lo seguí leyendo muchas otras veces al salir de la escuela y en otros momentos de mi vida. Cuando mi padre nos llevaba a los balnearios de Cuernavaca, yo miraba a los costados de la carretera y me preguntaba por el lugar donde se accidentó Langerhaus; cuando íbamos al bosque de Chapultepec me ponía a buscar con la mirada cuadrillas de aprendices de torero y revisaba aquí y allá espacios abiertos en la tierra por los cuales acceder al reino de los muertos; también me emocionaba la idea de estar presente en un suceso futuro, un acontecimiento que vendría a ocurrir dentro de los límites de mi tiempo biológico, en un territorio al cual, además, era factible acudir dada su relativa proximidad (el arribo de un barco fantasma es algo digno de tomarse en serio). El principio del placer fue un libro importante en mi formación lectora y lo tengo ligado estrechamente a mi infancia. No podía saberlo entonces: con el tiempo, yo también sería Jorge.
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Cuando fui estudiante de la Escuela Nacional Preparatoria me encargaron la lectura de un libro a escoger dentro de una numerosa lista. Elegí El principio del placer porque lo conocía de memoria y si me liberaba de ese deber escolar podría dedicar más tiempo a aprender a tocar guitarra. Sin efectuar mi relectura, expuse en clase. Lo recordaba todo. Lo recordaba todo estupendamente bien. Mi profesora, sin embargo, no pensaba lo mismo; tomó mi exposición como una interpretación y mencionó que si el autor estuviera presente refutaría de inmediato mis argumentos; faltaba más: se lo diría en persona en cuanto lo viera, porque, debíamos saberlo y además saberlo bien, el literato era un amigo de su juventud. Según nos contó, lo conoció en una librería de la ciudad; ella se encontraba hojeando un libro cuando la abordó un hombretón fornido, de cara cuadrada y pelo lacio que usaba lentes; vestía de negro, portaba una camisa remangada hasta los antebrazos y lo que más sobresalía de su indumentaria, o lo que a ella le pareció un detalle cautivadoramente viril, fue la hebilla de su cinturón: desproporcionada y resplandeciente. Ese día, José Emilio Pacheco, vestido como un playboy, se lo pasó olisqueando libros sin detenerse a mirar las cubiertas; todos se los regaló a la señorita Argándar, estudiante de letras. Y todos, extrañamente, resultaron ser muy buenos. Uno de ellos era El principio del placer, de reciente aparición. Más tarde harían un viaje a Santiago de Cuba y su amistad duraría décadas. Esa noche, al llegar a casa, leí uno tras otro los cuentos del libro al que le debía una apropiada relectura, sobre todo porque deseaba confrontar mi memoria con el papel, pues estaba seguro de que las historias sucedían como las tenía en mi mente. Vaya desastre. Crucé disparado como un bólido la celulosa de las páginas y me impacté contra el casco oxidado de un buque. Recordé. Me di cuenta de que la versión que di en clase, la versión que perduraba en mi memoria, no era la del libro impreso, sino la que me contó mi padre por primera vez al margen de la carretera una noche helada de 1997, cuando juntos caminábamos, él, mi hermana y yo, rumbo a una casa solitaria edificada en la cumbre de un monte.
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En mi último año de bachillerato participé en el Concurso Interpreparatoriano, en la materia de Literatura, y gané la fase local. Pocos días después de conocer el resultado, mientras andaba por ahí con amigos, vi en la entrada de la escuela a mi profesora de Literatura acompañada por dos varones de estaturas disímiles. Me hizo señas con la mano para que fuera a donde ellos. Dijo que los caballeros ahí presentes le habían convidado opiniones que la ayudaron a dar un dictamen, porque ella, echó de ver, por tener más grupos bajo su tutela en cada grado, era la académica en quien recaía la responsabilidad de emitir el veredicto del certamen. Estreché las manos de los señores y presté mucha atención a sus palabras. Me las guardo. Uno de ellos era un estupendo escritor que algunas veces participó en el cine como actor. El otro: un hombre alto, encorvado, de pelo entrecano, que andaba con dificultad, usaba lentes y portaba un traje casual. De la hebilla barroca de antaño, de sus destellos, por supuesto, no percibí ningún vestigio.
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Entré al lugar con un nudo en el estómago. No me contestaba las llamadas. La Frontera, ese boliche de Puerto Madryn, era el preferido de Ana Luisa las últimas semanas. Me abrí paso entre la gente. La vi en una esquina, con Durán, besándose. De fondo sonaba Me gustas mucho, de Viejas Locas. Era el 9 de octubre de 2008, el día en que le fue concedido el Premio Nobel de Literatura a Jean-Marie Gustave Le Clézio.
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Una vez leyó un poema mío en una de sus clases. Solía hablarle de cuestiones literarias y esa mañana me emocionaba la idea de contarle sobre Le Clézio, un escritor que vivió años fructíferos en mi país. Por la noche ya me valía un carajo. Jean-Marie me valía un carajo. Ana Luisa me valía un carajo. Miento en lo último. Claro que miento en lo último. Me buscó en la noche para confesarme lo suyo con Durán. Mi agonía duró meses. Amo de un dramatismo insufrible, originado, pese a todo, por un dolor genuino, me comporté como una fierecilla lastimera y pusilánime ante mis amigos y ante mi hermana y mi padre. Rompí cosas, las pateé, di puñetazos contra los muros, destrocé vidrios. Y me eché a llorar al suelo mientras me revolcaba. Hice el ridículo. Una tarde me tragué los medicamentos de un botiquín improvisado en una caja de zapatos: pastillas, píldoras, jarabes, dosificadores. Todo. De un hilo. Me sobrevino una taquicardia, se me nubló la vista, se apagaron los sonidos. Antes de perder el conocimiento, alcancé a ver el rostro de mi hermana. Llegó a tiempo. Mi conciencia era un estrobo. Me practicaron un lavado de estómago en la Clínica 140 del Instituto Mexicano del Seguro Social. Mi padre no se dio cuenta, nunca lo supo. Atrapadas en un limbo o castigadas por un fulgor deletéreo, mis lecturas de la obra de Jean-Marie Gustave Le Clézio pervivieron en mi mente mucho tiempo como un juego de relámpagos y tinieblas: esas miradas cómplices, los besos, será que me gustas tanto, pero tanto… el mineral de las Salinas Chicas en mi boca, me gustas mucho, nena… una ballena austral, franca, muerta, descompuesta en Playa Larralde… Y porque me gustas tanto debe ser que… nunca te voy a olvidar.
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Existía en un segmento de la avenida que le dio el nombre, concretamente entre Avenida Universidad e Insurgentes, un edificio llamado Pabellón Copilco, cuyos departamentos, todos, eran bares, cantinas o discotecas: de rock, de metal, de banda, de reggaetón... El viernes 12 de junio de 2009, el día en que la Organización Mundial de la Salud declaró la pandemia por el virus A/H1N1, en el último piso del lugar, ahí, en un antro de salsa y cumbia llamado Café Melao, volví a conocer a Ana Luisa. Alguna vez acudimos a la inauguración del Centro Cultural Elena Garro para conseguir Revoluciones, de J.M.G. Le Clézio. No pude costearlo, así que, en un puesto ambulante de libros cercano al Metro Quevedo, compré El pez dorado, del mismo autor, y lo leímos juntos, sentados en un viejo kiosco erigido en una calle cerrada, a un costado de la carretera que va a Los Dinamos. Otro día, en el Bosque de Aragón, mientras caminábamos a la altura de las vías del tren, un individuo se apareció frente a nosotros. Era Durán. Como un símbolo inequívoco de nuestra relación, días o semanas o meses después, la emblemática locomotora del bosque en la que viajáramos abrazados Ana Luisa y yo se descarriló y quedó reducida a un montón de fierros retorcidos. Me avergüenza decirlo, aunque no tanto: con el tiempo, yo mismo dejaría de ser Jorge y me volvería Durán.
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El tipo se pasó buena parte de la noche degustando tiras níveas de dulce nasal, su séquito lo festejaba, lo incitaba a probar más. Fueron por él unos sujetos, se echó a correr. Se levantó de los sillones, saltó a la reducida pista de baile, la atravesó de tres zancadas y salió del antro. Al cuarto de hora la Policía empezó a desalojar no solo el Café Melao sino el edificio entero. Su cadáver descansaba ya en el patio central, había caído, empujado seguramente por sus persecutores, desde el pasillo del último piso. Era el hijo de un diputado del PRI. Sus párpados abiertos, fijas las pupilas en la nada, la sangre brillosa, el delta seco de las fosas, la boca rota, los dientes quebrados, ausentes, un cuerpo chueco, dislocado, sudoroso. Y un corazón ignaro que en mis pesadillas se constreñía y liberaba todavía una y otra vez en un frenesí díscolo. En ese sitio, tiempo atrás y en distintas ocasiones, otras personas murieron bajo escupitajos de plomo a quemarropa. Era un microcosmos de gravedad abominable; no volvería a deglutir alaridos. Ocultos y compactos, ungidos con el halo de la pólvora y la caspa, los antros ilegales de Pabellón Copilco cerraron para siempre. La luz se iba muriendo en la recámara del ojo. Por fin silencio. Lup-dup, lup-dup, lup-dup, lup-dup, lup-dup…
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Una mañana de 2011 mi padre me habló por teléfono para decirme que Carlos Fuentes estaría firmando libros ese mismo día en la librería Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo. Yo no tenía ningún libro de Carlos Fuentes, pero había leído todas sus novelas y cuentarios hasta Todas las familias felices en la Biblioteca Pública Teocalli (un espacio que, durante muchos años, fue mi verdadera casa). Busqué entonces entre mis papeles un dibujo de la efigie de Fuentes e imprimí el escaneo de una acuarela, luego saqué de la biblioteca todos sus libros y me marché. De camino a la librería, sentado en el camión, abrazado a sendos maletones, iba pensando en las excusas que daría a la bibliotecaria, porque esos libros no los iba a devolver, y en lo mucho que debía ahorrar para reponerlos. La espera fue tortuosa, no por las horas de guardia, sino por el par de sujetos adelante de mí. Estos tipos exaltaban, fascinados, la vida cosmopolita del autor y presumían, en voz alta, sus vastas lecturas de la obra fuentiana. Esas lecturas eran Aura y… El principio del placer. Entrada la noche, casi a punto de llegar al Vellocino de oro, los dos amantes de la literatura mexicana se dieron cuenta de que no llevaban consigo ningún libro, así que mandaron a una mujer, inaguantable como el propio dúo, a comprar sus libros preferidos del autor y, claro, también una copia de Vlad, su nueva novela en promoción. La fila iba decapitándose de tres en tres y a mí me tocó subir a la mesa de la firma junto con ellos. El gran patriarca de las letras nos examinó agudamente, reparó en mi torrecilla amarillenta y al darse cuenta de la etiqueta de biblioteca pública en los lomos de los libros hizo un gesto de fastidio o desagrado. A partir de ese momento pasó de mí y centró su atención en los halagos de los chicos de azúcar. Charló con ellos, firmó sus libros, Vlad primero, Aura después, y se topó de golpe con su fascinante ópera prima: El principio del placer. El rostro de Fuentes se transformó, los chicos de mantequilla se agriaron, pero lo mejor de todo fue la expresión de asombro divertido de Madame Lemus. Su elegancia hipnotizaba, atravesaba las cosas, lo anestesiaba todo. No asió una flecha, estoy seguro de que se trató de una navaja: Eros acababa de apuñalarme la carótida y mi sangre fluyó a chorros, mojó la mesa, horrorizó a los blandos, manchó el atuendo de Madame Lemus y salpicó los bigotes recortados de Fuentes, quien, por su cuenta, incrédulo e inmóvil, sostenía en sus manos una copia de El principio del placer. Una mirada femenina me cauterizó la herida. Yo, Carlitos Jasón, camionauta y veterano de Latrún, no estaba ante Diana ni Medea, sino ante Mariana.
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Aceptó la acuarela. En cuanto a mis libros… los despachó rápido. Fui a colocarlos en su respectivo estante de la biblioteca el día siguiente. Una mañana recibí un mensaje de texto de mi padre, decía: Carlos Fuentes ha fallecido. Es un día triste. Ocho años después di con un grupo virtual de discusión literaria, formado, extraño asunto, casi en exclusiva por varones. La virilidad que en antaño fuera equivalente a los centímetros de un fragmento de la corporeidad propia o a la dimensión metafórica de una hebilla, en esta comarca electrónica de inadaptados era, al parecer, estrictamente proporcional al tamaño de la biblioteca personal de cada uno. Así fueron compartidas decenas y decenas de fotos descaradas de repertorios más bien modestos o regulares y algunas pocas tomas de inventarios que rozaban lo de verdad brutal y obsceno. Un hombre que mandó saludos desde Albuquerque y cuyo apelativo fuera, acaso, José Arcadio, subió la fotografía de una impresionante cantidad de libros puestos y abiertos sobre una mesa y firmados por un número indiscreto de glorias latinoamericanas. Que Dios te la conserve, balbució Cortana. O no. En cuanto a mí, cierto pormenor me llamó la atención. En el canto y pie de corte de uno de los libros se apreciaba una leyenda en tinta negra: RED NACIONAL DE BIBLIOTECAS PUBLICAS (sic[k]). En la portada yacía, plasmado a la bartola, chueco o torcido como el dedo índice de un dandi atónito, el sello de la Biblioteca Pública Teocalli. El libro en cuestión era Todas las familias felices.
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Estaba convencido de que ocurriría. De alguna manera. Debía ser así. Falté al trabajo y no acudí a la asamblea universitaria. Un viaje exprés. Pero era algo importante, lo era para mí, quería estar presente, por eso me quedé en el bulevar hasta que anocheció. El Churruca zarpó de La Habana en 1912 y nunca llegó a su destino; ese día, viernes 23 de noviembre de 2012, el barco encallaría en el Puerto de Veracruz luego de un siglo —o de tres días, si se mirara desde cubierta— de haberse hecho a la mar. El navío arribó, desde luego, lo hace constantemente, siempre aparece si se lee el libro, si se tiene la osadía de leer el último cuento. Aquél fue un crepúsculo, un año, un sexenio de ausencias, yo era ciento treinta y dos y Veracruz un pueblo mágico, porque, se sabe, desaparecía personas. En el autobús, camino a mi destino, leí en La Jornada que Felipe Calderón envió una iniciativa al Congreso para cambiar el nombre oficial de los Estados Unidos Mexicanos simplemente por México, dado que, según dijo, una sola palabra era más sonora y hermosa. Debí echarme a reír, debí desternillarme mientras lloraba. Bendito seas, Felipe del Sagrado Corazón de Jesús Calderón Hinojosa, bendito seas entre todos los cadáveres. Sentado en las rocas, frente al Faro Verde y mirando al mar de vez en vez durante largos ratos, así, escuchando el rugido calmo de los vientos, me puse a leer, uno tras otro, de principio a fin, los cuentos de un libro que nos interroga de la siguiente manera: Dios mío, ¿cómo pudo pasarnos lo que nos pasó, cómo vamos a vivir en un mundo que ya no es nuestro mundo? Nada. Pues eso.
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Cuando murió, escuché en televisión a Jorge contar una anécdota a propósito de su colega fallecido. Jorge Mario recién había llegado al Distrito Federal y acudió junto con José a una librería. El quid del asunto es el siguiente: mientras uno de ellos revisa novedades, el otro se pone a olfatear libros; no ve las cubiertas, no le interesan; con una mano sopesa algún lomo, ametralla folios con el pulgar de la otra; acerca la nariz, aspira. Entonces le arrebata un libro a su acompañante, quien mira asombrado lo que está a punto de ocurrir: nuestro biblio-olfactófilo abre el libro por la mitad y, sin recato ni pudor, se da una línea. ¡Ziff! (carajo… sí…) Esnifa aire. Aroma. Papel de calidad. Olor de foja santa. Es bueno. Es bueno, le dirá José Emilio a Jorge Mario Pedro, el libro es bueno.
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Fracasó. Fue su culpa. Lo reconoció. Pero en alguna medida pidió perdón o indulgencia. Eso le pasa por intentar lo imposible.Mi perífrasis, su despedida.
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Mi hija tiene seis años, la pandemia por coronavirus impidió que conociera la experiencia de ir al kínder. Tiene curiosidad por los garabatos en mis papeles y los signos plasmados en las portadas de los libros que se va encontrando en sus expediciones por la casa. Conjuga poco a poco sonidos específicos, se emociona cuando logra descifrar un título, pero antes se asombra, con ojos de plato, no por el significado de lo recién leído, sino porque en un momento es consciente de haberlo conseguido por ella misma, su gesto es de satisfacción, va por otro libro, por otro título, por otro. Convertida en una detective, se fija en todo lo que posee letras e indaga en los relieves de los garrafones de agua, en las envolturas de los comestibles, en las etiquetas de la ropa, en las marcas de los electrodomésticos, en los nombres de las películas, en palabras al azar en los subtítulos. El mundo ha adquirido otra dimensión. Me ha pedido que le cuente una historia. Una de viajes. Una de misterios. Le hablo de un barco, uno que salió de Cuba y se perdió en el mar, un barco fantasma que tardó cien años en llegar a México; y de sus protagonistas, un delicado e insoportable hombre de negocios enamorado de Isabel, una bella chica española. Como yo nunca lo hice con mi padre, mi hija me pregunta datos relevantes sobre los personajes: si los padres de Isabel eran buenos con ella, por ejemplo; cómo se llamaban; si los pasajeros tenían hambre al llegar; si les gustaban las donas y el yogurt; si había donas y yogurt en el barco o comida suficiente para todos. Reflexiono. Parece información importante. Estoy intrigado. Lo pienso. Lo pienso un poco. Lo pienso mucho y le pregunto a mi hija por qué es necesario estar al tanto de esos detalles. Me contesta con una conjetura, algo que resulta obvio si se lo piensa bien: qué tal si los chicos huyeron de sus casas porque no los dejaban comer donas ni yogurt, o a lo mejor no les gustaba el sabor de las donas y el yogurt de hace muchos años, porque era un sabor viejo, entonces decidieron congelarse en unas máquinas que había en el barco, máquinas para congelar personas, y se descongelaron justo ahora, porque ahora las donas y el yogurt saben bien, y despertaron con mucha hambre y ahora hay que ir a buscarlos a los supermercados y panaderías para que nos digan por qué las donas y el yogurt de hace muchos años sabían tan mal y para decirles que sus familias están preocupadas por ellos. No tengo palabras. Por supuesto, es que debió ser así. Le respondo que lo averigüe por ella misma, le digo que me acompañe. Vamos a mi biblioteca. Buscamos mi ejemplar de El principio del placer.
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Helo ahí, con su característica cubierta púrpura, su barco, su árbol, su canica y su ángel. Las hojas ya son de un amarillo añejo, sobrevivientes, ay, del aparente derrame de un líquido; accidente, por cierto, que no recuerdo. Miro la tapa trasera, la fotografía en blanco y negro del hombretón de pelo lacio y lentes de pasta que posa delante de una trama ladrillada. Reparo en una etiqueta desgastada, fragmentada, casi disuelta por el paso del tiempo o por la huella del aceite de mis dedos: PRECIO LISTA $89.00 - PRECIO GANDHI $67.00. Tomo aire. Creo que es el momento. Es un silencio breve, que no acaba. Pongo el libro en las manos de mi hija. Es tuyo, le digo. Se tarda un rato, pero lo logra: descifra el nombre del autor y luego el título. Se queda un rato mirando la cubierta. Tiene una respuesta. Me dice que ese libro es mío y que si ella se lo queda se romperá mi corazón. Me conmuevo. Le digo que el libro ha pasado suficiente tiempo conmigo y que me voy a sentir muy contento de que ahora sea suyo. Sus grandes párpados se vuelven líneas, su ceño pesa, arruga los labios como si chupara un cítrico. Y me mira fijamente, parece que no da crédito a mi ingenuidad, a mi incapacidad para leer entre líneas. Al fin lo declara: Papá, vamos por uno nuevo, uno para mí.
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Tiene razón. Es cierto. Hay una emoción indescriptible y adictiva en el acto de acudir a una librería por un libro anhelado o uno ignoto. No debo privarla de ese placer. Es cierto. Tiene razón. Así debe de ser. Su ejemplar de El Principio del placer, si leerlo le apetece un día (o no sé cuántos más), guarda por ella en alguna librería. Quién sabe, a lo mejor en otros sitios. Me emociona pensar en qué librería o en qué sitios. Me entusiasma la idea de acompañarla. Me gustaría estar ahí cuando alce la vista al acabar la última página y sienta deseos de contarle a la primera persona que pase frente a ella que ha descubierto una obra maestra o que tal o cual libro le dolió a tal grado de sacarle lágrimas y que esta obra o esa otra casi la mata de risa. La literatura, cuando es verdadera, no importa cuánta belleza, humor o sobriedad posea, siempre duele. Y algunas veces duele siempre. Entonces le pregunto a mi hija si quiere que leamos una historia del libro. Me dice que sí, pero en la noche, que por ahora juguemos juntos. Voy a mi biblioteca para guardar mi libro, lo siento, vaquero, nos volveremos a ver, me despido del viejo, lo homenajeo, barajo folios, me detengo en una página al azar, palpo la hoja con las yemas de mis dedos, acaricio una línea que dice: cómo va a asaltarme aquí, el miedo que no sentí en Vietnam; es éste, es el lugar, acerco mi nariz y aspiro (¡ah, sí, carajo!) fuerte, potentemente. Huele a humedad, a café y a resina de eucalipto. Lo guardo. Es bueno, me digo, sí que es bueno. Me sentía bien, muy bien, pero… cuando salí de mi estudio, válgame Dios.
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Encuentro a mi hija dando saltos en el suelo, con la mirada gacha. Le pregunto cuál es el juego. Alega que no es ningún juego, que está haciendo una expedición. ¿A dónde?, la sondeo. A la tierra de los hoyos, a la tierra que se abre y te traga. Siento escalofríos. ¿Y qué hay en los hoyos?, le pregunto. No lo sé, vamos a averiguarlo. Se tarda en pronunciar la palabra averiguarlo. La espero sin prisa. Puede con ella. Sonrío. Entro a la tierra de los hoyos, a la tierra que se abre y te traga, le digo que ya estoy ahí. Me dice que no es cierto, que, para entrar a la tierra de los hoyos, a la tierra que se abre y te traga, debo cantar y bailar una canción. Empiezo a tararear, es una melodía sin letra, una armonía cuyo sonido, si lo escuchas, deja huevecillos en tu cerebro y anida para siempre en tu alma. Se trata de la música de un comercial de MTV del año 2001 en el que un empleado apático de una tienda de autoservicio aplasta a razón de iracundos periodicazos una cucaracha que se pasea sobre el mostrador; el empleado vuelve a su tedio, satisfecho, pero no cuenta con la súbita aparición de una cucaracha gigantona de dos metros, sedienta de venganza; queda absorto; suena un ringtone: jocoso, seductor, hilarante, proviene del celular del empleado; en ese momento una cadencia criminal se apropia de la cucaracha y la pone a bailar al ritmo de sus notas sintéticas; el eco de tal fuerza lleva a los clientes a su alrededor a unirse a la coreografía y a ejecutar, frenéticos, los mismos pasos de baile; no pueden detenerse sino hasta el final de la explosión sonora, cuando esto ocurre, los parroquianos, como si nada, vuelven a sus diligencias; la cucaracha, ya despojada de su efímera bonblatodía, retoma su vendetta y, entre tambaleo y tambaleo, se va acercando al mostrador; el empleado, solitario, inmune a la enajenación, más temeroso que patidifuso, toma su celular, llama nervioso a no se sabe quién e implora que le devuelvan de inmediato la llamada. Eso es. Clausuro mis pulmones. No me muevo más. Mi hija quiere seguir bailando. Me suplica que vuelva a entonar la cancioncilla. Lo hago. Bailamos. Bailamos como dementes. Enloquecemos. La he contagiado. Me detengo. Ella también lo hace. Y continuamos. Se abre un portal, mi hija es la primera en atravesarlo, alza un pie con cautela, luego el otro, ha llegado a tierra firme, dice que es seguro cruzar. Alzo un pie con cuidado, luego el otro, estamos juntos. Por eso, contenta, se pone a brincar. La emulo, saltamos agarrados de la mano, nos carcajeamos, nos reímos, es fabuloso. Inesperadamente, en plena algarabía, mi hija da un frenazo, se pone seria, incisiva, observa recelosa a todas direcciones en el suelo. Creo que hemos llegado a la tierra de los hoyos. Le digo que tenga precaución con el terreno y sus agujeros, porque en el momento menos pensado puede ser engullida de un bocado. Gluc. Como si hubiera dicho la estupidez más grande jamás pronunciada, mi hija me responde que todos los hoyos están cerrados, que ya no se abrirán, que por eso estamos ahí, para descubrir lo que se comió la tierra.
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Comenzamos a cavar. Para nuestra sorpresa, nos topamos con varias portezuelas especiales. Del primer agujero mi hija extrae algo, me lo muestra, le pregunto qué es. ¡Son joyas nucleares!, manifiesta. Abrimos la segunda compuerta, eso que se mueve adentro son ¡animales mordidos! Rompemos una lámina y entrevemos un tercer hoyo por el cual huyen, desquiciadas, unas cosas diminutas muy veloces: arañas infectadas, para ser exactos. Cuando hallamos el siguiente hueco mi hija se pone sentimental porque de ahí escapan las cabras que no conocen sus nombres. Muy arduo y muy difícil fue dar con el último compartimento, su profundidad bajo la tierra era considerable, debimos, incluso, descansar un par de veces y tomar agua antes de llegar a él. Estoy exhausto, me quedo sentado, mi hija sigue paleando. Clac, ahí está. Abre ella sola una escotilla y un nubarrón de polvo la hace toser, sustrae algo de la cápsula. Lo inspecciona. Estoy intrigado. Parece confundida. De repente arquea las cejas y sus ojos vuelven a ponerse como platos. Me mira. Y con los brazos alzados me lleva el objeto misterioso que le ha causado asombro, lo recibo con ambas manos. ¿Y esto qué es?, le pregunto. Lo dice en un susurro nítido: es el cráneo de Isabel.
Escrito: junio de 2021.
Dibujo: agosto de 2022.
Publicado en el número 109 de la revista Reforma Siglo XXI en marzo de 2022.